Querido Futuro,

Me gustaría llevar a tu época una reflexión sobre dos colectivos, aparentemente lejanos, pero muy similares en su esencia: los altos funcionarios y los músicos de sesión, teniendo en cuenta que pertenezco a los primeros y admiro a los segundos. No hace falta ponerse muy exquisito ni muy intenso, pero sí parece necesario ser fiel al rigor. “Siendo mi intención escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente buscar la verdadera realidad de las cosas que la simple imaginación de las mismas” (Maquiavelo).

Tampoco quiero convertir esta carta en un alegato a favor ni de los funcionarios ni de los músicos. Aunque podría. Y quizás debería. De momento me conformo con desvelar un secreto: sin ambos ni el Gobierno (no partidista) ni la música que escuchamos existirían. En realidad te hablo del afecto que genera el conocimiento. De hecho, ya puestos a hacer afirmaciones, la gran mayoría de los conflictos de nuestra sociedad mediática (inmigración, corrupción, desafección…) derivan del desconocimiento (como con acierto ha escrito Luis Cornago en Politikon). Y si no somos más queridos es porque somos tan necesarios como desconocidos.

Los músicos profesionales poseen grandes habilidades técnicas y son capaces de aprenderse cualquier pieza e interpretarla brillantemente. Quizás les falta la ‘legitimidad’ que da recibir el aplauso del público, ese reconocimiento que en nuestra cultura actual se asimila al ‘éxito’. Los solistas más populares, desde Elvis hasta Beck, pasando por todos los grandes intérpretes de la historia del pop-rock no podrían hacer su show sin un ‘cuerpo’ de músicos que mejore, interprete y revise sus temas. Salvo que sean multiinstrumentistas, como Sufjan Stevens, que no necesitan a nadie más para grabar el disco en varias pistas, pero serían incapaces de presentarlo en público y por lo tanto lejos de ese aplauso legitimador en esta era de la gira.

Pues bien, los altos funcionarios somos como músicos de sesión: aprendemos el setlist y el show de los altos cargos políticos de los gobiernos de turno. A veces escribes discursos para otros e interpretamos partituras en forma de leyes, reales decretos y órdenes ministeriales. Otras, transformas las decisiones políticas en políticas públicas, de las politics a las policies.

Futuro, como los músicos de sesión, somos profesionales que conocemos nuestro medio y sus instrumentos y que trabajamos duramente para nuestros frontmen (los cargos políticos) y para nuestro publico (los ciudadanos). Eso sí, te ruego que no nos confundas con el personal eventual (que no son funcionarios de carrera y tienen una dimensión de confianza política, también necesaria y legítima, pero por otros motivos que no vienen al caso).

Como los músicos a sueldo del estudio de grabación o del sello discográfico (sobre todo en los casos de los 70 de los conocidos Brill Building, Stax o Motown) los altos funcionarios solemos trabajar en un ministerio u organismo público concreto, por el que los altos cargos van circulando. Haciendo buena la teoría de la ‘circulación de las élites’ de Pareto.

Cualquier clase política, en cualquier rincón del mundo, necesita del cuerpo funcionarial (el aparato de la administración) para poner en marcha sus medidas. Así que cuanto mejor sea mejor para la realización de la legitimidad democrática y sus políticas públicas. Y cuando digo mejor, digo neutrales, objetivas, formadas, etc. Futuro, quizás ya no te acuerdes, pero en el siglo XIX esto no era así y nuestros antepasados sufrieron inestabilidad. Hoy sigue habiendo algunos que creen en ti y trazan propuestas para llegar a tu época en mejores condiciones.

Y si nombres como Greg Phillinganes, Leland Sklar, Jeff Porcaro o Shane Fontayne no te dicen absolutamente nada es porque, precisamente, demostraría que hay algo de razón en esta epístola: músicos profesionales anónimos que han trabajado duro para los grandes nombres del pop-rock de los últimos 30 años. Bruce Springsteen, Eric Clapton o Phil Collins han recurrido a ellos porque a veces necesitan el estímulo de músicos profesionales que poco saben de entrevistas y de promoción, pero que son capaces de crear atmósferas musicales nuevas en un escenario o en un estudio de grabación. Su fama queda sometida por lo que sabes o no sabes hacer con un instrumento en las manos. Especialmente a la batería, el bajo y las guitarras solistas, siendo capaces de dar la dosis adecuada de virtuosísimo sin robar el protagonismo principal al artista para el que trabajan. Eso es lo que también debemos hacer los altos funcionarios anónimos, en los distintos cuerpos y administraciones. Eso es lo que buscaban los constituyentes, aunque lo llamaron ‘servir con objetividad los intereses generales’. Y aquí en este caso el público y la audiencia se convierten en un democrático y resplandeciente grupo de ciudadanos y empresas.

Son tan necesarios un expertise interno como una discreción externa que permita ejercer con eficacia todo el protagonismo (y la legitimidad) al frontman político de turno. Por eso, desde hace tiempo, desde mis tiempos de asesor parlamentario de un secretario de estado, sostengo que la diferencia entre el gobierno y la oposición son los funcionarios. Debemos apoyar sin quitar ni un ápice de protagonismo.

Una banda de rock and roll se parece tanto a una organización burocrática que podemos distinguir su división vertical y lateral del trabajo. Hablamos de la ‘sección rítmica’ (bajo y batería) o de la ‘sección de viento’, como si fueran tareas encomendadas a niveles 24 en la administración. Como si el líder de la banda fuera un subdirector general nombrado por ‘libre designación’ y el guitarrista solista fuera el jefe del servicio virtuoso. Todos aguantan con una sonrisa los mismos gestos del frontman noche tras noche en el mismo segundo de la actuación. Y sobre el escenario solo hurtan la porción de protagonismo necesaria para que todo sea perfecto.

Hay músicos de sesión que por su trabajo con su instrumento adquieren tal categoría que pasan a tener personalidad y carrera propias. Es el caso muy llamativo de Tony Levin, conocido con su bajo en el “So” de Peter Gabriel o en “Double Fantasy” de John Lennon y que en el mundo del bajo ha adquirido esa notoriedad, incluso dentro de King Crimson. Y, del mismo modo, en la administración actual hay algunos altos funcionarios que a veces asumen el protagonismo político.

He escogido este video para que veas cómo la buena música interpretada por grandes músicos de sesión (David Sancious, Manu Katché y el propio Tony Levin) dan soporte a todo un Peter Gabriel en una canción que aúna virtuosismo y popularidad e incluso una coreografía muy seria que nada tiene que envidiar a Beyoncé (minuto 4:40):

Pues bien, esto también ocurre en esa fina intersección que se crea entre la política y la administración, aunque no pueda ofrecerte un vídeo porque de acuerdo con la naturaleza de las cosas, no existen.

Para terminar, querido Porvenir, una pequeña diferencia: al alto funcionario que decide dar un paso hacia un gobierno es fácil que quede significado políticamente. Un músico que haya tocado con los Beatles podría hacerlo perfectamente con los Rolling Stones, como Eric Clapton, o como Billy Preston… el Quinto Beatle.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.