LANA DEL REY

Hace mucho tiempo Elizabeth ‘Lizzy’ Grant, a lo largo de su ajetreado coqueteo con diversos apodos y personalidades, se vio capaz de alumbrar una pequeña canción llamada “Queen of the Gas Station”. No había nada de especial en la susodicha, una secuencia de acordes establecida por inercia, una letra intercambiable, una voz que aún distaba de perfeccionar el arte de los gorgoritos felinos. Fue incluida en su álbum debut, pagado y promocionado en la red por su queridísimo y riquísimo papi, llamado “Lana Del Ray”, nombre que ella misma había decidido, justo esa mañana, que se le ajustaba bien como artista. El álbum debut no tardó en desaparecer, y “Queen of Gas Station” con él, aunque aquí mismo desgranáramos ambos no hace mucho; de manera que para la mayoría de la población vulnerable a según qué idioteces lo primero que había hecho Lizzy era un single rompelistas y rajavenas titulado “Video Games”. La letra, asfixiante, incómoda, garante de una enigmática verdad que podía no serlo en absoluto, se hallaba a años luz de la historieta de aquella chica a la que le ponía que su novio sexagenario le llevara a las gasolineras. Su producción había pasado de lo analógico de la escasez de medios a lo ídem de la sobreabundancia, la música se había asimismo sofisticado, y a la voz cantante se le había endosado el poso de todas las amarguras vitales posibles, hasta casi hundirla. Ésta era Lana Del Rey.

Born To Die fue el título del álbum donde “Video Games” acabó siendo incluido, aguardando a su escucha entre varios temas que, sorprendentemente, tampoco tenían demasiado que envidiarle en cuanto a exceso y sofisticación. La atmósfera proporcionada por músicos de cámara, cocineros de samplers y productores con buen ojo y aún mejor oído era común a todos los cortes del álbum; el banquete se ofrecía de tal riqueza y ostentación que nadie atinó a preguntarse si lo que había debajo de semejante parafernalia era, verdaderamente, bueno. Ultraviolence, el siguiente elepé de la diva, optó por presentar estas piezas al desnudo, arrancadas de ropajes grandilocuentes, e imbuidas en otro tipo de atmósfera, mucho más sucia y cansinamente homogénea; la que a Dan Auerbach le tocó en gracia pergeñar. ¿Resultado? Según se documentó aquí, un tostón. Ateniéndonos a datos objetivos, unas ventas sensiblemente inferiores a “Born To Die”, un regimiento fortalecido de incondicionales, y críticas para todos los gustos: en puridad nada impedía a la neoyorquina seguir por esa senda y volver a contratar a Auerbach para narcotizar a las ovejas. No obstante, a principios del 2015 reveló que su próximo disco sería muy diferente a “Ultraviolence”. Dijo más. Que en cambio, sería algo más similar a “Born To Die” y “Paradise”. Tocaba descorchar el champán, ¿no?

La trágica frivolidad de llamarse Lana Del Rey (y IV)

Lo cierto es que el single lanzado el 14 de julio, que respondía al mismo título que el disco inminente, no hacía presagiar nada bueno. Ya nos habíamos olvidado de la incómoda suciedad de “Ultraviolence”, y Honeymoon, canción, tenía la decencia de no insistir en recordárnosla. Era triste, por supuesto, pero con una tristeza azul en vez de gris. Y, no obstante, seguía siendo aburrida. Espantosamente aburrida. Lana le había cogido el gusto a eso de cantar a cámara lenta y esforzarse cada vez menos en la escritura de los versos (bastaba con coger una palabra chuli, como “Honeymoon” en este caso, y repetirla infinitas veces), y el single que teóricamente nos debía retrotraer a tiempos mejores sólo nos había cambiado la iluminación. Al público, ese público asqueado, ese público al que me gustaría pertenecer y del que no conozco a nadie, las penosas circunstancias le abocaban a la reflexión. ¿Qué nos había atraído de Lana Del Rey? ¿Por qué insistíamos en que nos gustaba? Escuchábamos “Honeymoon” y todo nos era ajeno; ni la reconocíamos a ella ni nos reconocíamos nosotros. ¿Esto siempre había sido así? ¿Sólo era que habíamos conocido a “Born To Die” en un momento extraño de nuestras vidas? ¿O por el contrario todo se debió al envoltorio? Corrían rumores de que Mark Ronson había sido el nuevo fichaje de Lana, ¿ésa era la clave? Sin una producción grandilocuente, extrema y deliberadamente superflua, ¿Lana no era nada?

