Había pasado un año desde que Clarence Clemons nos dejara huérfanos. Un año desde que el rock perdiera sus pulmones de acero. Esta noche (le dije a mi hermano mientras cruzábamos las puertas del Santiago Bernabéu) hará un año que murió Clarence. Después tres horas y media de concierto, el jefe se acercó al micrófono empapado en sudor y honestidad, gritó “¡Una más!” y Roy Bittan aporreó en el piano los primeros acordes de “Tenth Avenue Freeze-Out”, segundo tema de “Born To Run”, el disco que sigue cambiando muchas vidas. “Tenth Avenue” es la historia de las calles del New Jersey en los setenta, la historia de cómo ‘Bad Scooter’ (el propio Bruce Springsteen) conoció a Big Man y decidieron, juntos, partir la noche en dos. Después del I’m all alone, I’m all alone le tocó el turno a la última estrofa. When the change was made uptown… and the Big Man joined the band…”. Los músicos se detuvieron y durante medio segundo todos los vatios, todas las voces y luces quedaron en silencio. Bruce levantó la mano al cielo. “… Y Big Man se unió a la banda. La milésima de segundo se rompió en una voz de miles de aplausos. En la pantalla que cubría la parte trasera del escenario se pudo ver la silueta de Clarence. No pudimos hacer nada más que rompernos las manos y las gargantas. Y gritar Clarence, Clarence, Clarence, como si de un momento a otro fuera a aparecer. Aquel funeral de rock & roll era el único homenaje que las sesenta mil almas le podíamos hacer al hombre que nos había dado tanto. Le volvimos a ver sonreír mientras, al otro lado de la pantalla, Bruce le miraba como diciendo, “Por aquí lo seguimos pasando en grande. Mira cómo bailan con nuestra música. Escúchalos gritar. Conseguimos romper la noche en dos. Y seguiremos haciéndolo. Por ti, hermano”.

bruce-clarence-se-ira-cuando-hayamos-muerto-todos-2

Hoy, unos años después de aquel concierto, se publica la edición conmemorativa de “The River”. Quizá no sea el disco favorito entre los seguidores de Bruce (este honor lo suele tener “Born To Run” o “Darkness on the Edge of Town”), tal vez por su duración. Lo que no se le puede negar es que se trata del disco que más suena a la E Street Band, el que define su sonido. Tiene un brillo y una luz que le hace volar musicalmente por encima del resto de la discografía. Y esa luz es el reflejo del saxo de Clarence. Hace que nos tiemble el pecho a los que escuchamos el sabor entre estrofa y estrofa. Como digo, con la edición ampliada del disco se ha publicado un avance, “Meet Me In The City”. Y ahí, cuando la canción se agota y ya no le queda más que repetir el estribillo, entra Big Man como un huracán. Entra donde siempre estuvo; donde parece que la épica no tiene más andamios que la puedan sujetar. Ahí aparece el saxo, para hacerla aún más grande.

Ocurre en tantas y tantas canciones del jefe que no es ninguna exageración si decimos (y aquí es donde los talibanes se rasgarán las vestiduras) que Bruce es quien es por los pulmones de Clarence. El mismo Springsteen lo dijo durante su funeral: “Me apoyé en Clarence mucho. Hice una carrera gracias a esto”. Bruce nos lleva a lugares desconocidos, y Clarence nos da la libertad para movernos en ellos. Su trabajo hace que aquellos discos tomen una envergadura mítica y, sin embargo, llena de calor. Escuchad una vez más cómo acompaña a la voz de Bruce durante “Thunder Road”, cómo hace explotar en mil pedazos “Born To Run”. O “Prove It All Night”. ¿Qué sería de “Bobby Jean” sin el saxo de Clarence? O ese final perfecto y sencillo de “Secret Garden”. Y por supuesto, la madre del cordero, el mejor solo de saxo de la historia del rock, “Jungleland”. Si alguien se sigue echando las manos a la cabeza por esta afirmación, que la vuelva a escuchar. Sé que me dejo muchas canciones fuera del teclado en las que brilla el saxo de Big Man, pero sólo hay que volver a ellas para entender que son demasiadas para nombrarlas todas.

Tenía razón Bruce cuando dijo que “C no deja la E Street Band al morir. Se irá cuando muramos nosotros”. El discurso que el jefe le dedicó en su funeral lo explica casi todo. La vida que les unió, lo salvaje e impredecible que era Clarence, ese hacer siempre lo que quería. “Fue capaz de hacer cosas mágicas, y también de líos increíbles. Su amor incondicional, que era muy real, venía con un montón de condiciones. Era un gran proyecto siempre en construcción”. Clarence sí que había nacido para correr. Aquel discurso vale la pena recuperarlo por cómo la sinceridad, llena de luces y sombras, consiguió edificar una de las amistades más imperecederas de la historia del rock. Como se deja entrever en esas líneas, hubo momentos muy difíciles y otros en los que sabían que estaban haciendo con sus vidas aquello que jamás se atrevieron a soñar.

