Oooh, that smell. Can’t you smell that smell? The smell of death surrounds you.

“That Smell”, Lynyrd Skynyrd (“Street Survivors”, 1977).

Lynyrd Skynyrd no era de esos grupos con una gran imagen a cuestas. Es decir, maticemos, sí, a mediados de los 70, con esa carta de presentación tan reveladora que incluso venía con instrucciones de uso “(Pronounced ‘lĕh-‘nérd ‘skin-‘nérd)”, se habían convertido de repente en una de las más grandes bandas de rock de todos los tiempos. Y, sí, el virtuosismo y la profesionalidad de sus integrantes estaba fuera de toda duda; no había más que ver (y sólo así creer), las pantagruélicas secciones instrumentales que defendían sobre el escenario. Y los temazos. Esos temazos. Su imagen, por tanto, exhumaba talento y atractivo pero, como tantas otras veces ocurre en la historia de la música, la admiración que sintieras por ciertos artistas no había de implicar necesariamente que gustoso fueras a irte de cañas con ellos. Desde luego, Ronnie Van Zant y los suyos no parecían los más indicados para intercambiar cordiales opiniones sobre la caricaturización de la música sureña. O sobre nada en concreto, a decir verdad.

La situación era la habitual. Esos melenudos que se sentaban al final de la clase y contestaban a las viejas habían encontrado en el rock and roll, como tantos otros antes que ellos, un contexto ideal para dejar fluir su salvajismo, transmutado en una más etérea y vistosa pasión a lomos de los estribillos de “Free Bird”. Suspensos en la asignatura de gimnasia (la única que alguna vez fue posible que aprobaran) por culpa de no mantener el pelo a dos dedos por encima de las cejas, llevaban ensayando desde 1965 con una intensidad creciente, cambiando de nombre como de marca de cigarrillos. En un momento de inspiración encontraron uno que se les ajustaba perfectamente, nacido de la ironía y de la atolondrada adolescencia; ¿por qué no llamarse como ese profesor de gimnasia tan plomo, tan concienciado con las cuestiones capilares, tan fascista? ¿Leonard Skinner? Elevando las comisuras de la boca y entrecerrando un ojo, como quien tiene el Sol de cara, como quien lleva años tostando la piel en las plantaciones de algodón, como quienes sólo conocen y tienen intención de conocer el sur, ya siempre fueron Lynyrd Skynyrd. Y también, siempre, unos indeseables.

El éxito, que tardó en llegar, pero llegó, trajo consigo la cantidad de alcohol y drogas correspondiente, y empeñados en mantener la madurez a tres estados de distancia, la banda musical de Ronnie Van Zant pasaría a convertirse al mismo tiempo en una de forajidos que colgaba una enorme bandera confederada de los escenarios donde subía, y a la que el público, mientras tocaban “Gimme Your Bullets”, le arrojaba balas. Se metían en peleas, violaban a las jovencitas; tal vez incluso, en un día tonto, robaran ganado. Ésa era su fama, su leyenda. Y Ronnie Van Zant no estaba nada contento con esta situación.

Los primeros avisos

En unos versos de “Sweet Home Alabama”, la canción más célebre que jamás escribirían, el grupo desafiaba abiertamente a Neil Young, quien con sus referencias al turbio pasado esclavista y racista de Alabama envueltas en un par de canciones había contrariado al grupo. Dicho estado ni siquiera era el suyo (venían de Florida), pero así se las gastaban. Tipos duros, pendencieros, habituales parroquianos de saloons, y el whisky lo único que les quitaba la sed tras su travesía por el desierto. Ronnie Van Zant, cantante, compositor, era un gordito bienintencionado que bebía y jodía como el que más, pero con el tiempo una inquietud fue haciendo mella en él: ¿hasta cuándo podrían llevar ese estilo de vida?

En el año 1976 Allen Collins y Gary Rossington, guitarristas principales de la formación, sufrieron un terrible accidente de tráfico. Rossington conducía e iba borracho, cómo no, pero la convalecencia a la que se vio abocado junto a su compañero no pareció surtir gran efecto en su actitud. Van Zant, ya entonces enfrascado en la manufacturación de “Street Survivors”, quinto álbum de Lynyrd Skynyrd, se vio en la imperante necesidad de escribir una canción sobre el asunto, “That Smell”. Una canción que tenía, en efecto, mucho de advertencia. Y de miedo avasallador. Ronnie estaba aterrorizado, pero tardaría poco en resignarse, y aceptarlo. El 13 de febrero, en Glasgow, dejó al público sin habla cuando con mucha serenidad declaró: “Chicos, creo que no podré estar más aquí encima para veros y poder cantar pues, lamentablemente, no creo que llegue a los 30”. Tenía 29, y ya tanto su familia como sus compañeros de tropa estaban al corriente de su apocalíptico pesimismo. A Allen Collins, entonces hospitalizado pero deseoso de volver a la acción, incluso le había dicho una vez, entre los vapores de Tokio, que moriría en la carretera. “El hombre conocía su destino”, confirmó años después.

