Parece mentira, pero el último episodio de Breaking Bad, por nombre “Felina”, fue emitido hace ya dos años. Y digo que parece mentira porque uno juraría, tembloroso y gimoteante, que ha pasado mucho tiempo más; que mínimo han caído un par de lustros o décadas desde que nos despidiéramos de Walter White y su familia para siempre. Es lo que ocurre con el síndrome de abstinencia: el tiempo se ralentiza, las horas transcurren caprichosamente lentas, los minutos se conforman como perniciosos obstáculos que te alejan de la siguiente dosis. Una dosis que, para mayor tragedia, sabes que nunca llegará.

Breaking Bad era una droga. Lo sigue siendo, de hecho; una cuyos efectos, cuyo mono, se han prolongado hasta la actualidad, a duras penas paliados por algo llamado Better Call Saul, que no viene a ser más que un placebo. Es cierto que ya querrían muchos placebos asemejarse a este spin-off, o muchas series actuales medirse en calidad a lo que éste supone (o a lo que supondrá dentro de un tiempo), pero la odisea autónoma de Saul Goodman es, claramente, un gesto de misericordia con el que Vince Gilligan quiso moderar el sufrimiento de los adoradores de Walter White. Breaking Bad sólo habrá una. Y en los largos e interminables días posteriores a su marcha, nunca estará de más recordarla con homenajes varios, del carácter que sean. Hoy, jugaremos a imaginar qué música escucharían sus personajes, con qué canciones se sentirían más identificados, y cuáles motivarían en ellos una mayor catarsis.

La banda sonora de Breaking Bad siempre distó bastante de los niveles de sofisticación exhibidos en otros shows como, por ejemplo, Mad Men o Los Soprano. Quizá se debió a mera lógica narrativa: no tenía la vocación historicista de la serie ideada por Matthew Weiner, ni el peso de una decena de películas de Martin Scorsese como principal influencia en el caso de la saga mafiosa. Los referentes de la historia de Walter White se decantaban más por la tragedia shakesperiana, la fatalidad de El Padrino (o la filmografía completa de los Coen), y el espíritu del western, todo desperdigado por ese desierto en el que tantas veces y tan gloriosamente nos perdimos. En consonancia, la música pasaba por los obligados temas de rock clásico (cuidadosamente escogidos mas no rebuscados), las instrumentales progresivas y los coqueteos fronterizos con la cultura latinoamericana. Fue en este último caso cuando se consiguieron resultados más memorables, con la composición expresa de un narcocorrido mexicano que glorificara la figura de Heisenberg. Sin desdeñar de ningún modo la banda sonora preexistente, juguemos a completarla. Por supuesto, con spoilers cual pianos:

WALTER WHITE

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Comenzamos con el personaje más complejo y mejor escrito, con el permiso de Don Draper y Tony Soprano, que ha dado la televisión. Lo mucho que su carácter cambia a lo largo de las temporadas no deja de ser proverbial (el mismo título de la serie habla del asunto), y el hecho de que toda la trama orbite en torno a su flamante calva garantiza un ecléctico catálogo musical. La relación con su esposa Skyler, que llega a cambiar casi tanto como él mismo, nos remite a baladas agresivas en tanto a su frustración (“Puta Desagradecidade Enrique Bunbury devendría un título elocuente), o a melancólicas piezas no exentas de optimismo desesperado (el clásico karaokero Ni tú ni nadie de Alaska y Dinarama). Por otro lado, su determinación, la rebeldía con la que decide encauzar su existencia con la amenaza del cáncer planeando, encontraría una sintonía impecable con la excepcional Mi Voluntad, de Extremoduro, o Boss of Me, de They Might Be Giants (la cual, como no podía ser de otro modo, fue la canción del opening de Malcolm in the Middle: la primera vez para muchos en que el formidable Bryan Cranston entró en nuestras vidas). La avaricia desquiciada que va degradando al personaje acabaría fundiéndose con el Ecstasy of Gold que compuso Ennio Morricone para El bueno, el feo y el malo y del que acabó apropiándose Metallica en forma de epiquísima instrumental; mientras que en los instantes de calma, acaso esos penosos meses de exilio que Walter pasó en la cabaña lamiéndose las heridas, cuando apretaban la pérdida y la culpa y hacía muchísimo frío, el Me olvidé de vivir del gran Julio Iglesias remataría la faena. El mismo Vince Gilligan, consciente de la grandeza de su criatura, quiso ambientar cierto roce con las autoridades con el muy apropiado A Horse With No Name, de America; mientras que para el trágico final de la serie recurrió a los no menos trágicos Badfinger y a su canción Baby Blue. Dos elecciones inexcusables que bastarían por sí solas para resumir la psique de Heisenberg (y su afición por las cosas azules).

