Querido Futuro,

Tú ya lo sabes, seguro. Ryan Adams es uno de los más reputados cantautores del mundo. Su capacidad creativa ha quedado demostrada con álbumes tan dispares pero tan ricos como “Heartbreaker”, “Ashes and Fire”, “III/IV” o “Demolition”. En un plano más personal, el disco de Adams que más me ha acompañado últimamente ha sido el homónimo de 2014. “Gimme Something Good”, “Trouble” o “Am I Safe” son canciones que me emocionan y dan motivos para la pasión por la música. He viajado por trabajo con ellas. Recuerdo salir a hacer running gritando a Kim en la cuesta que sube a la fortaleza de Vilna. La alcazaba de Rabat y sus centenarios muros adquieren matices nuevos con “Stay With Me” sonando en los auriculares. No exagero, no es retórica. Futuro, hoy vengo a confesarte el deleite personal y la admiración por Ryan Adams, incluso más allá de su música.

Parece que no hay otro tema en el mundo de la música popular estos días. Como no quiero ser menos, te escribo esta carta, Furturo. Adams, que desde el año 2000 sale a disco por año, como Woody Allen con sus películas, publica “1989”. Versiona por completo el LP del mismo título de la archifamosa cantante y compositora pop Taylor Swift. Según él mismo cuenta, ha sido en un ejercicio de autoayuda navideño.

Para muchos (incluido yo mismo cuando lo seguía en Instagram en agosto) parecía el mundo al revés: el gran artista de culto con una carrera sólida y un pasado acreditado con Whiskeytown (su disco “Strangers Almanac” de 1997 es una verdadera joya de la familia), versionado por la mismísima Joan Baez, graba un disco entero de la rubia cantante de pop.

Según lo visto en Twitter (basta con buscar ‘Ryan 1989’), los fans de él piensan que se trata de una broma o de una tontería. A los fans de ella parece que no les gusta el estilo y creen que es una burda maniobra para apropiarse de parte de la fama y del público de Swift. Incluso he llegado a leer que Ryan Adams necesita más a Taylor Swift que al revés. Y puede que sea cierto si la premisa es la notoriedad. Pero es que puede que este juego no vaya de eso, sino de música y prejuicios rotos.

Gracias a las redes sociales, la conversación global incesante de nuestro tiempo, hemos podido comprobar cómo ella misma ha participado en el proceso de edición del disco. Y con bastante más entusiasmo que sus fans, así que hemos podido comprobar que Taylor es también una admiradora de la música de Ryan. Después de todo, puede que no estemos ante dos mundos tan lejanos, sino que tal vez sean dos lados estilísticos del mismo mundo, unidos por lazos de creatividad y de respeto. A veces.

Te confieso que he tenido que buscar en YouTube el disco original para poder conocerlo, momento en el que caído en la cuenta de que hay una par de canciones, y especialmente “Blank Space”, que escucha mi hija de 10 años. Se da además la circunstancia de que “1989” es el primer disco de pop de la cantante, después de haber sido una ‘Barbie de Nashville’. Su repertorio anterior enraizaba en el country más moderno, pero ahora parece haberse entregado al pop más comercial con este álbum.

Las reinterpretaciones, las versiones, son frecuentísimas en el mundo de la música. Yo personalmente encuentro muy interesante comparar las versiones originales con las reinterpretaciones  porque se puede hacer la trazabilidad de la creatividad del intérprete. Y desde los cantantes de los años 50 y 60 la música popular se ha basado en intérpretes de canciones de otros. De hecho, no es la primera vez que Ryan versiona a otros músicos, y si no que se lo pregunten a Noel Gallagher:

La propia Taylor Swift  ha afirmado lo siguiente:

They’re not cover songs. They’re reimaginings of my songs, and you can tell that he was in a different place emotionally than I was. There’s this beautiful aching sadness and longing in this album that doesn’t exist in the original”.

(“No son versiones. Son reinvenciones de mis canciones y se nota que él estaba emocionalmente en un lugar diferente del que yo estaba. Hay una bonita soledad dolorosa y un anhelo en este álbum que no existen en el original” – T del A).

¿Pero entonces se trata de una broma? Las canciones suenan genial, con la voz única de RA. Desaparecen los arreglos pop, los sintetizadores, los ritmos bailables, etc. Y aparecen guitarras, arpegios con reverb, los bajos y demás instrumentos ‘auténticos’. Donde había una programación pop ahora aparece un batería de sesión. Por lo tanto, ¿qué es el pop? ¿Y qué es el rock alternativo? Si las letras y las  melodías son las mismas la frontera se torna tan fina que es casi imperceptible. Así que mi instinto me repite que tiene que haber algo más porque si no muchos fans, críticos y parte de la industria van a quedar en evidencia.

Es lógico, preferimos las cosas que nos gustan. Pero a menudo lo que nos gusta cabe solo por un estrecho margen del tiempo (escaso) que tenemos y lo que es capaz de atravesar el filtro de lo que no queremos que nos guste. Sí, el sentido del gusto es selectivo y voluntario. Y puede ser muy injusto. No es una cuestión de azar en la mayoría de los casos. Y en esta lógica muchos prefieren no probar ciertos sonidos no vaya a ser que les gusten y tengan que disfrutarlo en secreto. Además, como ya te escribí en la carta sobre el Elogio del silencio, apenas tenemos ya capacidad de escapar de la música, nos guste o no.

Si lo piensas, Porvenir, esto no sólo sucede con la música: las personas socializamos a través de nuestra identidad. Y esta se conforma también con nuestros gustos e inclinaciones. Así, si soy simpatizante del partido político X, no puede no gustarme la propuesta del Y. Hay demasiados prejuicios en esta politeia.

Futuro, con todo el alboroto mediático producido, una vez más se demuestra que los prejuicios predominan sobre la libertad de nuestros gustos. Muchas veces pienso que deberíamos escuchar música como en el anuncio de Pepsi y Coca-Cola, a ciegas. Nos dejamos dominar por un esnobismo, un hipsterismo diríamos ahora, que no está justificado. Cuando un artista de la talla de Ryan Adams graba canción a canción el disco de otra (considerado quizás ‘menor’) es una actitud que debo admirar. Así que cuando vuelva a viajar, volveré a hacerlo con “Style”. Y con “Welcome To New York”. E incluso con “Blank Space”, en una conexión mágica con la música que escucha mi hija. Ryan Adams nos ha dado una lección de humildad con un disco serio, honesto y… de Taylor Swift.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, Futuro.