Querido Futuro,

Las pantallas llevan años siendo el futuro de los jóvenes. Pero en este presente tecnológico ya andan mezcladas por todas partes: en las tabletas, en las smart TVs, en la vida de jóvenes y adultos con un smartphone; sin una pantalla (y sin saber alguna palabrita en inglés) no se puede sobrevivir a esta era. También han conquistado el mundo profesional y el del entretenimiento. En la oficina y en el hogar. Incluso al aire libre, en las dehesas y en las vegas los hombres y mujeres del campo ‘wasapean’ con el reflejo luminoso de una pantalla en los ojos. El universo de la música no es una excepción, desde mediados de los 80, cuando la MTV rompiera la baraja del vinilo, hasta el YouTube nuestro de cada día… Y, cómo no, en la política las pantallas y su vídeo poder, el Homo videns de Sartori, y los spots electorales nos hacen pensar que ya estás aquí, Futuro.

Pero en esta carta me atrevo a arrojarte una sospecha por la que el verdadero Porvenir no consiste en la presencia constante de una pantalla, o de que esta sea el medio en el que trabajamos, nos entretenemos o nos informamos. Más bien pienso que todos esos mundos pop contemporáneos convergen sobre una pantalla de la mano de Internet.

Leo a mis amigos Cecilia Güemes y Jorge Resina en su reciente paper sobre los efectos de esto que ellos han dado en llamar #Screenpolitics y encuentro algunos puntos en común con cosas que yo mismo ya te he escrito. Poco a poco vamos dándonos cuenta de las tendencias más fáciles de ver en el ‘espacio público’ que nos ha tocado vivir, posmoderno y ‘líquido’, y que nos invitan a pensar en la ‘emergencia de una esfera pública de carácter digital’ que trasciende el modelo clásico del politólogo alemán Jurgen Habermas. Ya te redactaré la carta correspondiente, querido Porvenir, acerca de lo que en breve publicaré sobre el pop-rock comprometido y las ‘canciones políticas’. De momento te anticipo que, efectivamente, estamos ante síntomas de una posmodernidad vertiginosa que afecta a todos los órdenes de las vidas pública y privada. Algunos de ellos son la banalizaciónla ansiedad por las emociones en la comunicación, el papel desordenado pero protagonista de las multitudes o el creciente interés por lo simbólico. A nuestros ojos presentistas vivimos en un cruce de caminos lleno de contradicciones. Y algunos buscamos respuestas en las letras de una canción, otros creen encontrar su identidad en una rima y unos pocos encuentran ‘acordes rotos’. Futuro, urge que nos des algunas respuestas.

No puedo quitarme de la cabeza la canción “Screenager” de Muse, de su disco “Origin of Symmetry”: “Who’s so phony and always surrounded?“.

Estoy seguro de que desde allí donde estés aún recordarás este año 2015 como el año de cuatro elecciones políticas trascendentales en España por diferentes motivos. Todas las convocatorias lo son, pero desde luego el cambio del sistema de partidos parece ser más patente este año por primera vez desde 1977. Además coincide en el tiempo con el estallido mediático de las técnicas de comunicación, del análisis político, la politología y la sociología electoral. Nos parece que nunca como antes el sistema político está tan vivo, “Alive and Kicking”, citando a Simple Minds. Y, en medio de todo ello, la música pop-rock parece tener un rol pasivo, confundiéndose entre todo el ruido que emiten millones de pantallas refulgentes.

Güemes y Resina hacen hincapié en la protesta y en el ciberactivismo que emplean las redes sociales para viralizar sus mensajes. Pues bien, la canción política y socialmente comprometida también aspira a virilizarse porque ese parece ser hoy el paradigma de acción política. Quizás estemos en realidad ante el hecho de que todo, desde lo político hasta lo cultural, se ha convertido en mercancía. Y es ahí, en coherencia con lo que ya te he contado en otra carta, donde entra el pop-rock. La música es hoy aún para algunos un valioso estímulo y deleite cultural, pero debemos asumir que para la gran mayoría solo es un producto de consumo. Como un paquete de salchichas con queso. Quizás menos cancerígenas a largo plazo, pero igualmente ‘consumibles’. Casi todos creamos, usamos y tiramos las playlists en streaming. En Spotify somos ya más de 20 millones de suscriptores de pago, eso sin contar a los que comenten descargas ilegales ‘gratuitas’. Pero incluso esos ingredientes no pueden con la vertiente emocional que está en el ADN de la música. Consumo y emoción son, precisamente, las sustancias que exige el paradigma de la comunicación política actual.

Así pues, ahí tienes una explicación plausible, Futuro, de por qué hoy el mercadeo político sube el volumen de la música para perfilar las campañas. Los asesores de comunicación parece que están escogiendo canciones con cuidado para transferir a sus candidatos sentimientos y proximidad en busca de una respuesta emocional. Pero también buscan dotarles de una imagen moderna y valores juveniles. A veces rallando lo contracultural, allí donde como en España aún no es plenamente ‘normal’. Pero si te digo la verdad, Futuro, lo suyo sería entrevistar a los responsables de las campañas en este año tan intenso alrededor de las urnas y preguntarles si, en verdad, se plantean que la música pop puede tener un rol más activo. A ver si en el futuro tengo algo de tiempo y estas inquietudes les interesan.

Si, como plantea el paper de Güemes y Resina, hay un nuevo espacio público y el consumo de música es ya la banda sonora sentimental a la que recurre la screenpolitics entonces estamos ante el infotainment. Y esto, querido Porvenir, merece la pena ser tenido en cuenta porque la política que nos proyecta a tus brazos sigue cediendo peso a las redes sociales, aunque sin renunciar del todo a los viejos carteles y a los pasquines. Y lo audiovisual está íntimamente unido a las pantallas en las que circulan los tuits y los posts. Y en este sentido, hace unos años que tenemos el ejemplo de una era, mostrado más arriba.

Me sirve de ejemplo esta canción de campaña, tremendamente pop y, al tiempo, tan política, para decirte que en tu época la cultura cívica española se parezca (aún más y también en esto) a la estadounidense. Un Futuro lleno de mercadotecnia política que favorezca un uso más ‘normal’ de la música pop-rock, esa que consumimos las multitudes ‘vulgares’. Y entonces, sólo entonces, sabremos si la política ha cambiado. Si ha evolucionado de la screenpolitcs a la wearable politics, como aquella que se lleva en la piel, volviendo a las esencias no de un Leviatán sino del hombre ‘animal político’. Cuando el Futuro sea otra vez la época del Aristóteles clásico y del ‘Internet de las cosas’, de “Aquellas pequeñas cosas”. Futuro, urge que nos des algunas respuestas.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.