Cuando bajaron las armas y sacaron la cabeza de la trinchera para firmar la paz, cuando terminó el fuego cruzado en forma de acordes con veneno y volvieron a dejarse querer, cuando recuperaron la amistad, desapareció la magia que los hizo inmortales. Pero empecemos por el principio. Es el 6 de julio de 1957, estamos en el jardín de la iglesia St. Peter. Una banda llamada The Quarrymen hace temblar el templo entre canciones de cosecha propia y versiones de Buddy Holly. La policía irrumpe en el lugar y la actuación se detiene. Volverán con el ruido en unos minutos, cuando la autoridad se haya marchado. Esos minutos, sin embargo, sirven para cambiar el rumbo de la historia. Ivan Vaughan, bajista de la banda, se acerca a un amigo que acaba de llegar. A la conversación se une otro miembro de la banda. Ivan los presenta: “John, este es Paul. Paul, John”. Y así, por los siglos de los siglos.

Un año después Paul McCartney compone “Love Me Do”. John Lennon le ayuda con la composición y hace algunos arreglos a la letra. Deciden firmarla juntos, formando un tándem desacomplejado que acabaría haciendo aguas por todas partes. Asombrados por las habilidades del otro, se lanzan a componer canciones a cuatro manos. Mejor dicho, a dos más dos. El método es el siguiente: uno escribe una canción y se la muestra al otro, que la completa y adereza a su gusto y estilo. La rivalidad entre los amigos se convierte en una complicidad por mejorar una y otra vez, canción a canción, hasta completar el catálogo que todos conocemos. Se admiraban, se exprimían el talento mirando siempre de reojo y entre risas quién lograba la mejor composición. Cuando los Beatles fueron más famosos que Jesucristo y los royalties se repartían en sacos y la burbuja de amistad se empezaba a contaminar del ‘quién es mejor’ de la prensa, se fueron difuminando las risas dejando paso únicamente al reojo.

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Entre 1962 y 1969 componen más de 200 canciones. Lennon había acordado durante una reunión privada con el mánager que los créditos de las canciones aparecerían como Lennon / Mccartney, y no por una cuestión de ego, ya sabes, es por cómo suena. Por cacofonía. Suena mucho mejor que Mccartney / Lennon. A Paul, por supuesto, no le hizo ninguna gracia y luchó porque en los temas más personales se invirtiera el orden. Pero para John no sólo era una cuestión cacofónica. Lennon se había convertido en un rebelde, en una estrella de rock. Su actitud y su voz llena de rabia y pasión (lejos de los armónicos y las melodías de Paul) habían conquistado medio mundo (y el corazón de una performer japonesa de la que ya hablaremos más adelante). Fue esa actitud la que desequilibraba la fama de Paul, tachado de blandengue y convertido en objeto de burlas por ser demasiado melódico y poco pasional. Supongo que los detractores que le acusaban de blando jamás escucharon “Get Back”, “Back in the U.S.S.R.” o “Helter Skelter”. Además, ¿se puede ser ‘demasiado melódico’? Paul heredó lo mejor de Buddy Holly, la virtud de ganarse la eternidad en tres minutos.

Los chicos maduraban y sus formas se endurecían, enfrentados por demasiadas cuestiones, Lennon zanjó el tema con un “se acabó” que aún resuena en las oficinas de Apple. Era 1970 y el principio de una guerra abierta a través de los medios para hacer carnaza del compañero. Era el final del grupo con más canciones en el inconsciente colectivo de los últimos cien años.

Cada uno por su lado, empiezan a componer con el tintero lleno de sangre. Paul publica “RAM”, con una curiosa portada en la que agarra por los cuernos a una cabra. El álbum incluye “Too Many People” y “Three Legs”, ácidas críticas a los Beatles en general y a Lennon en particular, quien se ve reflejado en esa cabra sometida. John no tarda en responder con su mejor disco, “Imagine”. La primera tirada del vinilo incluye una lámina con Lennon agarrando por las orejas a un cerdo. Harrison, dolido por la actitud de Paul, acompaña a Lennon en el tema “How Do You Sleep?”. Tanto “RAM” como “Imagine” son discos llenos de rabia y música, mucha música. Aquella rivalidad por escribir la mejor canción de los Beatles se ha multiplicado por cien en una batalla musical sin precedentes. El genio caótico de John se enfrenta al compromiso musical de Paul. No es momento de repasar verso a verso, pero basta con leer “How Do You Sleep?” mientras se escucha la mala leche en la voz de Lennon. Es el genio rockero que habla sin pensar demasiado lo que dice, el teddy boy mordaz y creador que busca en el rival sus propios límites.

