Hará unos cinco años (cifra fácilmente refutable) jugábamos al Trivial  Pursuit en casa de una amiga. Unos a regañadientes, otros furibundamente competitivos; en cualquier caso, todos lanzando miradas de reojo a esa persona al final de la mesa que, acomodada sobre su cátedra y tratando de no parecer consciente de ello (lo que le hacía aún más irritante), arrasaba, con perdón, con todas las preguntas rosas. La entrega de Oscars por películas de nombre exótico era su auténtica especialidad, aunque también demostraba tener una considerable memoria histórica en torno a acontecimientos televisivos que ni siquiera había presenciado y, por supuesto, una desagradable tendencia a contestar cuestiones musicales con artistas y grupos sacados de ninguna parte. El rosa era su color, y hasta tal punto que sus propios, y triunfales por defecto, compañeros de equipo se mostraban incómodos.

El listillo de turno era yo, como no podía ser de otro modo, y ahí sacándole brillo al ego me hallaba en una salsa imposible de cocinar de disputarse otros juegos más cerebrales como el ajedrez, el mus o, pardiez, el Tabú. Felicísimo aquella noche en mi redundante pérdida de potenciales contactos sexuales, había llegado el momento de jugarse el quesito rosa. Un mero trámite. La anfitriona, perteneciente al equipo contrario, tenía la tarjeta en la mano y no había podido soslayar una mueca de fastidio tras leer la pregunta que me haría: sabía que la contestaría con acierto.

¿Qué grupo español triunfó en el año 2002 con el tema “Las chicas de las canciones”?

Abrí mucho los ojos al comprender, tras unos segundos de locura, que no tenía la menor idea. Enmudecí, me deshice en espontáneos sudores, traté de emular hasta tres poses diferentes de escultural pensador griego. La incomodidad fue incrementada en lo que advertí que todos en esa mesa, no sólo mi optimista amiga, suponían que conocía la respuesta. Empecé a juntar palabras al azar por si colaba; sólo así di la medida de mi ejemplar estupidez, y tardé en darme por vencido diez eternos minutos.

Circodelia. Pues claro.

Jóvenes creadores

En febrero de 2016 habrán transcurrido diez años de la publicación del tercer y último disco de este grupo madrileño, por nombre “Máquinas románticas”. Será el suyo un aniversario deslucido, celebrado en las sombras; probablemente ni siquiera el par de cuentas existentes tuiteen algo (no lo hacen desde 2012-2013). Eso no quita que un fugaz vistazo a los comentarios de los vídeos que hay colgados en YouTube con ellos de protagonistas sorprenda por lo caluroso y emocionado: “Sería fabuloso que volvieran…”, “QUE VUELVAN YAAA”, “El país no está a la altura de este grupo” o “Pedazo de mariconas, pero la canción guapísima”. No son muchos, claro, pero exhiben tanta pasión que hemos de encontrarnos, o de estar a punto de ello, ante un grupo de culto.

Pero, ¿quiénes fueron Circodelia, y por qué caray ha de importarnos a los no creyentes? El grupo estaba compuesto en sus inicios (fechados en 1994) por los guitarristas Pablo Parser y Marcos Íñiguez y por el bajista Mike Rata, quienes un par de veces por semana se reunían sin otra aspiración que pasar el rato y tocar versiones de los Clash (o la bendita accesibilidad del punk). La llegada a la batería de Juan Velázquez dio cuerpo a esas instrumentales desangeladas hasta el punto de que Parser quiso sumergirse en los impredecibles mares de la composición; disponiendo ya de temas propios lo suyo sería ponerse un nombre y hacerse con un cantante, y Tono Voodoo y Víctor Pérez fueron los elegidos. Lo de Tono Voodoo les quedaría para el resto de la década de los noventa; Víctor, el locuaz, ambiguo y carismático Víctor, para un poco más. Llegaron los conciertos en pequeños locales de la periferia sobre cuyo nivel de cochambre gustaron de ironizar después, así como un número ingente de concursos donde ganaban o quedaban como honrosos secundarios; allí caían desde los temas propios que iban puliendo hasta las versiones nacidas de sus ampliados horizontes. Rolling Stones, Led Zeppelin, Faces, Bowie, los años 70 como campo de juegos, el glam como espíritu y aspiración.

