LANA DEL REY

Bien al comienzo de “Tropico”, el mediometraje dirigido por Anthony Mandler, la máxima ideóloga del mismo, Lana Del Rey, decide dar la cuenta más detallada y ordenada posible de sus particulares obsesiones. No se molesta en disimularlas bajo un halo críptico o mínimamente equívoco; lo excitante que siempre le pareció David Lynch no impide que lo dé todo muy masticado, siendo su última prioridad que algún posible fan quede excluido, y por ello optando por encuadrarlas en algo tan minimalista y a la vez revelador como una secuencia que relate el Génesis: uno de tantos que podía haber, que cada individuo podría organizar según sus convicciones y cosmovisión. El de Lana resulta ser uno con John Wayne en el papel principal (Dios, para más señas) secundado por Marilyn Monroe y Elvis Presley. También se dan cita, a modo de cameos, Jesucristo y la propia diva con una manta por encima; el aire bíblico que todo lo impregna en descargo a una blasfemia muy bien mesurada permite que la identifiquemos con una Virgen María, acaso, como intuiría Robe Iniesta, cansada de ser Virgen.

Los auténticos protagonistas del mediometraje estrenado el 4 de diciembre de 2013 son otros, supóngase que para mayor rigor histórico. Adán tiene los dadaístas rasgos de Shaun Ross, el primer modelo albino; Eva es Lana Del Rey de nuevo; y ambos bailan al son de “Body Electric”, canción incluida, como las otras dos que sonarán a posteriori, en el EP “Paradise”, inmediato sucesor de “Born To Die”. La pareja no será nunca, sin embargo, tan interesante ni reveladora como la celestial tríada formada por el Duque, la Tentación Rubia y el Rey. El primero, con su rudo patriotismo y misoginia; la segunda, arrastrando su alegre status de mujer objeto hasta cuando aparece fotografiada con el Ulises de Joyce; el tercero, con su exaltación de los placeres y el rock and roll, que pasan por ser lo mismo. La personalidad de Lana Del Rey, las instrucciones a seguir para comprenderla, se encuentran desplegadas sobre estos pilares. O, al menos, eso es lo que pretende que creamos, y lo que creíamos sin problema apenas escuchábamos por primera vez el “Born To Die”. Las canciones que pueblan “Tropico”, y que al fin y al cabo son lo único importante (la puesta en escena es avasalladora y el montaje perfectamente calculado, por lo demás) cuentan con una producción recargada y grandilocuente, “Born To Die” style, impulsándonos a seguir, dulcemente, pacíficamente, sometidos al embrujo. Pero ya no es lo mismo. No te llega igual. Está todo muy bonito y muy colorido, pero algo falla, algo se aproxima a alarmante velocidad: es el aburrimiento. Antes de la proyección del mediometraje en el Cinerama Dome de Los Angeles, Lana había decidido anunciar el nombre de su tercer álbum.

La trágica frivolidad de llamarse Lana Del Rey (III)

El año 2013 que entonces agonizaba había sido largo, intenso y fructífero para la princesa de Lake Placid. No sólo había ganado, entre otros galardones, el Brit Award a Mejor Artista Solista Internacional que muchos habían augurado que se llevaría Taylor Swift, sino que su feliz encuentro con el cineasta australiano Baz Luhrmann presagiaba una pronta irrupción de Lana Del Rey en el mapa de las estrellas hollywoodiense, tan idealizado por ella. El intensísimo responsable de Romeo + Julieta, Moulin Rouge y Australia (todas películas favoritas de Lana con excepción de la última, que no es la película favorita de nadie), había encontrado en la neoyorquina una personalidad afín, con el mismo gusto irredento por el drama, el lujo y lo sobreelaborado. Luhrmann se había propuesto realizar la adaptación más lujosa posible de El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald y, para la empresa y su publicidad, nada mejor que emplear parte del talento de su nueva compi. “Young & Beautiful” fue escrita a cuatro manos y resultó no sólo ser la canción perfecta para el filme (triste, excesiva, finalmente tontorrona), sino también una suerte de testamento de todo lo visto y disfrutado en “Born To Die”, en cuyo setlist podría haber encajado a la perfección.