La noche que se conocieron ha dado lugar a varias leyendas. Cada uno tiene la suya propia, incluso la de Bruce y la de Clarence son diferentes. Empecemos por la de Springsteen. El jefe asegura que una madrugada, volviendo de tocar en el The Student Prince, andaba por el paseo marítimo junto a Steve Van Zandt. Hundidos de ánimo y sin apenas trabajo, con miembros de la banda abandonando el barco porque necesitaban comer, el futuro era más incierto que nunca. Steve y Bruce, con unas copas de más, volvían a casa a eso de las cuatro bajo una lluvia torrencial y un aire que apenas les dejaba andar. Al final de paseo apareció una silueta enorme con algo entre las manos acercándose hacia ellos. Aquel loco gigante iba a robarles a mano armada. Steve y Bruce se escondieron en un portal mientras veían el reflejo de la sombra gigante aproximándose. Cuando apenas quedaban unos metros, Bruce le tiró todo el dinero que llevaba encima y se quedó descalzo regalándole las zapatillas. Pero aquel tipo no llevaba un arma, era un saxofón. ¿Qué demonios hacía un tío de dos metros con un saxofón bajo el brazo a las cuatro de la madrugada del diluvio universal?”. Aquel tío de dos metros era Clarence y “Andaba buscando el Student Prince, para conocer a Bruce Springsteen. Le he visto tocar y quiero formar parte de su banda”.

La versión de Big Man quizá se aproxime más a la realidad. “Soy un baptista sureño, de modo que esta es la verdad. Era una noche lluviosa, y cuando abrí la puerta voló de sus goznes por la tormenta que había fuera. La banda estaba en el escenario, pero mirándome en el marco de la puerta. Y quizás eso hizo que Bruce se pusiera nervioso porque dije: “Quiero tocar con tu banda”, y él dijo: “Desde luego, haz lo que quieras”. La primera canción que hicimos fue una versión primeriza de “Spirit in the Night”. Bruce y yo nos miramos y no dijimos nada, simplemente sabíamos. Sabíamos que éramos el eslabón perdido que faltaba en nuestras vidas. Él era lo que yo estaba buscando. En cierto modo no era más que un niño escuálido. Pero era un visionario. Quise seguir sus sueños”.

Live concert performance.

No importa cómo sucedió. Lo importante es que sucediera. Aquel tándem se convertiría en una de las hermandades más importantes del rock. Sus primeros tiempos se traducen en una tirada de discos intachables que están entre lo mejor de la cultura popular norteamericana de los últimos cincuenta años. Únicamente se alejaron durante una década, del 1989 al 1999. Que el jefe prescindiera de la banda fue una puñalada trapera para algunos miembros. Una traición a la propia familia. Aquella separación provocó uno de los períodos menos fértiles en la carrera de Bruce. Parte de la magia se había ido con la E street Band y los directos que, si bien se mantenían con la energía del jefe, habían perdido la magia y aquel sonido perfectamente engrasado. Con el tiempo se curan las heridas y el jefe reconoció su error. Los rencores se transformaron en reuniones a regañadientes, y éstas en miradas que se decían “¡Estamos haciéndolo de nuevo!”. La magia volvió como nunca. Quizá no tan eléctrica, quizá no tan juvenil. Pero sí más madura, más compacta. Los directos de la gira de reunión nos devolvieron momentos inolvidables, pero lo que es más importante, regresó la sonrisa cómplice entre Big Man y Bad Scooter. El DVD “Live in New York City”, imprescindible para cualquier melómano que se precie, es un buen ejemplo de ello.

Con el tiempo, tras aquella reunión y una década de conciertos impecables, la salud de Clarence empezó a dar síntomas de los años salvajes en los que sólo existía el presente. La artritis le provocaba un dolor constante por el cual se debía medicar, su cadera no soportaba aquella silueta con kilos de más y tuvo que ser operada, los engranajes de sus rodillas también tuvieron que pasar por el quirófano… Clarence comenzó a subirse al escenario en una silla de la que unicamente se levantaba para arrancar con el solo de “Jungleland”. Subía tambaleándose, apoyado en el hombro de Bruce. Entre bambalinas se movía con un carrito de golf. Ver a aquel hombre tan grande hundido por la salud de esa manera era un espectáculo muy triste. Sus intervenciones con el saxo olían a despedida durante las últimas giras. Apenas participaba en el concierto y cuando lo hacía, el público le devolvía la vida que le empezaba a faltar. No era la potencia de unos años antes y desafinaba en algunas notas altas, pero todo aquello nos daba igual. Qué coño, era Clarence Clemons, Big Man, ‘el rey del mundo.

El doce de junio de 2011 sufrió un derrame cerebral. Después de dos operaciones de urgencia su cuerpo había conseguido estabilizarse. Recuerdo aquello como recibir el parte médico de un familiar cercano. Había algo de esperanza, y cuando hay algo de esperanza desaparece cualquier posibilidad de que todo pueda ir a peor. Pero una semana más tarde llegaba la noticia. El 18 de junio Clarence Clemons moría por ‘complicaciones causadas por el accidente cardiovascular’. Por suerte, en este mundo tan efímero nadie desaparece para siempre. Su música sigue sonando. Seguirá haciéndolo. Su música le hizo inmortal, al menos mientras sigamos escuchando esos discos. Ya lo dijo Bruce: “se irá cuando todos hayamos muerto”.