Yoko Ono, la japonesa de la que hablamos antes, envenena aún más la relación entre ambos. La eterna y conocida falta de una figura materna para Lennon, hace que Yoko se acurruque en el trono de la mujer sobreprotectora que John necesita. Pero no por mucho tiempo, el autor de “Imagine” la abandona (por mucho que Yoko asegure que fue con su permiso y bendición) y establece una relación que duraría año y medio con May Pang. Su ‘Lost Weekend’ particular entre drogas, alcohol y las mejores malas compañías. La cantidad de juergas, denuncias, incluso palizas, se pueden encontrar hoy día por todas partes de Internet. Y es que, el mito de gafas redondas no era tan pacífico como lo pintan. En su currículum vitae de aquellos años encontramos informes de la policía de Hollywood por malos tratos a May Pang, expulsiones de locales escándalo, ingestas de cocaína y alcohol… Lejos de ser el profeta en el que acabaría por convertirse, Lennon es más que nunca el rock en exceso.

Es durante esos años cuando Paul se despreocupa por mantener el nivel de Lennon. Han perdido el contacto. Y la rivalidad. Las armas dejan de estar en lo alto y ya no se miden el uno con el otro. Es así como los discos de ambos empiezan a vacilar en su nivel. Las melodías de Paul se hacen predecibles y John compone caricaturas de sus mejores obras, perdiéndose en experimentos y evangelios de los que ser su propio profeta. Entre aquellos discos mediocres y sin nervio con algún rock brillante, Paul busca la solución a sus males formando Wings. Mientras, John publica “Mind Games”, donde incluye su dedicatoria a Paul, “I Know (I Know)”.

Quizá fuera el ver a su enemigo íntimo tan hundido, o el recuerdo del amor de juventud con el que escribieron todas aquellas canciones, el caso es que Paul busca a Lennon para echarle un cable. Ya le había dedicado en su anterior álbum, “Wild Life”, el tema “Dear Friend”, una joya con la que intentaba limar las asperezas. Una tarde, Paul se presenta en una jam organizada por Lennon en su estudio de Santa Monica. La sesión, en la que Mccartney participa como batería, queda inmortalizada con una grabación que lleva por título “A Toot and a Snore”. En el primer track se puede escuchar a Lennon ofrecerle a Stevie Wonder una raya de cocaína y durante todo el álbum se le puede oír como el capitán de un barco que se hunde, dando ordenes entre risas nerviosas. Unos años antes, Paul le había dedicado “Too many people… sharing party lines… Too many people ever sleeping late”. Aquella reunión sería el último encuentro en un estudio. Al día siguiente Lennon le confiesa a May Pang que “tal vez sea momento de volver a reunirse con los chicos”.

Pero en 1975 todo se complica. Yoko vuelve a aparecer en escena para recuperar a Lennon. Lo tendrá prácticamente recluido durante cinco años en los malditos edificios Dakota. Paul les visita a menudo. Una de las noches, en abril de 1976, se juntan para ver el Saturday Night Live. Casualmente, Lorne Michaels ofrece en directo 3.200 dólares si se presentan al programa Paul McCartney y John Lennon. Entre risas y copas, los amigos están a punto de coger un taxi, pero están muy cansados y demasiado lejos del plató de televisión. Al día siguiente, Lennon le dice a Paul que la próxima vez que se plante allí llame antes de aparecer, que ya no estamos en el puto 1957. Ese cambio de actitud huele a Yoko Ono, y Paul se aleja de la pareja. Sólo volverán a mantener el contacto por teléfono, nunca más se verán con vida.

El asesinato de Lennon encumbra su figura hasta convertirla en un mártir, carne de marketing para uno de los tipos más rebeldes de la historia del rock. Aquel que en sus inicios con los Beatles pateaba la cara a los fans que intentaban subir al escenario, se convierte de la noche a la mañana en la imagen de la paz y en el compositor por excelencia. Como dice Paul en una entrevista a Esquire,John era el más ingenioso, dejó muy buena obra. Pero después de los Beatles también hizo cosas regulares. Su condición de mártir lo elevó a la categoría de mito al estilo de James Dean”.

El tiempo ha dado la razón a aquellos que decían que no se puede ser de John o de Paul. Si eliges a uno de ellos es porque el otro estaba ahí, o bien mano a mano, o exprimiendo su mejor música desde la trinchera de enfrente. Cuando dejaron de mirarse en el mismo espejo, la calidad dejó de importar para dar paso a sus cómodas criaturas. Sacamos lo mejor de cada uno cuando estamos en los límites, y ellos encontraron en el otro un genio al que alcanzar.