WALTER WHITE JR.

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Seguimos con el primogénito de los White, un personaje que nunca ha tenido demasiada relevancia en cuanto al argumento general, optando por ser utilizado como enésima evidencia de la podredumbre moral de su padre, pero por el que cierto pequeño colectivo (presidido por mí) guarda un especial cariño. La relación que le une a éste, de admiración casi ciega por parte de Jr., y de culpabilidad y cuasi desprecio por parte de Walter, es tan dramática y cercana que, con ciertos reajustes en sus caracteres, podría haber sido estudiada perfectamente por Harry Chapin en su genial Cat’s in the Cradle, o sometida a un hostil sarcasmo en la inquietante “Chirpy Chirpy Cheep Cheep, de Middle of the Road. Sus fútiles intentos de reafirmación adolescente deberían ser registrados por el No Controlesde Olé Olé, mientras que su pantagruélica adicción a desayunar cada vez que ve una cámara (sobre esto hay un cachondeo monumental en la red del que sí o sí había que hacerse eco), podría contar con la ominosa banda sonora de Newsboys y su Breakfast. Por último, el Tequila de Café Quijano sería perfecto para ambientar cierta escena de la segunda temporada con su padre y su tío, en la cual beben… sí, tequila. No me he calentado mucho la cabeza.

SKYLER WHITE

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La mujer de Walter White ha desencadenado siempre un odio visceral, uno que a menudo ha impedido al público advertir lo excepcionalmente construido que está, o lo atractivo que se vuelve por momentos (su evolución tiene qué envidiarle a la de su marido, pero tampoco demasiado). En éstas, su dificilísima convivencia con Heisenberg atravesaría por diversas etapas, desde las moderadas pero venenosas “No me beses en los labios” de Aerolíneas Federales o “Frente a frente” de Jeanette, hasta las tensísimas “Ratonera” de Amaral o “Bang Bang” de Nancy Sinatra en el momento en que su vida doméstica se convierte en un auténtico infierno. Entretanto, la mal disimulada codicia de la que hace gala esta posmoderna Lady Macbeth sería abanderada por el “Money” de Pink Floyd, y el final resentimiento fruto del que sí, ha amado, y duele, se reduciría al tan desgarrador como inequívoco “Te Odio” de Los Seis Días (feat. Santi Balmes). Destacar por último la sensualidad y atractivo felino de los que pese a todo hace gala esta señora, exacerbado en el “Happy Birthday, Mr Presidentde Marilyn Monroe que le canta al pobre Ted Beneke, superado por las circunstancias como suele.

JESSE PINKMAN

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Con él, prácticamente coprotagonista del show, ocurre lo opuesto que con Skyler; la audiencia lo adora, y todo eso sin ser especialmente carismático, como Walter, ni tan divertido como Saul Goodman. Su único secreto radica en que, esencialmente, es un buen chico, con unos principios que no traicionará caiga quien caiga (y siempre suele caer él). Su tristísimo periplo por lo más bajo de la delincuencia hallaría un engañoso solaz en la alegre Street Life de Randy Crawford, mientras que las palizas que religiosamente recibe cada temporada lo acercan al vapuleado protagonista de Historia de un perdedor, de Nacho Vegas. El romance bañado en heroína que mantiene con Jane (abocado, como todo en Breaking Bad, a la tragedia) se consumaría entre los narcóticos acordes de Islandia, de McEnroe; y las secuelas del mismo, paseadas por terapias y clínicas de intoxicación, escocerían aún más con el Heroína de Los Calis o, indistintamente, el Heroinde The Velvet Underground. La espiral de decadencia que en el arco de Jesse no parece tener fin se trasluce en piezas como Down Under de Men at Work o Loser de Beck, pero es posible que ninguna canción lo resuma todo tan acertadamente como Lo malo de ser bueno, de El Cuarteto de Nos. “Ya está, cuánta ambigüedad, esta vida me va a matar… Mi corazón vacío no soporta una ausencia más… Y sé que dijo una vez el Noble de la Paz asesinado al caer… Es lo malo de ser bueno en este mundo cruel. Larga vida a Jesse Pinkman. En Alaska o dondequiera que esté ahora.

