AMARAL

Al grupo formado por Eva Amaral y Juan Aguirre se le podrán reprochar muchas cosas (sobre todo aquellos que en su más tierna edad encontraron en “Estrella de mar” su disco fetiche y no han sido capaces de superarlo), pero, desde luego, una de ellas nunca será el que sean unos vendidos. Antes sonaban en Los 40 Principales y ahora en Radio 3, antes sus fotos forraban las carpetas de las pijas y ahora uno asiste a sus conciertos con los ojos cerrados y la cabeza en mórbido balanceo sin saberse las letras porque para qué: antes eran comerciales, ahora van a lo suyo. ¿Y quién, en puridad, tiene derecho a quejarse?

Ya llevan tiempo diciendo que sus canciones no buscan la profundidad, sino el impacto directo. Que componen sin complicarse mucho la vida. Ya hicieron referencia a “Marquee Moon” (y a Nicolas Cage) en la cúspide de su mainstreamidad, ya versionaron a Bob Dylan (en una versión que a un servidor aún hace llorar cual magdalena en sus días no-haters), y lo ponía bien claro en la carátula de su penúltimo disco, “Hacia lo salvaje”. Dejando claro la dirección. El destino. Que iban a hacer lo que les diera la gana, claro, pero todo así mascadito, para que los adolescentes veinteañeros no se mosquearan. Hacia lo salvaje, niños. Nos vamos hacia lo salvaje. Si no os ape os bajáis, os escucháis a Dani Martín o lo que sea y os vais a pillar comas a los polígonos. ¿Alguien sigue aquí? Pues venga.

Y lo que es el viaje le salió bien. O sea. “Hacia lo salvaje” dista años luz de ser uno de sus mejores discos, pero se trataba de un salto al vacío tan sincero, tan desesperadamente cercano (si se hubiera estrellado todos habríamos sentido el castañazo), que uno no podía menos que tenerle simpatía. Y que apostar fuerte por el sello independiente ese que se habían guisado y comido, el Antártida. O algo así. Uno estaba dispuesto a hacerse indie por Amaral, por los autores de “Marta, Sebas, Guille y los demás”, “El universo sobre mí” y “Kamikaze”. Igual se lo habría pensado un poco más si fueran los autores de “Como un martillo en la pared”, “Van como locos” o la misma “Hacia lo salvaje”, pero tampoco mucho. El dúo incluso era tan mono que había sacado su último elepé en versión acústica para quien tuviera el oído sensible.

Ahora esta suerte de (re)adaptación al entorno, de respeto más o menos matizado a sus fans de toda la vida (los mismos que piensan que “Standby” es la mejor canción de Extremoduro), ha conocido un final abrupto. Cuando sacaron el videoclip de “Ratonera” (ya sabéis, aquella cucada donde le metían a los políticos hasta en el carné), muchos se llevaron las manos a la cabeza, escandalizados. Otros prefirieron la más socorrida mofa, ¿estos chavales se ponían a hacer ahora canción protesta? Yo me limité a abrocharme los cinturones, esperando la llegada de Nocturnal, su siguiente disco, para el que entre 15 de mayo y 15 de mayo habrían de transcurrir cuatro largos años.

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[pullquote]En perfecta sintonía con su inmediato precedente, “Nocturnal” suena a selva, a soles mortecinos, a fieras siendo lo que los dioses nórdicos han dictaminado que sean. Y suena, en definitiva, asombrosamente poco interesante. Y extraño. Y ajeno.[/pullquote]

