Cierta noche del año 1991, Noel Gallagher se dejó caer por el Boardwalk Club. Recién de vuelta de su gira como técnico de los Inspiral Carpets, quería despejar su mente en la noche de Manchester y, suscrito a un probable ejercicio de condescendencia fraternal, ver cómo se las apañaba su hermanito pequeño. Noel había acostumbrado desde siempre a mirar a Liam por encima del hombro, ¿cómo no hacerlo? Era el niño bonito, el cabezahueca, un rebelde sin causa, un pazguato incapaz de sentir cosas cuando escuchaba música: aquello que Noel, precisamente, se tomaba tan en serio. Incluso una vez durante su veraniega adolescencia le dio por el rap, y se compró cadenas, y aflojó los cinturones, y todo el rollo. Por entonces Noel sólo pudo contener la risa, menear la cabeza, bajarla hasta casi tocar con su barbilla las cuerdas de su temblorosa guitarra, y seguir componiendo. Así las cosas, cuando Liam llegara a casa farfullando que de mayor quería ser como John Lennon, nadie habría de hacerle el menor caso.

Noel Gallagher hubo de replantearse muchas cosas cierta noche del año 1991, una vez finalizada la caótica pero contundente actuación de The Rain. Notó algo en su interior que nunca había estado allí; ¿admiración por el pequeño Liam? Mmm, no, desde luego no era eso. ¿Respeto? Como que tampoco. ¿Amor? Sí, ya, claro. Dándole vueltas a la cabeza (pues el corazón tenía poca cancha en la que despuntar), se encaminó al escenario mientras los músicos recogían los bártulos. Liam se giró, esperando una enhorabuena; un brillo extraño en los ojos de su hermano mayor le hacía creer que ésta acabaría siendo formulada. Noel, sin embargo, fue tajante, planteándoles la elección que definiría sus vidas para siempre:

O me dejáis escribir las canciones y somos superestrellas, u os quedáis en Manchester para el resto de vuestras tristes vidas

Las genialidades se atropellaban las unas a las otras sin permitir que la humanidad las digiriese (luego dispondría de todo el tiempo que quisiera), y en medio de todo este glorioso caos, la banda se metió en el estudio y grabó “(What’s the Story) Morning Glory?”.

Por supuesto, esta anécdota ve su fuente y veracidad limitadas a las posteriores palabras del propio Noel, que siempre gustó de reescribir su pasado en forma de sobradas. Fuera como fuera, The Rain (eventualmente, gracias a Liam, Oasis) estuvieron muy atinados incluyendo al mayor de los Gallagher entre sus filas y, casi inmediatamente después, subordinándose a su dictadura personal. Noel vio en aquellos los ignorantes amigotes de su hermano, los mismos que sin mucho pensárselo le habrían caneado en el cole, el marco adecuado para desarrollar y difundir su obra; previsión que, por qué no, también incluía a Liam y su peculiar forma de interpretar en el escenario, perfeccionada al transcurrir de los bolos. Alzando obscenamente el mentón, huyendo de cualquier contacto con el micro, y con el tronco arqueado cual Groucho Marx, Liam, de pronto, se había convertido en una marca. Poco después, en un icono. Al poco de declamar el inabarcable setlist de “(What’s the Story) Morning Glory?” por los escenarios de medio mundo, en una leyenda.

El segundo álbum de larga duración de Oasis se inscribió con letras de oro en la historia de la música popular un poco porque se veía venir, otro porque tampoco es que hubiera más remedio. Las hoy extenuantes, mañana esporádicas, labores de composición de Noel habían configurado un debut tan hiperbólico como el “Definitely Maybe”, y con medio mundo sin acabar aún de creérselo, este había venido acompañado del single “Whatever”: nada menos que 50 semanas en las listas de Reino Unido ahí con los violincicos. Las genialidades, en efecto, se atropellaban las unas a las otras sin permitir que la humanidad las digiriese (luego dispondría de todo el tiempo que quisiera), y en medio de todo este glorioso caos, la banda se metió en el estudio y grabó “(What’s the Story) Morning Glory?”. Durante sus primeras sesiones Noel, que ya andaba con la mosca detrás de la oreja desde la problemática puesta a punto de “Definitely Maybe”, tomó, y es muy posible que de manera unilateral, la determinación de mandar al batería Tony McCarroll a paseo. La sustitución de Alan White aceleró los trámites, y la última imagen que tendríamos de McCarroll sería la extraída del videoclip de “Some Might Say”: unos rizos morenos muy poco british sudando la gota gorda, coronando un rostro paliducho que no tenía más remedio que destilar humildad ante lo que estaba por venir.

oasis-whats-the-story-morning-glory-2

Hay que frotarse los oídos para creerse tal cantidad de canciones excepcionales concentradas en tan pocos minutos, y sentirse dichosos por tener la posibilidad de revisitar este álbum toda vez que a alguno se le antoje y quiera rememorar lo que es el rock, la música, el arte, con mayúsculas.