Pese a esta angustia vital, reflejada en un ánimo cadencioso y deprimido, había que seguir adelante con el grupo, que encaraba la fase de mayor éxito de su carrera. La banda había fichado recientemente a Steve Gaines, un guitarrista de increíble habilidad y que tampoco se defendía mal empleando la voz; en “Street Survivors” sería el primero en cantar un tema de Lynyrd Skynyrd sin ser Ronnie. La grabación del álbum fue de maravilla, rica en temas potentes que dejaran atrás anteriores tropiezos: la banda de Jacksonville, Florida, había alcanzado su cima artística, con una asombrosa armonía en sus cortes, entre los que destacaba misteriosa, poderosamente, “That Smell”. Poco después estaba terminado y para el diseño de la portada se convino en colocar a los miembros del grupo inmersos en una nube de fuego. Steve Gaines, el recién llegado, el que se luciría en aquel quinto álbum de estudio, era la figura por la que, con un gesto de placer indescriptible en el rostro, las llamas de la imagen mostraban una mayor apetencia. 72 horas después del lanzamiento, los músicos subían a bordo de un Convair CV-240 con rumbo a un concierto en Baton Rouge, Louisiana.

No todos los componentes de Lynyrd Skynyrd viajaron en él, sin embargo. En aras de conseguir una mayor sofisticación escénica, Ronnie había pensado meses antes que era buena idea incluir coristas en sus actuaciones, y de este modo Leslie Hawkins, Cassie Gaines (hermana de Steve) y JoJo Billingsley ingresaron en la banda. Gaines, recelosa, prefería ir en autobús. Billingsley, por su parte, tenía que cuidar de un pariente enfermo, y acordó reunirse con el grupo tres días después en Little Rock. La noche anterior al vuelo tuvo una pesadilla, y segundos después llamó por teléfono a Allen Collins. “He soñado que el avión se estrellaba”, le confesó temblando.

El pantano de Gillsburg

Días antes de aquel 20 de octubre de 1977, Zunk Buker y su padre acudieron a Greenville, Carolina del Sur, con un encargo. Ante ellos se hallaba el famoso Convair CV-240, de la texana L&J Company, y ellos debían comprobar si reunía las condiciones adecuadas para transportar a Aerosmith, de cuyo equipo técnico formaban parte. En un primer vistazo, el aparato no acabó de convencerlos; pero Joe Perry y Steven Tyler habían mostrado un gran interés por ese avión en particular, y los Buker quisieron hablar con la tripulación para dejarse aleccionar sobre sus bondades. Se disponían a ello cuando sorprendieron a dos tipos llamados Walter McCreary y William Gray deambulando por el pasillo con una botella de Jack Daniel’s en las manos. Eran los pilotos.

El único gesto que esto hubo de merecer entre los miembros de Lynyrd Skynyrd, una vez enterados, fue un poco comprometido encogimiento de hombros. De hecho, según el Convair dejó el espacio aéreo de Greenville para dirigirse al siguiente show en la State University de Louisiana, algunos miembros del grupo incluso llegaron a sentirse muy cómodos con la compañía de McCreary y Gray: unos juerguistas irredentos, como ellos. Todos estaban seguros de que aquel sería el último viaje del Convair antes de su jubilación (los problemas técnicos sufridos en jornadas anteriores no dejaban margen de duda), por lo que a los músicos se les ocurrió celebrar aquello como cualquier otra cosa, por todo lo alto. Que corriera el alcohol. Nadie les diría que no: ni Ronnie Van Zant, que se sumó a la fiesta sin mucho entusiasmo, ni mucho menos los pilotos. Horas después, en torno a las 7 de la tarde, los pasajeros escucharon un sonido por encima de la música, como un gruñido de volumen intolerable. Billy Powell, teclista del grupo y uno de los pocos miembros sobrios en aquellos momentos, se encaminó a la cabina y les preguntó a los pilotos. El siempre risueño McCreary le quitó importancia al asunto; sólo estaban transfiriendo combustible de un ala a otra, no había de qué preocuparse. Sólo cuando se hizo un silencio absoluto, y Billy volvió corriendo a la cabina, la sonrisa de McCreary se había torcido. “Dios mío, abrochaos los cinturones”.