Otros muchos temas fuera de la obra magna ya habían podido ser escuchados anteriormente, y no sólo pertenecientes a algún tipo de cosecha propia: la diva, que nunca había parado de componer con esos seis acordes tan bien amortizados, ahora tampoco paraba de realizar covers estupendos que seguían identificando al detalle sus intereses y aficiones. Acercándola a su público, a la vez que no dejaban de alejarla de él. Versionó el “Blue Velvet” popularizado por Bobby Vinton (y leitmotiv del homónimo film lynchiano) y el “Chelsea Hotel No. 2” de Leonard Cohen, no tuvo miedo siquiera de interpretar algo más tarde el icónico tema Disney “Once Upon A Dream” para la película Maléfica: nunca habíamos dejado de tener a Lana Del Rey hasta en la sopa, claro, pero ahora la sopa se estaba volviendo mainstream, y eso sí que era realmente preocupante. Su vinculación al celuloide se mantendría vigente al hacerse cargo de la banda sonora de lo nuevo de Tim Burton, y más o menos entre medias, en un par de semanas tontas, tendría diseñado “Ultraviolence”, su tercer LP. O su segundo, dependiendo de a quién le preguntaras.

[pullquote]La sombra de Auerbach, siguiendo los estrictos dictados de la patrona, está omnipresente en “Ultraviolence”, sobreexpuesta su mano a través de guitarras eléctricas distorsionadas, baterías de desván y acumulación de pistas. Allá donde “Born To Die” es una fábrica de (adictivos, magníficos) singles, “Ultraviolence” es únicamente lo que ya dijo Lana, atmósfera.[/pullquote]

El álbum que muchos no tardaron en asociar, haciéndoseles la boca agua, a Anthony Burgess, los drugos y Kubrick, no vio la luz hasta medio año después de su anuncio, precedido de unos cuantos singles que pasaron sin pena ni gloria. El 17 de junio fue lanzado al mercado un trabajo que con toda seguridad pertenecía a Lana Del Rey; no tan seguro a la misma Lana Del Rey de “Born To Die”. Había sido grabado y mezclado en Nashville, Tennessee, luego de que Lana puliera unas cuantas maquetas por su cuenta, dentro del estudio de Dan Auerbach. Exacto, el mismo Dan Auerbach de los Black Keys: cantante, guitarrista tremebundo y productor profesional. Semejante dupla sorprendió a propios y extraños; no parecía probable que la delicada visión artística de la diva pudiera llegar a congeniar con el primigenio sonido de Auerbach. Ambos, sin embargo, se mostraron encantados de lo conseguido, no teniendo más que alabanzas el uno para el otro. El único percance durante las sesiones de trabajo, según trascendió después, lo había supuesto la no-colaboración de Lou Reed: resultó que Lana Del Rey sí había sido desde siempre una gran fan del autor de “Walk on the Wild Side”, a la sazón experto en colaboraciones imposibles tras “Lulu”, y se le ocurrió que quedaría fetén que éste le hiciera los coros en la canción “Brooklyn Baby”. No pudo ser. Lana estaba de vuelta en Nueva York para reunirse con él y explicarle de qué iba el rollo cuando una noticia le sobresaltó: Lou Reed había muerto. Una razón más para la perenne cara de acelga de la pobre Lana; ya nada ni nadie podría evitar que “Ultraviolence” fuera un truño.

No nos apresuremos todavía a echarle la culpa a Dan Auerbach. Lana sabía lo que quería, y encontró en la persona del desaliñado barbudo el mejor candidato para conseguírselo. No dudó, por tanto, en cubrirse las espaldas, atronada por los bostezos y los crujientes fruncimientos de ceño: “No hay un tema específico en todo el disco; es algo más atmosférico”. La sombra de Auerbach, siguiendo los estrictos dictados de la patrona, está por ello omnipresente en “Ultraviolence”, sobreexpuesta su mano a través de guitarras eléctricas distorsionadas, baterías de desván y acumulación de pistas. Allá donde “Born To Die” es una fábrica de (adictivos, magníficos) singles, “Ultraviolence” es únicamente lo que ya dijo Lana, atmósfera. Comprobemos si esto es suficiente, como solemos hacer, canción a canción, aun cuando dicha metodología pocas veces se haya revelado tan inapropiada como durante la presente.

El corte inicial es también el más largo, una balada supuestamente épica que destaca por ser el tema del disco favorito de Lana, en sus propias palabras, y por poco más. Sí, Cruel World” es una muy apropiada introducción al sonido que nos acompañará durante una hora o así, y enarbola toda la mística chunga que, por otra parte, era de esperar en un disco llamado “Ultraviolence”. También es una muy sobada repetición de temas y expresiones de la casa: un poquito de heroína por aquí, unos vestidos vaporosamente rojos por allá, alguien que resulta ser “The best” (esta vez no ‘The bestest’, para alivio de los puristas lingüísticos), y una atmósfera, tal como adelantaba Lana, realmente grandiosa, pero al cabo desperdiciada en una canción quiero y no puedo de manual, donde se mezclan aciertos con chorradas que los desmerecen. Verbigracia: un verso tan sugerente como “I got your bible and your gun” es inmediatamente respondido por un “You love to party and have fun”. Y así. No tardamos mucho (sólo casi siete minutacos) en toparnos con el tema de cabecera, “Ultraviolence, y aunque la única certeza originada luego de un par de escuchas consista en que repetir la palabra “Ultraviolence” como estribillo no es una buena idea, el temita tiene algo. Esa sección de cuerdas que se ha equivocado de disco, esa letra de lo más enfermo que ha escrito la diva (“He hit me and it felt like a kiss… He hurt me but it felt like true love”), ese, lo siento, estribillo que pone los pelos de punta… Lo cierto es que “Ultraviolence” sería un temazo, y no me temblaría el pulso al considerarlo como tal, si no fuera por el puente hablado, que es una vergüenza, y por las inevitables asociaciones temáticas a “Cincuenta sombras de Grey”. De “La Naranja Mecánica” mucho me temo, amiguitos, no hay ni rastro.