Con el álbum casi listo, no era la primera vez que la prensa quería ver en ellos los salvadores de la música de la vieja Inglaterra ante el predominio del grunge; sí quiso en cambio por sorpresa, y jugando a hacer literatura de la propia literatura, endosarles un archienemigo. Con dos titánicos monstruos compitiendo por alcanzar la cima del Britpop, y siendo Blur y Oasis los nombres de ambos contendientes, la épica no estaba tan asegurada como la imbecilidad: “Algunos de los integrantes de Blur parecen buena gente, pero espero que los otros dos se mueran de SIDA”, aseguró Noel dentro de sus primeros pinitos en el noble arte de hablar y hacer subir el pan consigo. Entre unas cosas y otras se convino en fijar para el 14 de agosto de 1995 el combate final entre los colosos, figurando en los anales como la ‘Batalla del Britpop‘. En esa fecha Oasis lanzó su segundo single, “Roll With It”, y Blur hizo lo propio con “Country House”; eso sí, una semana antes de lo previsto en pos de no perderse su cita con la Historia. Las ventas del single le dieron la victoria a Blur, pero esta devino efímera cuando “(What’s the Story) Morning Glory?” llegó a las tiendas el 2 de octubre y se convirtió en el segundo álbum más vendido de la historia de su país; sólo por detrás, muy significativamente, del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”.

De poco hubo de servir que “Country House” fuera un tema abiertamente superior a la frágil intentona beatleiana del grupo de los Gallagher. Blur producía temas apreciables, muy buenos incluso, pero los límites de su obra se encontraban en perpetuo choque con su presente, ajenos e impotentes ante una noción tan peliaguda como la ‘atemporalidad’. Los de Damon Albarn y Alex James se creyeron lo que la prensa decía de ellos, de verdad pensaron que su destino era salvar el Britpop, y no vieron más allá de ahí. Risueños, listillos, e irritantes en un grado bastante más desafortunado que los hermanísimos, tuvieron el desatino de afirmar que “Song 2” era una parodia de ese gringo grunge que en misión angélica debían destruir, en lugar de documentarse y comprender que esos “who-hoos” presagiaban la canción para la cual se inventaría la palabra ‘pepinazo’. Y así les fue. Hoy en día, nadie con dos dedos de frente puede entender cómo es posible que llegara a existir una rivalidad más o menos equitativa entre los Oasis de “Wonderwall”, “Don’t Look Back In Anger” y “Champagne Supernova”, y los Blur de “Parklife”. “Shitelife”, como llegó a llamarla Liam. Porque ahora se lo podía permitir.

La cuestión, ¿es para tanto “(What’s the Story) Morning Glory?” tanto tiempo después? Comprobémoslo, pero casi que va a ser que sí. Los acordes de “Wonderwall” entran a destiempo y se adelantan brevemente, sin caber en su impaciencia de que escuchemos lo espectacular que va a ser esa canción en concreto, pero “Hello”, el auténtico primer corte, tampoco tendrá que avergonzarse de su inferioridad. Su optimismo molón, desechando frivolidades, se transparenta en filosofía de la de los veinte duros, que es la que tiene más salida: “Nobody ever mentions the weather can make or break our day… Nobody ever seems to remember life is a game we play“; forremos nuestras carpetas, mancillemos el espacio público, hagámonos unos malditos tatuajes con esta mierda. “Hello” quizá pretenda sólo eso, saludar, dar la bienvenida, pero todo en ella funciona tan bien, con el estribillo, ese acompañamiento desfalleciente en “It’s never gonna be the same“, que ya hace menos de dos minutos que sabemos que este disco es nuestro disco. “Roll With It” recoge el testigo, y en mi exclusiva opinión desmerece un poco pues dicho tema, pese a su inextirpable condición de clásico, nunca le ha dicho nada al blasfemo que esto suscribe. Aquí, las letras de Noel redundan en esa especie de optimismo envenenado de “Hello”, y las notas dejan aflorar su intención de sonar a los Beatles a toda costa, sin conseguirlo para nada. Esto se debe a un motivo tan simple y caprichoso como a que le falta algo; quizá una mayor claridad en su estructura. Parece que la canción entera es un estribillo y no, no es algo bueno, porque agota. En estas condiciones, lógico y normal que Blur ganara el asalto con su redonda e impepinable “Country House”, pero cabe preguntarse qué habría pasado de ser lanzado “She’s Electric” como segundo single en lugar del presente corte. Quién sabe, quizá la ‘Batalla del Britpop’ habría durado aún menos.