El contrato discográfico tardó en llegar, pero cuando lo hizo vino acompañado de nada más y nada menos que la tutela de Alejo Stivel. Por temas de derechos, la historia de Tono Voodoo concluyó abruptamente y se convirtieron en Circodelia, nombre que por otra parte les iba muchísimo más: a lo largo de la década, la banda liderada por Pablo Parser (y, eventualmente, por Víctor Pérez) había desarrollado una puesta en escena si no revolucionaria sí distintiva: el sonido anclado en épocas pretéritas se correspondía en el escenario con una actitud chulesca y obscena al estilo Mick Jagger; incluso por momentos el vocalista de los Rolling Stones parecía haberse transmutado en la figura de Víctor Pérez con esos gestos tan grotescamente amanerados, esa desbordante sexualidad, o esa voz imperfecta en constante desafío a la corrección y la técnica. Eran, en sus propias palabras, “un circo, una película acompañada de una banda sonora cojonuda”. A Stivel, por lo que parece, le gustó lo que vio, y convino en producirles un elepé bajo el sello de Peps Records. La grabación distó de ser tranquila, sin embargo; el cantante de Tequila tenía unas ideas muy definidas sobre cómo debían sonar, y unas que no se complementaban necesariamente con las ambiciones del propio grupo: él quería algo rollo Motown, con una autoridad que ni se planteaba el ver discutida, y mucho menos por esos rockerillos de tres al cuarto que, desde luego, no eran de los que destrozan una habitación de hotel (ni siquiera de los que se llevan los sobrecitos de champú). ¿No querían un rollo vintage? Pues cerrad el pico, tocad, y dejadme hacer. “¿Por qué murió Kurt Cobain y no murió Alejo Stivel?”, se lamentaba Víctor en plan casual años después.

En efecto, el sonido final del disco, llamado homónimamente “Circodelia” y publicado en 2002, no satisfizo del todo a la banda. Además, el hecho de ser un recopilatorio de todo lo compuesto a lo largo de diez años provocaba que la obra careciera de una temática común o del argumento que sí contenían sus bolos, confluyendo en 38 caóticos minutos a partir de los cuales era complicado definirle un sonido a la marca. Sólo quedaba ahí, impertérrita y chillona, la voz de Víctor, y las letras sobre experiencias personales o coñas marineras que había ido fraguando desde su ingreso en la banda. También quedaba, por tanto, el humor. Un humor glorioso y gamberro que franqueaba la accesibilidad a una banda que de otro modo la tendría difícil por toda la caspa y frivolidad de las que hacía gala. Gracias a este humor uno podía permitirse el lujo de profundizar y, de este modo, admirar el mayúsculo talento de aquellas ‘mariconas’.

El hit de ese disco fue, sin lugar a dudas, “Las chicas de las canciones”, una canción eminentemente popera a años luz de la rabia y contundencia de “Sexo, drogas y Rock & Roll”, “¿Es mi cuerpo atractivo para ti?” o “Reina Ideal”, tres de los cortes más destacados del álbum. El videoclip de la misma era sencillamente indescriptible, y Circodelia se autocondenaba al encasillamiento con una presentación así; no en vano los miembros se quejaron durante años de que el temita de marras les impusiera un sello que no iba para nada con el grupo. Algo ciertamente lamentable, pues si bien los aspectos melódicos y técnicos del tema dejaban mucho que desear (sobre todo a comparación de lo que harían después), la escritura de Víctor ya sorprendía por su originalidad y pegada. Más allá de las rimas horteras (“Me pasé de listo, y me echaron de la disco) y las figuras pedestres (“Uso calzoncillos de Calvin Klein, y tampoco me la noto más larga“), subyacía un sentimiento melancólico, una elegía por el pasado y un ansia por encajar a toda costa en una contracultura que ya no era un lugar seguro. Una contracultura que era feudo de los modernos.