“Nocturnal” es ese lugar salvaje hacia el que la chica de la canción elegía caminar. Ni más ni menos. Se han acabado los acústicos, las canciones evidentes de amor, los riffs limpios como burguesas patenas. Ahora sólo hay arpegios distorsionados, bajos sobrealimentados, algo (no mucho, o no muy digno de tomar en serio) de sensibilidad proletaria, y mucha, mucha oscuridad. En perfecta sintonía con su inmediato precedente, “Nocturnal” suena a selva, a soles mortecinos, a fieras siendo lo que los dioses nórdicos han dictaminado que sean. Y suena, en definitiva, asombrosamente poco interesante. Y extraño. Y ajeno. De primeras llama la atención que al final optaran por no incluir “Ratonera” en su disco. Las cosas como son, y quitando la mueca cínica del rostro a guitarrazos: “Ratonera” era un grandísimo tema. Rockero. Agresivo. Efectivo, efectista, eficaz: si esto era lo salvaje, la cosa iba bien. Y sin embargo no hay ni rastro de ella en “Nocturnal”. Tenían tantas canciones que habían compuesto a lo largo de tanto tiempo de gira que no había espacio para ella, y además querían volver a probar suerte con el rollo conceptual que anteriormente les había salido así así. Pueden estar contentos, que ahora sí que lo han conseguido de sobra: les ha salido un disco en el que cada una de las canciones suena igual que la anterior. Y que, parafraseándolos, “será un reto complicado trasladar al directo”. Una manera como cualquier otra de decir que ‘la hemos liado parda’.

Siguiendo la tradición de empezar con el tema más puntero del disco que llevan practicando desde “Estrella de mar”, se nos introduce en la inhóspita maleza a bordo de Llévame muy lejos. Una canción que se combina de manera temática e impecable con el “Hacia lo salvaje” que abría el disco homónimo, con ciertos matices eso sí. Antes la chica quería echarse al monte por motivos muy heroicos y deliciosamente poco concretos; ahora lo que quiere es abandonar cuanto antes “este país sin corazón”. Igual da. “Llévame muy lejos” es la mejor canción del disco, y ni siquiera ciertos caprichos en cuando a su longitud y estructura (es muy larga, y muy random), aciertan a empañar la buena impresión que deja. En el videoclip, además, sale Eva en vez de tortugas, escarabajos o demás bichetes, por lo que la cosa no podría haber empezado mejor.

[pullquote]”Nocturnal” es todo un bluff. Un bluff que encima parece haber sido pensado, calculado y servido tal y como Eva y Juan habían previsto, dándose cuenta de la patata originada cuando ya era demasiado tarde.[/pullquote]

El corte que sucede a tamaño pepinaco se suscribe a una suerte de lógica artística y estructural pues, ¿qué álbum de concepto que se precie no cuenta con su propia Obertura (Unas veces se gana…)? Así que a darle caña, y cojamos carrerilla con un tema que suena horrores al primer Arcade Fire (otro paso lógico e irreprochable): esto es Unas veces se gana y otras se pierde”, que bien podría haber sido el título del álbum, pero que en su lugar es una cancioncita en la que cuesta entrar de primeras, y que poco a poco te va ganando con su manual instantáneo de autoayuda: “Son las brasas de una llama extinguida, donde me dejé la vida intentándola avivar, ¿para qué perder el tiempo en convencerte? Unas veces se gana y otras se pierde“. Pues eso, maños, vosotros a lo vuestro, y seguid recordando a “Funeral” con “Nocturnal”, donde aparece ese pianito arrebatador que con tanto oficio toca Tomás Virgós. Otro corte chulo, contundente; quizá el peor single que pueden llegar a sacar, pero espero equivocarme. En otro orden de cosas, la letra sigue sorprendiendo de modo mayúsculo por la facilidad con la que Eva te remueve los sentires en base a la ley del mínimo esfuerzo: “El impulso irracional de destruirlo todo… Hundirte y descender como el Octubre Rojo… Y volverte a levantar cuando has tocado fondo“. Chúpate ésa, Paulo Coelho.