Wonderwall”, teóricamente, estaba dedicada a Meg Matthews, la novia de Noel. Ella era aquella pared maravillosa, o lo que sea (absténganse traductores voluntariosos), que acabaría salvándole. No debió cuajar la cosa porque los tórtolos acabaron tarifando años después y claro, resultó que eso del homenaje había sido un bulo desde el principio, según el compositor, alentado por la prensa. A la pobre Meg debió de darle una rabia inimaginable descubrir que en realidad nunca había protagonizado la canción que todos los universitarios de todo el mundo tocaban con la guitarra de su padre para tirarle la caña a las chiquinas, y no es de extrañar, ¿qué se puede decir de “Wonderwall” que no sepáis? Mmm, pues a bote pronto, que se llama así por el primer disco en solitario de George Harrison, y que originalmente su nombre era “Wishing Stone” (que menos mal que lo cambiaron, porque así no habría habido Dios que ligara). También que en realidad va por un amigo imaginario (bien jugado, Noel), y que Green Day los tuvo muy buen puestos al copiarla nota a nota. No obstante, casi seguro que todo esto ya lo sepáis, porque es la canción más famosa de la década de los noventa, así que sólo me queda cantar las alabanzas de su nunca suficientemente valorado videoclip. Deteneos, sumergíos en él por un instante, hacedme ese favor. Saboread esa atmósfera grisácea, paradójicamente circense, reparad en el uso de los colores, en los pequeños y más jocosos detalles, como el megáfono de Noel o los cellos invisibles. ¿No huele todo a clásico? ¿No es sumamente adorable la sonrisilla que Bonehead no puede contener y esboza en primer plano en torno al final? Hace ya demasiados años como para que cuente, los Who supieron canalizar toda la confusión juvenil del momento en los versos de “Can’t Explain”; Oasis hizo lo mismo, y de un modo que se extiende hasta nuestros días, con sólo uno: “There are many things that I’d like to say to you, but I don’t know how“. En fin. Toda una carrera musical vale por estos cuatro minutos y algo. Y si encima es una carrera como la de Oasis, rompan filas.

“(What’s the Story) Morning Glory?” nos obliga a sumergirnos en una permanente sensación de sublimidad, presente hasta en los cortes más flojos (que los hay, pero contados).

Claro, “Wonderwall” es la canción por la que estos amiguetes serán recordados para los restos, ¿pero es la mejor? Persiste una polémica deliciosa al respecto, en tanto que una gran parte del público prefiere la canción que le sigue en ese milagro que es, que está siendo, “(What’s the Story) Morning Glory?”. “Don’t Look Back In Anger” fue la primera vez en que tuvimos oportunidad de oír cantar a Noel, sorprendiéndonos de que aquel inglesito feúcho a la vuelta de todo poseyera un rango vocal que se atrevía a superar el de su hermano. Porque, así es, Liam no llegaba las altísimas notas que requería la historia de Sally, y Noel hubo de intervenir luego de un inusual trato (también le tenía ganas a “Wonderwall” y se tuvo que quedar con ellas). Resultado, una de las composiciones más grandes y hermosas que ha parido la tierra de las lluvias, el corte necesario para zafarse de una vez por todas de una etiqueta tan estúpida y transitoria como ‘Britpop’. ¿Con cuál nos quedamos entonces? ¿“Wonderwall” o “Don’t Look Back In Anger”? Al estar libre de postureos, quedémonos (hoy) con la segunda, y temblemos de nuevo con el piano de “Imagine” al principio, vibremos con la arrogante batería del nuevo, y coreemos la reina madre de los estribillos. Ese en torno al cual, durante su primera grabación, Liam le preguntó a Noel si estaba cantando “So Sally can wait”. Noel no estaba cantando eso, y negó con la cabeza. Liam, para entonces, ya había aprendido a ser tan tajante como su hermano mayor: “Pues deberías”.