HANK SCHRADER

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El cuñado de Walter White, agente de la D.E.A., lo tendría incluso más fácil que Skyler para suscitar el odio del respetable (no en vano, es un cuñado), y su petulancia, brutalidad y nefasto sentido del humor redundarían en ello. Sin embargo, al igual que Jesse, es un hombre de principios, para el que nada hay más importante que la familia y la ley, y que sufre una intensa crisis al descubrir la identidad secreta de Heisenberg, el narcotraficante que tantos años llevaba persiguiendo. La decisión que toma al respecto habría sido tomada con mayor convicción si entonces hubiera sonado de fondo I Won’t Back Down de Tom Petty & The Heartbreakers, dejando atrás los momentos de Personality Crisisde New York Dolls o los sinsabores motivados con People Ain’t No Good de Nick Cave & The Bad Seeds. Así, se habría abalanzado sobre Walter para cantarle con mucha ira el Villancico para mi cuñado Fernando de Love of Lesbian y, después de hacer lo que tenía que hacer y destrozar a su familia, se refugiaría en el Boys Don’t Cry de The Cure. Tendría entonces que seguir soportando a su mujer Marie (Te favorece tanto estar calladade Niños Mutantes como penicilina), pero al menos habría comenzado por fin con su negocio de venta de cerveza casera (Visite nuestro bar de Hombres G a todo tren en el garaje). Todo esto, claro, no ocurrió así, pero habría estado bien. Porque Hank lo peta.

MARIE SCHRADER

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Con ella no caben medias tintas. Marie es un petardo. No es un mal personaje, por supuesto, pero sí uno que da gusto odiar. Histérica, superficial, envidiosa, charlatana, falsa. Una ‘drama queen’ que no llegó a tener mucho que hacer en medio de los tejemanejes de Heisenberg, por suerte (o por desgracia; de ser así quizás no habría llegado a la quinta temporada con vida y eso que nos llevábamos). Su banda sonora sería un compendio de temas ridículamente festivos, con una maliciosa concepción de la femineidad que ella no comprendería. Joaquín Sabina habló de cosas así en Yo quiero ser una chica Almodóvar, y Mecano en su infumable (y a la vez delicioso) hit Maquillaje, pero nadie podría entender a Marie mejor que las integrantes de Sleater Kinney, quienes en su Modern Girl realizaron un estudio portentoso de la frivolidad femenina. Por supuesto, no todo eran luces de neón en la psique de Marie; también había puntos oscuros, revelados cuando sucumbía a sus arrebatos cleptómanos y, por más que lo hubiera intentado, vaya, She’s Lost Control (Joy Division).

MIKE EHRMANTRAUT

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El viejo Mike mola tanto que aún cuesta creerlo. Un hombre con el aspecto de un abuelito adorable, cuya habilidad para el asesinato y el crimen en general no soslayan el genuino amor que siente por los suyos (en especial, por su nieta), así como la perenne desazón de quien arrastra un pasado oscurísimo, que en Better Call Saul hemos empezado a vislumbrar. Alguien tan abocado a los callejones sórdidos, tan diestramente conocedor de lo más bajo del ser humano, sólo encontraría en alguien parecido a Tom Waits un alma gemela (y quizá en God’s Away On Bussinesssu pieza más característica); mientras en las largas noches en vela, añorando a los caídos, la indescriptible voz de Roy Orbison cantando Only the Lonely ambientaría sus recuerdos, así como Solitary Man, de Neil Diamond, le animaría a levantarse al día siguiente. Encarando impertérrito la Reckless Lifeque, sin saber de la misa la mitad, festejaban Guns N’ Roses, siempre encontraría un momento para visitar a su querida nieta, exhibiendo un cariño que en la música sólo supo expresar Phil Lynott, de Thin Lizzy, en aquel Sarah que escribió para su hija recién nacida. Cursiladas aparte, aquí llega el honorable y rígido Mike Ehrmantraut, que si le tiene que partir los morros a alguien que se esté pasando de listo, se los parte. Como John Wayne. Como Feo, fuerte y formal, de Loquillo.