[pullquote]“Ultraviolence” quizá pueda llegar a funcionar en pequeñas dosis, quizá esos escasos hallazgos melódicos puedan llegar en algún momento aislado del día a resultar agradables y frescos. Escuchado entero, y con el agravante de la edición Deluxe, es una experiencia francamente insoportable.[/pullquote]

Todo en Shades of Cool”, por otra parte, es extraordinario. Ya desde el mismo título. ¿Existe nombre más chachi? No lo sé, ni tiempo me da para reflexionar sobre ello porque la canción, rápida y furiosa, me hace llegar a la conclusión de que esto vuelve a apestar a la literatura basura de E.L. James. Y esta vez no cabe duda. Lana Del Rey se autorretrata en las letras como una Anastasia Steele de parque de caravanas que se ha dado finalmente por vencida en cuanto a la sacrosanta tarea de dominar a su hombre, de domesticarlo, con el agravante de, a tenor del videoclip (que, ‘ojocuidao’, no es horrible), el susodicho ni es guapo ni tiene un jet ni nada, sólo es un madurito interesante. Zarandajas, en cualquier caso: el tema tiene un SOLO DE GUITARRA y el estribillo es apoteósico (Lana por fin ha consolidado la síntesis entre el subidón y el bajón que llevaba persiguiendo desde que se tomó un Malibú con piña con trece años y llamó a sus padres para que vinieran a recogerla). El solo que me gustaría pensar que pertenece a Dan Auerbach es bastante infumable, como no podía ser de otro modo, y palidece en comparación a la brillante obertura de “Brooklyn Baby, el tema en el que iba a haber cantado Lou Reed y que al final se limitó a repetir su nombre acompañado de muchísima “Beat poetry”. Todo esto, acompañado de un estribillo falto de garra y de su inherente condición de homenaje de Lana a todos sus amigos gafapastis de Brooklyn (que, sino de los tiempos, ha pasado de tener gángsteres a albergar esta chusma), confluye en un rollazo de canción que no levanta el vuelo ni con las referencias culturetas apropiadas, y que encima es faltona: “You never like the way I said it… If you don’t get it then forget it… Cause I don’t have to fuckin’ explain it”. Pues oye, vale.

West Coast, que en su momento también fue (inexplicablemente) single, empieza muy bien, con la batería y los bajos a tope, hasta que entra el estribillo como desubicado, a contrapié, y todo se va al carajo, ergo, se convierte en un nuevo rollazo. En el videoclip que se molestaron en hacer aparecen el mismo vejestorio de “Shades of Cool” y el chico raro de “Born To Die”, como recordando tiempos mejores, tiempos en los que Lana no tenía redaños a ponerle de título a una canción Sad Girl. ¿En serio? ¿Lana Del Rey, una chica triste? Debes estar de broma. El tema es un pleonasmo desde el principio, y como tal nada sorprende ni seduce, si acaso unos segundos del puente ciertamente inspirados que anteceden el siguiente bluff: Pretty When You Cry”, cuyo estribillo atesora verdades, sí, pero esto no significa que sean verdades entretenidas. Vamos, que es imposible escuchar este disco de seguido, así que voy por un trago, y cuando vuelva… me encuentro más guitarras distorsionadas random. Esto no remonta, ¿eh?