Hey Now!” llega para ayudar a que nos tranquilicemos luego de semejante delirio melómano, y lo hace sin muchos empachos, contentándose con ser la peor canción de “(What’s the Story) Morning Glory?: es decir, la menos buena. Está mejor resuelta que “Roll With It” y de hecho me gusta más, pero resulta notorio que carece de la pegada de esta, y lo resulta más aún cuando percibimos cierta ambición en ella, desde las florituras rítmicas hasta esas letras que quieren ser grandiosas pero no encuentran un envoltorio a la altura: “I hitched a ride with my soul by the side of the road, just as the sky turned black… I took a walk with my fame down memory lane, I never did find my way back“… A saber lo que significa, pero anda que no mola, y luego de la primera “Swamp Song” (instrumental puesta allí porque alguien se debió de poner muuuuy cabezón), sobreviene “Some Might Say”, el tema más guitarrero (que no es lo mismo que decir cañero) del disco, el primer single, una cosa maravillosa que no deja de sorprender. Los diversos punteos a seis cuerdas son capaces de ser tarareados como un estribillo de Queen; culminados con ese estallido estremecedor, acaso balsámico, a la manera de estribillo. Una de esas canciones que debió escribir Jesucristo una tarde que se vino arriba, con tanto valor rockero que sería de cobardes no permitirse comparar con los grandes guitar heros de los sesenta y setenta: una joya irrealizable en la actualidad. “Some might say that they don’t believe in Heaven… Go and tell it to the man who lives in hell“. Eso, díselo, ¿no te das cuenta de que esto es el Cielo?

Posiblemente la burbuja de champagne tardara menos en desinflarse de lo que hubiéramos querido (ya en “Be Here Now”, tercera acometida, empezamos a vislumbrar las costuras), pero ahora, condurando la resaca más prolongada y agradable que imaginarse pueda, sólo nos queda replicar con afán que, y lo bien que nos lo hemos pasado, ¿qué?

Cast No Shadow” introduce un paréntesis intimista en este disco que, guau, ¿todavía quedan algo así como seis potenciales temazos? Una canción, aunque menor, muy interesante, y no sólo porque se trate de una de esas pocas veces en que los Gallagher hablan bien de alguien que no sea Lennon. Y es que, a no ser que un día de estos no les pague la coca y se acabe lo que se daba, “Cast No Shadow” es un explícito homenaje a Richard Ashcroft, cantante de The Verve, haciendo una constante y cariñosa referencia a lo escuálido que ya por aquella época se ofrecía a los flashes. Curioso, por lo demás, cómo un tema sin demasiadas ínfulas de pervivir en la memoria colectiva se acaba revelando tan interesante, y únicamente gracias a la producción de Owen Morris y la actitud de los bros (atención a los coros ultrahorteras de Noel, la de risas que se tuvieron que echar). “She’s Electric” supone por su parte, a tres canciones y pico de “Champagne Supernova”, el mayor logro artístico de Oasis o más bien, en puridad, de los Gallagher. Y es que la banda nunca se ha parecido tanto a los Beatles como en esta gema incomprensiblemente poco conocida, escultural en su desacostumbrada ligereza, estremecedora en su vanidosa perfección. Imposible no menear la cabeza estúpidamente con ese ritmo tan pegajoso, que Loquillo fotocopiara con total impunidad para su “Hijo de Nadie”, y no detenerse a admirar el mesuradísimo sarcasmo que transpira: “She’s got a cousin, in fact she’s got bout a dozen… She’s got one in the oven, but it’s nothing to do with me“. Y vayamos sintiendo el final cerca (¿Apocalipsis Now?) con los helicópteros del título homónimo del álbum, ese “Morning Glory” que encabrita los decibelios. Caña pura y sencilla, de la que se entra y no se sale, en un temazo con todas las de la ley, donde las letras quieren transmitir algo muy profundo no necesariamente inherente a ellas, y sólo la majestuosidad de la música lo hace posible. Uno se divierte tanto que, cuando descubre que en la segunda parte repiten intacta la totalidad de la letra, sólo puede encogerse de hombros y seguir gritando “WEEEEELL”.

¿Por qué no considerar el “But you and I will never die, the world is still spinnin’ round and I don’t know why”, a la altura del “In the end the love you take is equal to the love you make” del canon beatleiano? ¿Por qué no decir que Oasis, finalmente, lo han conseguido?