Lo trágico es magnético

Puede que Circodelia, vayamos cogiendo velocidad, sea el mejor grupo de música indie que haya dado España nunca. Reúne todas las características para ello: un sonido tan identificable como alejado de las radiofórmulas (a ver quién es el valiente que sintoniza la voz de Víctor con su señor padre conduciendo), una visión artística incapaz de ser examinada al margen de sus influencias, una insistencia casi preocupante en no tomarse en serio a sí mismos, una gran tendencia a escribir sobre lo que se conoce con una concreción exasperante (Malasaña y Tribunal convertidos a la sazón en tópicos literarios), y una complicada relación con las discográficas fundamentada en el coyuntural ‘no tener un duro’. Es por esto que los miembros, pese a sentir una pasión irrefrenable por lo que hacían, nunca pudieron dedicarse enteramente a las artes (Víctor, además de ser modelo, estudió durante siglos Ingeniería Industrial, polifacético es uno), ni contaron con un público lo suficientemente amplio o heterogéneo como para extender su carrera más allá de tres elepés y cuatro videoclips cutres que no están en Vevo.

Una verdadera lástima, porque estos madrileños, que en sus primeras entrevistas se quejaban de que con lo de Operación Triunfo “ya no había grupos auténticamente rockeros” para a continuación acometer con muy poca vergüenza “Las chicas de las canciones”, no dejaron de mejorar disco tras disco, y aventurar cómo podrían haber sido un cuarto o un quinto, discernir hasta dónde podrían haber llegado sus logros si los hubieran dejado, resulta cuanto menos trágico. “Lo trágico es magnético” (2003), por cierto, era el nombre de su segundo larga duración, que de primeras se ofrecía como un todo mucho más compacto que “Circodelia” y abanderando un cambio sustancioso con respecto a éste. Para empezar, se notaba que durante la anterior gira por toda España habían tenido oportunidad de escuchar música más allá de los 70 (Elvis Costello, Supergrass, Smiths; si iban a liderar simbólicamente el indie debían ponerse las pilas), y que habían querido rendir homenaje al grupo nacional que siempre les pareció más genuino: M-Clan. “Lo trágico es magnético” resultaba, entre unas cosas y otras, un disco de madurez, hecho con oficio, seguridad, sin intromisiones (Alejo Stivel ya ni saludaba a Víctor por la calle), y pleno en temazos. No sólo porque en cortes como “Extraño de ti”, “Vino y rosas” y “Arma oculta” pareciera que Carlos Tarque fuera a aparecer de un momento a otro (que ya es garantía), sino por la estremecedora efectividad del tema homónimo y de “Ojos mágicos, corazón mecánico”, más la contagiosa tontunita de los susodichos (“Profanarme me estimula más que el Special K en dura pugna con “Mientras que los hippies escuchan Yes, los bakalas bailan con sus ojos mágicos). Circodelia se consolidaban, pero las ventas no lo hacían con ellos.

It’s only rock and roll

En 2006 el panorama se les ofrecía incierto aunque, se empeñaban, lleno de posibilidades. Radio 3 les había vetado por comerciales, al igual que las radios comerciales por todo lo contrario, y la experiencia de estar dentro de ese limbo, aunque hilarante, no tardaría en resultar dañina a efectos económicos. Por otro lado, tanto salir de gira, y hacerlo con tantas ganas (para ellos, los discos sólo eran ‘un pretexto’), había derivado en que un colectivo estrecho pero apasionado les tuviera como auténticos ídolos. Ni siquiera la crítica institucional, en esto, había podido hacer oídos sordos al fenómeno, y tres años antes Javier Planelles (sustituto de Juan Velázquez a partir de la gira de 2002-2003) era nombrado ‘Mejor Batería de Rock and Roll’ por la Rock Music Magazine. Su valía como artistas había quedado más o menos refrendada, y Circodelia vieron llegado el momento de un cambio. Un nuevo disco, el tercero, que supusiera la eclosión de todo su estilo, el colofón (en espera de otros) a su carrera: uno en el que no dependieran de que alguien les hubiera ‘pillado el rollo’ para tener exactamente el disco que querían. Por eso sería el mismo Pablo Parser el productor, y entre él y Marcos Íñiguez diseñarían la primera música que se les pasara por la cabeza, sin filtros. En cuanto a Víctor, tendría absoluta libertad para poner todas las escatologías, horteradas y estupideces que se le antojasen.