Ronnie Van Zant dormía, sus ronquidos enmudecidos por el aparatoso deceso de los motores del avión. Artimus Pyle, batería del grupo, zarandeó sus hombros y le puso rápidamente al corriente de lo que estaba ocurriendo. El cantante, con un ojo cerrado, enceguecido por el hipotético Sol sureño, sólo mostró un enfado infantil por haber sido despertado, haciendo intentonas de recuperar el sueño mientras los pasajeros se abrochaban los cinturones eclipsando la embriaguez y, en la cabina, los pilotos buscaban a la desesperada dónde aterrizar. Sobre sus butacas, Lynyrd Skynyrd y su séquito se vieron impelidos a ayudarles mirando agónicamente por las ventanillas: sólo había árboles. Verdes, altos, amenazantes, más borrones oscuros que árboles a cada segundo. De pronto, un sonido intenso, un golpe espectacular. El Convair CV-300 tardó menos de un minuto en estrellarse. Se hizo el silencio de nuevo.

En la oscuridad, Artimus Pyle se apartó del cadáver aplastado de Ronnie sin siquiera atreverse a echarle un vistazo y trepó por el pasillo siniestrado; Billy Powell pudo ver cómo varios huesos sobresalían de su cuerpo y quiso seguirle; su amigo Artie no podría llegar muy lejos en esas condiciones. Por tanto, se encaramó sobre la misma mesa que hubo de precipitarse contra él durante la caída, y puso los pies sobre el suelo en pendiente decidido a cometer heroicidades. A mitad de camino se tropezó con algo: el cuerpo de Cassie Gaines, que aún se movía. La hermana de Steve, ese pobre chico que había sellado su destino al unirse a Lynyrd Skynyrd, temblaba, con el rostro blanquecino y hierático. Billy se agachó con la intención de socorrerla, y sólo cuando la tenía alzada entre sus brazos advirtió la sangre que manaba de su garganta cercenada. Billy no pudo continuar, sencillamente no pudo. “Veo un pantano”, gritó de repente Artie desde el borde para quien pudiera oírle, aguzando la vista, forcejeando con aquel silencio sepulcral. Nadie respondió, la mayoría muertos o agonizantes, pero Ken Peeden y Marc Frank, asistentes técnicos, siguieron penosamente la espalda del batería, sin pronunciar palabra. A horcajadas sobre un acuerdo tácito de común supervivencia, aquellas tres personas abandonaron el avión y se arrastraron por los alrededores en busca de ayuda. Se encontraban en Gillsburg, Mississippi, solos en un entramado de aguas pantanosas, acaso infestadas de caimanes, y no aguantarían mucho más. Entonces no lo sabían, pero aquellos eran los dominios de Johnny Mote, cuya granja se hallaba a pocos kilómetros. El ruido del accidente le había alertado, sin conocer aún su causa, y había decidido salir a echar un vistazo provisto de su escopeta.

Un disparo hendió el viciado aire del pantano de Gillsburg, y el sitio donde la bala impactó nunca llegó a ser aclarado del todo. Si hemos de fiarnos de Artimus Pyle, al señor Mote, consciente de la reciente fuga de unos presos de la penitenciaría de la zona, le faltó tiempo para dispararle al brazo una vez le vio gritarle desde la lejanía. Según el mismo señor Mote, sólo disparó al aire para disuadir a los posibles criminales de que se le acercaran. En cualquier caso, con balas perdidas o no de por medio, el granjero acabó descubriendo lo que había pasado, empezó a vislumbrar la magnitud de la tragedia, y dio la alarma. El personal sanitario se desplazó al lugar del siniestro y se encontró con un espectáculo infernal: Ronnie Van Zant y los hermanos Gaines estaban muertos, al igual que el manager del grupo Dean Kilpatrick, y los pilotos Walter McCreary y William Gray. El resto de los 26 pasajeros que en total había transportado el Convair se hallaban gravemente heridos. Todos fueron introducidos en las ambulancias, pero al acelerar éstas en dirección al hospital más próximo, se vieron atascadas en el barro del pantano.