GUS FRING

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El gerente de Los Pollos Hermanos pasaría por ser el mayor villano que ha pasado por Breaking Bad y, por ende, la televisión, si no fuera por Walter White. En cualquier caso, este tío es terrorífico. Ese aspecto tan engañosamente inofensivo. Esa elegancia natural. Esa frialdad que haría palidecer a Michael Corleone. Gustavo Fring es tan grande como la escena de su muerte (de las poquísimas concesiones ‘peliculeras’ que llegó a hacer Vince Gilligan, y por una buena causa), y su soundtrack iría tornándose más agreste a medida que le conocemos. Chicken Fried, de Zac Brown Band, sería una muy buena opción para ambientar alguno de esos anuncios en los que Gus promocionaba su tapadera para vender droga. Era pollo frito, pero también era meta azul, y el I Want to Take You Higherde Sly & The Family Stone se haría eco de las verdaderas intenciones del amiguete, cuya total sangre fría acabaría de cristalizar con la desengañada No Feelings de los Sex Pistols. Una cosa son los negocios, sin embargo, y otra el objetivo vital por el que Gus se metió en ese fregado, para cuya comprensión hay que remontarse a sus años en México y sus primeros roces con La Migra (La Pulquería). En un episodio memorable descubríamos que Gus Fring, como tantos otros grandísimos personajes, estaba obsesionado con la venganza: la muerte del capo Don Eladio en represalia al cruel asesinato de su socio Max. En un episodio más memorable aún, Gus conseguía su propósito. Y la enloquecida Revenga, de System of a Down, no habría desentonado para nada.

SAUL GOODMAN

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No resulta difícil comprender por qué, de entre todos los miserables que poblaban Albuquerque, Vince Gilligan y su tropa eligieron a este picapleitos sin escrúpulos para protagonizar un spin-off. Hablamos de un tipo que, sin la más mínima ínfula de ser protagonista, se comía cada escena en la que asomaba la nariz, con un desparpajo asombroso y una vis cómica (la de Bob Odenkirk, que no tardará en llevarse algún Emmy) descacharrante. Hablamos de un pícaro de tomo y lomo, un sinvergüenza adorable, un cinéfilo irreverente (cierta escena de Better Call Saul en la que parodia El Resplandor es para enmarcar) y de, también, un profesional que se deja la piel por sus clientes, estén en el lado de la ley que estén. I Fought the Law, luchar contra la ley empleando la ley, podría ser su mantra, así como los muy capitalistas ¿Dónde está el dinero? de Quique González y National Anthem de Lana Del Rey. Saul Goodman es un tipo más listo que el hambre, pero también es, algo que intuíamos en Breaking Bad y que confirmamos en la secuela, un desgraciado que ha sufrido los sinsabores del amor no correspondido y la marginación social. El inconmensurable I am a Rock de Simon & Garfunkel encajaría muy mucho en esos días del mes, así como el Good Times, Bad Times de Led Zeppelin quizá le ayudaría a animarse pese a las desgracias vividas. Nada mejor para ello, sin embargo, que una buena sesión de cine y, acaso, una escucha al Julia Roberts de Rafa Pons, la canción más cinéfila de la historia.

Y eso es todo. Hemos dejado de lado secundarios memorables como Tuco Salamanca, el entrañable Gale Boetticher, Lydia o el temible Todd porque de lo contrario no acabábamos nunca, pero no es descartable que en un futuro cercano se amplíe el artículo para dejarlos espacio. La ansiedad por la ausencia de nuestra serie sería la causa, y estaríamos dispuestos a hacer cualquier cosa por volverla a sentir cerca, creer que aún quedan cosas por decir de ella, una vez más; este artículo, de hecho, no tiene más justificación que esa necesidad.