Así les salió. “Máquinas románticas” no es sólo el mejor disco de Circodelia, sino muy probablemente uno de los mejores publicados en nuestro país durante la pasada década. Y eso careciendo de un tema clave como otrora pudieron ser “Las chicas de las canciones” u “Ojos mágicos, corazón mecánico”, pues todas y cada una de sus pistas son extraordinarias, llenas de melodías magníficas, estribillos contagiosos y letras alocadas. Es un trabajo alegre y cachondo, sin ningún momento de bajón, que evidencia el culmen creativo de la banda a todos los niveles y que incluso se atreve a coquetear (y salir indemne en ello) con los sintetizadores y la electrónica. Sólo hay que reparar en los grandiosos momentos que suponen “¡Vamos a ir al infierno de cabeza!” (“Me alcanzó la crisis de los 30, y me fui a celebrarlo a la FNAC), “Medio limón” (“Mi príncipe pasó, pero no me vio… Qué coñazo es el amor, qué poco da de sí la primera impresión), o ese delirio extremo que es “Ámame y muere” (“Soy un psychokiller muy pop, con estilo siembro el terror (…) Tengo una peluca de mamá, tengo una navaja de afeitar… Y tengo una mirada que acojona que te cagas); el grupo de Pablo y Víctor sonaba aquí más fresco que nunca, incluso más que en su debut, y nadie habría de echarle en cara que, tras semejante pelotazo, criaran fama y se echaran a dormir. Algo parecido hicieron, con la particularidad de que la fama sólo la rozaron, y les fue impuesto el dormir.

Luego de varios desacuerdos con las discográficas (nadie debió saber muy bien cómo lidiar con “Máquinas románticas”), Circodelia fueron exiliados forzosamente al anonimato del que procedían, sin más giras organizadas a la vista, y sin ningún contrato que les exhortara a seguir componiendo. Empujados a una vida normal con carreras y cónyuges, los miembros encontraron parco solaz una vez por semana en algún garito de Madrid (con especial apetencia por el Honky Tonk) donde, poco a poco olvidados, se dedicaron a repasar su magna discografía insertando esas versiones de clásicos setenteros que con tanta asiduidad tocaran en sus inicios. Uno ya se encontraba a Circodelia como por casualidad, alguna noche tonta en la que diera con sus atiplados huesos en el local indicado, y disfrutaba, por supuesto que disfrutaba, pero sin ninguna expectativa más allá de esa noche.

Y fueron desfilando los findes, hasta la inevitable disolución en 2009. Hubo un leve intento de reunir a la banda con otro nombre, Vergara, pero la dificultad para cuadrar horarios y ensayar (maldita la vida de sujeto con responsabilidades y obligaciones), no permitió que la cosa pasara de un EP: uno estupendo, para variar. En cuanto a Víctor, hizo uso de su carismática voz para ganar unas perrillas con anuncios publicitarios, y luego sacó tiempo para formar un nuevo grupo llamado My Weapon con los colegas de su Sevilla natal. En uno de sus escasísimos tropiezos con algún medio, el chaval que una vez cantó aquello de “Como adulto soy patético”, fue interrogado por el devenir de su antiguo grupo: “En resumidas cuentas Circodelia fue un grupo fantástico y tuvo momentos realmente gloriosos”, contestó, “pero se acabó y ya. Ahora hay gente más joven que nosotros haciendo cosas fantásticas, y es a ellos a los que hay que apoyar a muerte”.

Hay que fiarse de Víctor, pues. Circodelia no volverán, y lo único que podemos hacer al respecto, además de documentarnos para acertar esa pregunta del Trivial la próxima vez (y comprender que, tal y como dijo Víctor al respecto, “ya son cultura pop”), es darlos a conocer. Porque todos tus amigos, sin excepción, han de descubrirlos, cachondearse de ellos y, sólo al final, disfrutarlos en toda su significancia. Porque, en el mundo, nada es más grato de compartir que la música.

No hay de qué.