El fuego se apaga

Los miembros supervivientes tardarían años en recuperarse de sus heridas (los que sí consiguieron recuperarse) mientras presenciaban por encima del hombro cómo el macabro “Street Survivors” ascendía en las listas americanas hasta el puesto número 5 y se convertía en disco de platino. La tragedia había adquirido tal hondura que todo el país se hallaba conmocionado por la misma, y había corrido a las tiendas para hacerse con ese disco en el que la banda de Jacksonville aparecía proféticamente pasto de las llamas. Empatía, respeto, homenaje… quizá, en todo caso, morbo. ¿Cómo resistirse a adquirir un disco con una imagen nítida y aproximada de lo que había podido ser el pantano de Gillsburg aquel 20 de octubre? No es de extrañar, pues, que por petición de los familiares la portada fuera eventualmente cambiada y las llamas eliminadas; los que no fueron lo suficientemente veloces habrían de conformarse con la aséptica instantánea de Lynyrd Skynyrd sin fuego de por medio.

Allen Collins y Gary Rossington no hicieron demasiado caso del revuelo, centrados tanto en superar sus heridas como en discernir qué hacer a continuación con el grupo. En sus subconscientes, y para su infortunio, se veían absorbidos por ese panteón de leyendas del rock con la carrera truncada por accidentes aéreos. Ricky Nelson, Stevie Ray Vaughan, Otis Redding, Buddy Holly, Ritchie Valens, Big Bopper. La música había muerto demasiados días en lo que a los guitarristas respectaba, y reunidos en la casa del difunto Ronnie Van Zant decidieron disolver Lynyrd Skynyrd. Era la hora de colgar el revólver, calarse el sombrero hasta los ojos, y sentarse en el porche recordando a los amigos perdidos.

Atrás quedaban cinco álbumes de estudio y uno en directo. Atrás todas esas apoteóticas actuaciones, improvisaciones, perversiones, en las que el público y la banda de Jacksonville eran uno. Atrás esa lista de clásicos imprescindibles más allá de “Sweet Home Alabama” y “Free Bird”. “Tuesday’s Gone”. “Simple Man”. “Workin’ for MCA”. “Saturday Night Special”. “Gimme Three Steps”. “All I Can Do is to Write About It”. Ejem, sí, también “That Smell”. La historia de Lynyrd Skynyrd llegaba a su fin, el Sol no tenía otra opción que ponerse en su western crepuscular. Delante, sólo restaría el recuerdo.

… Would you still remember me?

No obstante, y contra todo pronóstico, el mundo no se habría de limitar ahora en adelante a escuchar a Lynyrd Skynyrd en las radiofórmulas: el recuerdo, por contradictorio que pudiera parecer, no supondría el único modo de recordarles. En 1979, la banda de forajidos volvió a cabalgar.

Lo hizo en el Volunteer Jam que, como cada año, organizaba el músico de country Charlie Daniels. El bajista Leon Wilkeson todavía no estaba recuperado de sus heridas, pero el resto, Allen Collins, Gay Rossington, Artimus Pyle, Billy Powell, estaban plantados ahí, sobre el escenario. La gente gritaba con furor, ya sollozaba antes de que sonara el primer acorde. La guitarra les hacía una pregunta que el público, ya que no estaba Ronnie Van Zant, debía formular. “If I’m leavin’ tomorrow…?”. Todos sabían cómo seguía y la respuesta, forzosamente, debía ser afirmativa. Por supuesto. Por supuesto que le recordarían.

Y tocaron “Free Bird”. Por Ronnie, por Steve, por Cassie, por todos los demás, tocaron “Free Bird”. Forzosamente limitados a la instrumental más emotiva y con más lírica de todas cuantas se efectuarían sobre un escenario multitudinario, tocaron “Free Bird”. Con las lágrimas de Billy bañando las teclas del piano, con las baquetas temblando por el pulso errático de Artie, tocaron “Free Bird”. Culminando con ese solo kilométrico quintaesencia del exceso, el desafío, la historia canónica del rock, tocaron “Free Bird”. Y hubo veces en las que les salió mejor, pero nunca veces tan importantes.

Después de eso Lynyrd Skynyrd volvería, por supuesto. El hermano de Ronnie, Johnny Van Zant, tenía algunas ideas. Más canciones, más exhibiciones guitarreras, más anacrónicas arrogancias. Y, claro está, nunca volvieron a ser algo reseñable; no en vano ya lo habían sido todo.