Amaral lleva como siglos tocando por ahí La Ciudad Maldita, pero eso no le quita el más mínimo mérito a lo espléndida que ésta les ha quedado en su versión de estudio. Los arreglos introducidos realzan la emotividad de un tema cuya melodía podría pasar por chusca de tan bien ensamblada, destacando el momento del solo de guitarra. Que se puede tararear, con el que incluso te sale hacer air guitar de una manera ridícula pero muy tuya, y que cuando se alía con el teclado es el clímax. No hemos podido empezar mejor, ¿eh? En la selva no se está tan mal, hay wifi y todo, ¿no es así? Pues tomad Lo que nos mantiene unidosy empezad a sufrir el BAJÓN. La insufrible insustancialidad de un tema que malo no es, pero que da una colosal pereza defender, con los ‘ooohs’ protocolarios, la batería queriendo ser heavy, y las frases lapidarias. Un mal trago, pero no es nada comparado con lo que se acerca por ahí saltando de liana en liana al tiempo que las pudre. 500 vidas, una cosa estúpida y poco convincente que ha sido compuesta con el piloto automático, con una última sesión de decir cosas molonas al azar: “Quiero reencarnarme en un jaguar para ser un gato en tu regazo. Sí, mola, ¿pero no lo podríais haber metido en otro sitio? Desde luego, no en Cazador, la que ya bastante tiene con lo que tiene, la que cuenta desde hoy con el nunca hasta ahora disputado título de PEOR CANCIÓN DE LA HISTORIA DE AMARAL. “Nocturnal” se hace por momentos insoportable, parece que no va a llegar el nuevo día, y el dúo quiere emular a Woodkid o alguna otra historia hipster mientras Eva dice obviedades y Juan toca los mismos tres arpegios de siempre. ¿Qué es eso? Ah, sí, son Amaral, y éstas son sus costuras a la vista de todo el mundo, nunca tan destellantes en tan inexpugnable oscuridad.

[pullquote]Un producto que de tan impecablemente facturado acaba por resultar frío. Lo cual, sin duda, es lo peor que puede ocurrirle a Amaral, grupo que no duraría ni un par de asaltos frente a un análisis objetivo y de sentimientos obviados. Con todo el cariño del mundo.[/pullquote]

Sin habernos recuperado aún del susto por las atrocidades perpetradas volvemos a la senda de la corrección con Nadie nos recordará, un temita de momentos brillantes y ambiciones metafísicas: “Ojos del pasado que no verán el brillo del aura crepuscular. Triste epitafio a tanto esplendor, sólo es eterno quien nunca existió“. No me creeréis, pero cuela. Y es el único tema del disco en el que Eva arriesga algo vocalmente, mostrando parte de ese holgado rango de estilos que en “Nocturnal” han quedado sofocados por ese megáfono que solía usar cuando cantaba “Revolución”. Con la llegada de La nieblavuelve Arcade Fire y trata de darle un poco de vidilla a tanta depresión intensita mediante otro tema de ésos tan sencillos y agradables como sólo le salen a Amaral: esto es, una tontería de mucho cuidado de principio a fin y que te gusta aunque no quieras. Amaral sigue conservando su mojo, aunque de vez en cuando quieran reservárselo para empresas más meritorias y ni esté ni se le espere en Laberintos, un corte que confirma dos de las verdades inapelables del disco: que está tan bien grabado que da hasta un poco de apuro, y que se han pasado con tantos ‘uuuhs’ y ‘ooohs’ y ‘aaahs’ y paponadas. Chatarrada nombre a la última gran canción del asunto (que alguna ha habido), y nunca nombre tan feúcho se refirió a tan ocurrente sucesión de estribillo que no gana tanto por la letra como por la melodía, piano estupendo y, sobre todo, parte final que es, sin discusión, el momento más hermoso del álbum. “Todo está perdido, me susurrabas… A las seis de la mañana. Unos pocos segundos que son para enmarcar; sentidos, dolorosos, auténticos. De vuelta de su exilio voluntario y cool, Amaral acabó por aprender algo, y aquí lo mostró en toda su esencia. Y por última vez.