Otra muestra minimalista de la “Swamp Song” para prepararnos frente al clímax, y éste llega. Joder si llega. La primera vez que Noel tocó con su guitarra acústica “Champagne Supernova” la banda iba a bordo de un autobús, y ya un sutil traqueteo entorpecía la ejecución de la obra magna de Gallagher. Lo que no esperaba es que, de repente, también lo hicieran unos sollozos; se trataba, obviamente, de Bonehead, que no pudo contenerse ante tamaña hermosura y sufrió de un instantáneo y agudo síndrome de Stendhal. Noel, por su parte, torció el gesto, y tan a su bola como siempre, pensó: “¿Realmente la canción es tan mala?”. Pues no, Noel. “Champagne Supernova” es tu culmen como compositor, la razón final por la que se te permite ser como eres (tu hermano va en el lote), el broche de oro para el disco más excelso que te saldrá. Aunque eso ya lo sabes, ¿verdad? No en vano llevas repitiendo que es la mejor canción que has hecho desde 1995, ¿no? Porque de tonto no tienes un pelo. Y porque “Champagne Supernova” es el regalo final. Esa canción de 7 minutos y 29 segundos ante la cual Liam se apresuró, ya que no habría oportunidad más apropiada, a dejarse de complejos y disfrazarse materialmente de John Lennon en el ineludible videoclip. Esa oda a lo mejor de lo que puede ser capaz el ser humano sobre cuyo sentido último Noel evita pronunciarse; quizá se trate de la reencarnación. Esa balada, en fin, más grande que la vida, propulsada por un orgásmico crescendo, precoz en disimular lo endeble de la estructura (el estribillo es repetido unas seis veces íntegro y sin apenas variación, ¿y alguien lo nota, o le importa, o tiene motivo para quejarse?), y abocándonos al mejor de los finales posibles. ¿Por qué no considerar el “But you and I will never die, the world is still spinnin’ round and I don’t know why“, a la altura del “In the end the love you take is equal to the love you make” del canon beatleiano? ¿Por qué no decir que Oasis, finalmente, lo han conseguido?

Hay muchas posibles explicaciones en torno a qué diantre significa el título del segundo y más exitoso elepé de Oasis (que, irónicamente, nunca tuvo el mismo aplauso crítico que el anterior “Definitely Maybe”). Fuentes oficiales, pero no muy fidedignas, nos conducen a un amigo anónimo de Noel que utilizó esa frase, “What’s the Story? Morning Glory?” durante una conversación telefónica. No parece tener mucho sentido. Los más juguetones se llevan la cuestión al terreno escatológico y se contentan con enlazar la ‘gloria matutina’ con una erección secada al Sol entre las sábanas. Otros, los mismos que intrépidos buscan simbologías, predicciones inadvertidas y causas-efectos inextricables en el continuo espacio-tiempo; los mismos entre los que forzosamente hemos de incluirnos, quieren ver que el grupo mismo se tachó de ‘morning glory’, de ‘flor de un día’, mofándose a mediados de los noventa de todos aquellos que llegaron a decir que Oasis eran una moda pasajera. Nunca lo fueron, y lo sabían, mas claro está que esto no hubo de durar siempre. De hecho, posiblemente la burbuja de champagne tardara menos en desinflarse de lo que hubiéramos querido (ya en “Be Here Now”, tercera acometida, empezamos a vislumbrar las costuras), pero ahora, condurando la resaca más prolongada y agradable que imaginarse pueda, sólo nos queda replicar con afán que, y lo bien que nos lo hemos pasado, ¿qué?

Oasis – (What’s the Story) Morning Glory?

OASIS

9.7 INSTANT CLASSIC

ES_Listen_on_Apple_Music_Badge_061115Get_it_on_iTunes_Badge_ES_0209

Obra maestra de un grupo que puede que una vez aspiraran a igualarla, pero que ya nunca lo hará. Hay que frotarse los oídos para creerse tal cantidad de canciones excepcionales concentradas en tan pocos minutos, y sentirse dichosos por tener la posibilidad de revisitar este álbum toda vez que a alguno se le antoje y quiera rememorar lo que es el rock, la música, el arte, con mayúsculas.

Up

  • Un temazo tras otro.
    La sensación de sublimidad presente hasta en los cortes más flojos (que los hay, pero contados).
  • La voz de Liam.
  • La música de Noel. Y, durante un feliz sueño que nos exhorta a no mirar con rabia el pasado, sí, también su voz.

Down

  • Que no eligieran bien el single que los representara en la ‘Batalla del Britpop’.
  • Aunque tampoco es que eso tenga ahora mucha importancia.
  • De hecho, no nos podría importar menos.