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[pullquote]La razón por la que “Lana Del Ray” y “Born To Die” eran buenos discos se limitaba a que en ellos latían buenas melodías; la razón por la “Ultraviolence” era una patata se debía a que las susodichas brillaban por su ausencia. En “Honeymoon”, gracias al cielo, parece haber recuperado el equilibrio. Un poquito.[/pullquote]

Por supuesto que no. La clave de Lana Del Rey, al menos en lo que al que suscribe respecta, nunca ha radicado en la producción. Ni en la pose. Ni en la temática. Ni en las influencias. Básicamente, en ninguna de las cosas por las que siempre ha querido diferenciarse Lana Del Rey del ‘star system’ de cada día. En ninguna de las que, supuestamente, han hecho de ella una artista tan única e identificable. La clave de Lana Del Rey ha sido algo tan básico, relevante, poco llamativo de primeras, como es la melodía. Incluso cuando su nombre era Lizzy, esta chiquilla siempre ha sabido extraer piezas memorables con sólo seis acordes de mierda, piezas memorables que parecían que siempre habían estado ahí (relegadas en algún rincón de Los Angeles, año 1959, concretamente), pero que sólo ella había sabido encontrar. La razón por la que “Lana Del Ray” y “Born To Die” eran buenos discos se limitaba a que en ellos latían buenas melodías; la razón por la “Ultraviolence” era una patata se debía a que las susodichas brillaban por su ausencia. Ya fuera por una mala racha o por simple pereza, Lana, ahí, patinó. Y ahora, en “Honeymoon”, gracias al cielo, parece haber recuperado el equilibrio. Un poquito.

A pesar de que el tema homónimo, como ya se adelantaba, sea eminentemente bazofil. Todo lo malo de “Ultraviolence” (longitud, repetición, tontería sin filtrar) se halla presente en cada uno de los insoportables, somníferos, tienes que estar bromeando Lana, seis minutos que dura. La crítica estadounidense, por llevarme la contraria, ha alabado el tema en cuanto a su ‘valor cinematográfico’, así que sí, mejor corramos un (es)tupido velo para hablar de Music To Watch The Boys To. Que sí. Ésta sí. Las melodías irresistibles inician su lento pero bienvenido avance al compás de una canción que, sin ser la panacea, nos hace recuperar la esperanza al tiempo que nos embarcamos en un puente de locura con trabalenguas nivel preescolar (“Live to love you… And I love to love you… And I live to love you… Boy“). Siniestra en el buen sentido y un poquito pretenciosa. Ésa es nuestra Lana.

[pullquote]Por supuesto, “Honeymoon” no es “Born To Die”. Ni siquiera llega a superar lo conseguido en su humilde debut, pero no por ello deja de ser un trabajo valioso, decisivo para la carrera de la autora incluso. Gracias a este álbum, sabemos que nuestra chica no está acabada y aún es capaz de sorprendernos.[/pullquote]

Los primeros compases de “Terrence Loves You” nos intimidan un poco, por el contrario: ¿se referirá el título a Terrence Malick, y Lana la cinéfila habrá descubierto nuevas y abismales cotas de aburrimiento? Por suerte éste no es ese disco, y a cambio tenemos una canción muy lánguida y vacía, pero agradable de escuchar, que la autora ha confesado que es su favorita del elepé. En lo que respecta a un servidor, bueno, ninguna canción que cuente con un velado homenaje a David Bowie puede ser mala, y el entusiasmo que le ha invadido recientemente consigue resistir hasta “God Knows I Tried”. En ésta Lana vuelve a cantar como una heroína Disney de mentalidad ambigua, a cada mohín más hecha polvo, sin tardar mucho en darse por vencida de nuevo y repetir como un millón de veces la frase del título. El ánimo flaquea. Vaya, pues sí que era ese disco, y no experimentaba un sopor semejante desde hace… unos seis minutos.