[pullquote]El disco no podría estar mejor grabado, mezclado, producido, maquetado, etecé. Su calidad técnica es ciertamente abrumadora.[/pullquote]

¿Pero es que todas las canciones empiezan igual? “En el tiempo equivocado” es otro sonoro y gran pché, y tranquilo el personal que ya vamos por el último. El dúo remata la grandilocuencia chunga que tanta factura les está pasando con su habitual pack de rimas sonrojantes e imágenes resultonas, dos por uno. “Hemos crecido con los puños apretados, somos los dueños de un país imaginario, yo estoy dormida con los párpados sellados, tú estás colgado como un Cristo boca abajo“. Y olé. Concluimos con “Noche de cuchillos, otra canción ya bastante escuchada que vuelve a ganar gracias a la producción, con unos intermedios instrumentales excelentes, mucha sencillez, mucho placer culpable, y sin mucho querer trascender más allá de lo obvio. Deja con buen sabor de boca, al menos, que es lo que se pretendía.

“Nocturnal” podría pasar fácilmente por el disco más flojo que el dúo aragonés haya pergeñado desde su debut en 1998, y sí, yo también me acabo de sentir muy viejo y muy melancólico al echar la cuenta de los años que llevan en activo. No me apresuraré a proclamar su escasa valía a los cuatro vientos pues en la hemeroteca persisten la suprema irregularidad de “Gato negro, dragón rojo” o la pereza de “Una pequeña parte del mundo”, pero el último elepé de ese dúo al que todos vamos a seguir teniendo cariño hagan lo que hagan (y quien no se lo tenga es que no tiene corazón ni llora con “Salir corriendo” ni es persona ni nada) es todo un bluff. Un bluff que encima parece haber sido pensado, calculado y servido tal y como Eva y Juan habían previsto, dándose cuenta de la patata originada cuando ya era demasiado tarde.

Cuatro años han sido finalmente excesivos para que los de Zaragoza nos planten ahora estos 54 minutos de postureo hemofílico, dramatismo rancio y oscuridad post-Christopher Nolan, que de tan vacuo como se nos ofrece hasta hubiéramos preferido que hicieran ese disco social con el que amenazaba “Ratonera” y que sólo ha quedado en vaguedades y agua de borrajas. Aun así, “Nocturnal” se deja oír en su mayor parte, porque sigue siendo Amaral, y como Amaral que es seguiremos escuchándolos hasta quemar el streaming. También hasta que nos muestren la siguiente parada en su camino hacia lo salvaje, hacia la estupidez, o hacia donde se les antoje.

¿El motivo? Qué sé yo. Supongo que al final lo que importa no es el rumbo, sino la compañía.

Amaral – Nocturnal
like

  • Los momentos en que consiguen ser cañeros sin perder la credibilidad.
  • ¿Quién toca ese piano? ¿Tomás Virgós, o Dios?
  • Ciertos hallazgos líricos.
  • El disco no podría estar mejor grabado, mezclado, producido, maquetado, etc. La calidad técnica de “Nocturnal” es ciertamente abrumadora.

dislike

  • La parte central del álbum, con “Cazador” disparando los niveles de vergüenza ajena. Les va a costar mucho hacernos olvidar esto.
  • Todos los ‘ooohs’, ‘aaahs’ y sucedáneos que encontramos. Ya hay que ser vago, ¿eh?
  • Da la molesta sensación de desmerecer la (gran) calidad que lucía “Hacia lo salvaje”, por ser de algún modo la culminación de todo lo apuntado ahí.

PÁGINA DE ARTISTA

6.0

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Un sonoro traspiés en la carrera de uno de los dúos más queridos, sino el que más, de nuestro país. Un trauma para toda una generación, un devaneo estilístico que flaco favor le hace a su carrera (modélica hasta el momento), y un producto que de tan impecablemente facturado acaba por resultar frío. Lo cual, sin duda, es lo peor que puede ocurrirle a Amaral, grupo que no duraría ni un par de asaltos frente a un análisis objetivo y de sentimientos obviados. Con todo el cariño del mundo.