High by the Beach, para compensar el mal trago, cuenta con videoclip con el que distraerse un poco, y resulta ser sorprendentemente una pieza imaginativa, ocurrente y graciosa, en la que la diva está para comérsela. Vuelve a parecer que “Born To Die” está cerca, con una dicción y ambición similares, con los estribillos chorras, con el groovy. Todos a drogarnos a la playa.

[pullquote]En esta ocasión tenemos una Lana que ha sabido centrarse en lo más importante, la melodía, dejando de lado esos vitriólicos alardes de nada que quiso catalogar como ‘atmósfera’. En “Honeymoon” hay atmósfera. A raudales. Y, además, hay música.[/pullquote]

Los altibajos llegarán en esta parte del álbum a una suerte de llanura que comienza con Freak, a tiempo de hacer comprender al oyente que las canciones serán mejores o peores, pero en cualquier caso Lana, líricamente hablando, está muerta. “Lookin’ back my past it all seems stranger than a stranger, entre otras lindezas, sobrevuelan un corte con ecos a Mando Diao (ese ‘dance’ que uno se imagina con Lana poniendo los ojos en blanco), un estribillo un poco pché, y un sonido muy Spector, culminado con un puente resultón. Art Decóconfirma asimismo que esto es como un “Born To Die” descafeinado (es decir, un “Paradise”), que resulta ser justo lo que necesitábamos tras la masacre de “Ultraviolence”. O sea que bien. “You’re not mean… You’re just born to be seen… Born to be wild, sobre una producción muy meritoria que levanta un tema abiertamente insustancial a fuerza de seducción y decisiones inteligentes (esos vientos casi imperceptibles). Burnt Norton (Interlude)es un interludio en el cual Lana recita un cachito de un poema de T. S. Eliot retrotrayéndonos en constante déjà vu a “Tropico”, esa oda audiovisual a su ombligo de la que ya se habló en su momento. Aprovechamos para descansar, mecidos por la melosa voz de Lana, y descubrimos más o menos entonces que nos lo estamos pasando chachi. En esto, resulta curioso cómo la diva es capaz de coger un concepto cualesquiera y llevárselo al terreno del maromo que quiere beneficiarse, ahora transfigurado en ente de culto y reverencia. Esto es Religion”. También es un homenaje pequeñito a Dylan, una canción entretenida (el aburrimiento ya es historia), y unos “Hallelujah” que quedan muy deslucidos al lado de los que épicamente canturreó en cierto corte de “Ultraviolence” (“Money, Power, Glory”, tenéis que recordarlo, prácticamente era el único bueno).

Salvatore cuenta con una gran melodía. Una melodía espectacular. Una melodía que acerca a Lana a la redención absoluta, aunque se empeñe en seguir precipitándose al vacío con su acento italiano, que no hay por donde coger. “Salvatore” es emotiva, triste, con un aroma a añejo que apenas necesita de alambicadas producciones. Lana la concibió como la canción más diferente del disco, y probablemente sea la mejor: desgarradora, genial, ni los tropiezos líricos la malogran. “Cacciatore, limousines, ciao amore, soft ice cream“. La delgada línea entre idiotez y genialidad nunca lo fue tanto.

[pullquote]Las letras son, por lo general, mediocres, mientras que la producción, a veces calmada, a veces demasiado ornamental, siempre resulta atinada. Todo ello se funde en un trabajo de digestión lenta y agradable que es capaz de augurarle algún tipo de futuro a Lana del Rey.[/pullquote]

En “The Blackest Day”, Lana se hace la chica complicada: “It’s no easy for me to talk about… A half life in lost dreams… I’m not simple, it’s trigonometry… It’s hard to express, I can’t explain“. Sabemos por experiencia que se ha pasado un poco, aunque el estribillo es estremecedor y suena a desesperado: a que, yeah, ha nacido para morir. Una canción agresiva, que bebe de lo mejor de “Ultraviolence” hasta el punto de que, sin lugar a dudas, es mucho mejor que el mencionado disco en su totalidad. Y, como estamos en racha, aquí llega “24”, el tema que en un mundo perfecto y color sepia habría sonado en los créditos de la nueva película de James Bond. Single proverbial, melodía pintiparada, hasta acaba sonando una batería nítida y desafiante; CÓMO NOS GUSTA ESTO. Por ahí llega, encarando la recta final con más instrumentación que Arcade Fire en una jam session, “Swan Song”… y esta vez sí, ha llegado la hora, la grandilocuencia puesta al servicio de la nada más absoluta. La melodía no es lo suficientemente buena para justificar tales excesos, y aunque haya buenos momentos, esto es lo que se dice un bajón. Las cosas iban demasiado bien, aunque, por fortuna, ya hemos acabado. Bueno, casi. Lana ha vuelto a versionar a Nina Simone con “Don’t Let Me Be Misunderstood”, pero el cover resultante es tan correcto y soso que no tiene sentido dedicarle más verbos. Fin.

Varios años nos separan del momento en que Lana Del Rey decidió esconder el cadáver de Lana Del Ray bajo la alfombra en pos a decidir ser, o aparentar (en la mitología de la diva son ambos términos intercambiables) lo que cortes como “Video Games”, “Dark Paradise” o “National Anthem” preconizaban. Algo que no se distanciaba mucho, a la hora de la verdad, de lo recitado en los versos de ese pequeño tema que en este especial se ha querido considerar tan importante, ese “Queen of the Gas Station” que jamás habría podido pertenecer al “Born To Die” debido no tanto al tiempo como a su austeridad. La Lana que hay detrás de ambos discos es la misma que hoy nos presenta este “Honeymoon”; esto es, la mejor de las Lanas posibles. La Lana que, sin escatimar en los usuales gastos de presentación, exhibición y prostitución, ha sabido centrarse en lo más importante, la melodía, dejando de lado esos vitriólicos alardes de nada que quiso catalogar, con su calculado desapego, como ‘atmósfera’. Pues bien, en “Honeymoon” hay atmósfera. A raudales. Y, además, hay música.

Por supuesto, no es “Born To Die”. Ni siquiera llega a superar lo conseguido en su humilde debut, pero no por ello deja de ser un trabajo valioso, decisivo para la carrera de la autora incluso. Gracias a este “Honeymoon”, en el que siguen sin abundar los hitazos y sí las constantes manías de la princesa de Lake Placid, sabemos que nuestra chica no está acabada y aún es capaz de sorprendernos. El último álbum de Lana Del Rey, por tanto, nos hace respirar aliviados al descargarnos de culpa; nos da unas palmadas en la espalda y nos susurra que tranquilos, que no fuimos descaradamente manipulados cuando en el año 2012 proclamamos su magnificencia. Ahora sólo falta que Lizzy no vuelva a dormirse en los laureles y que, consecuentemente, no volvamos a dormirnos con ella. Quizá valga la pena exponerse a ello.

Lana del Rey – Honeymoon
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  • Esto es un retorno: no por todo lo alto pero sí con todas las letras.
  • La producción desplegada, sea quien sea su responsable (lo de Mark Ronson no cuajó), vuelve a constituir un acierto en su totalidad.
  • “Salvatore”.

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  • Las letras son de lo peorcito que ha escrito Lana. Y eso es mucho decir.
  • Los momentos “Ultraviolence”.

PÁGINA DE ARTISTA

LANA DEL REY

7.2

Disco irregular en el que coexisten las dos facetas conocidas de Lana Del Rey: la tediosa y vacía, de “Ultraviolence”, en mórbida danza con la adictiva y sublime (casi todo lo demás). Letras por lo general mediocres y producción a veces calmada, a veces demasiado ornamental, pero siempre atinada; todo fundido en un trabajo de digestión lenta y agradable que es capaz de augurarle algún tipo de futuro para su autora. Uno bueno, se entiende.