[pullquote]“Born To Die” fue un espejismo, “Ultraviolence” es el desierto: el mismo desierto en el que una pequeña niña llamada Lizzy Grant siempre quiso perderse.[/pullquote]

But that’s not what this bitch wants… Not what I want at all… I want…“… “Money, Power, Glory”. Vaya sorpresa, una canción divertida. Digo más, divertidísima. Digo aún más y se me va la cabeza, vaya melodía buena, con momentos excelsos (esos “Hallelujahs“), ¡y dura menos de cinco minutos! Quizá sobra el perezoso puente con los “Dope and diamonds” en bucle, pero deja un muy buen sabor de boca, y uno que se deja reposar gracias al siguiente corte, con el elocuente título de “Fucked My Way Up To The Top”. Aquí por lo visto Lana se despacha a gusto con Lorde, quien en cierta ocasión tachó su música de ‘irrelevante’, como si eso fuera algo malo, y la pieza exhuma una ira completamente inédita en la saga Del Rey. No alcanza el punto de party hard de su anterior tema, pero se disfruta mucho, y más si sabemos que luego viene “Old Money, baladita cuyo inicial andamiaje lírico (los primeros versos hablan de “Blue hydrangea, cold cash divine, cashmere, cologne and hot sunshine”, que es algo así como demasiado) se vuelve a malograr por el estribillo intrascendente, la insistente repetición de tonterías (“I’ll run to you, I’ll come to you”), y una producción que, por parecer destinada a emocionarnos, irrita más que otra cosa.

The Other Womanes una versión de Nina Simone en la que Lana canta muy bien y muy respetuosa. Sería una buena canción para acabar, pero como estamos lanzados vamos a analizar la edición de lujo, que cuenta con tres nuevas canciones aburridas para disfrute de todos. Canciones como Black Beautyque, vaya por Dios, resulta ser un tema delicado, precioso, íntimo, donde por fin la melodía y la producción se fusionan limpiamente con las intenciones de Lana. Insensato descarte, en verdad, con uno de esos estribillos con “What can I do” que tanto nos enternecen, y una Lana sorprendentemente lúcida, que parece exhortarse a sí misma para que espabile: “Life is beautiful, but you don’t have a clue”. Lástima que, como ocurre con la práctica totalidad de “Ultraviolence”, le sobren un par de minutos, no justificados por el lento tempo.

[pullquote]Esto, también, aunque no mole, es Lana Del Rey. O lo tomas (y te tiras por la ventana) o lo dejas (y te pones a ver Moulin Rouge).[/pullquote]

El siguiente tema descartado es Guns And Roses”. Corte que no es nada del otro mundo, manteniendo las cotas de aburrimiento y sopor habituales, pero que resulta interesante, nuevamente, a raíz de su mismo nombre. No sólo es que Lana Del Rey sea fan absoluta del último gran grupo, sino que la prensa no dudó en su momento en emparejarlo con el vocalista, Axl Rose. Nunca ha llegado a ser confirmado (Dj Ashba, el miserable sustituto de Slash, dio a entender que sólo era sexo), y no tiene mucho que ver con “Ultraviolence”, pero siempre es divertido mencionarlo y recordar que, además, Lana tiene una canción llamada “Axl Rose Husband”. También fue vista en cierta ocasión con Marilyn Manson y… bueno, ¿por dónde íbamos? ¿Todavía no se ha acabado el disco? ¿“Florida Kilos? ¿Qué clase de título es ese? Pues uno a la altura de lo intitulado: frivolidad, cocaína, paraísos, “People never die in Miami”; buena falta le harían a “Ultraviolence” más temas como éste. Que ya apenas recuerdo. Ahora en la gira de verano a Lana Del Rey se le ha visto mucho con Courtney Love. Igual…

Años antes, durante una entrevista protocolaria, a Lana Del Rey le preguntaron, con mucha pertinencia, si consideraba una muerte como la de Kurt Cobain o Amy Winehouse ‘glamurosa’. Tiempo le faltó para asentir furibundamente y musitar que ojalá estuviera muerta, sin asomo de humor en la voz. Esta es la clase de persona, o de dibujo animado, de la que nos enamoramos en el año 2012. La misma que se halla detrás de un disco tan soporífero como el que nos hemos complacido en descuartizar. No ha habido trampa ni cartón. No se ha traicionado a sí misma. Ni siquiera podemos echarle la culpa por la decepción sufrida, ni por la siesta tan desagradable que nos ha deparado. La chica va a querer rajarse igual.

“Ultraviolence” quizá pueda llegar a funcionar en pequeñas dosis, quizá esos escasos hallazgos melódicos puedan llegar en algún momento aislado del día a resultar agradables y frescos. Escuchado entero, (y con el agravante de la edición Deluxe) es una experiencia francamente insoportable, que de primeras nada tendría que ver con algo como “Born To Die”, donde la barroquísima producción cogía toda esa depresión y tristeza y las convertía en algo único no exento de fecha de caducidad (gracias a “Paradise” supimos que los violines no nos podrían sorber los sesos permanentemente). ¿Es culpa de Dan Auerbach, o es culpa de nosotros? Un poco de ambos a decir verdad, pero al ser nosotros los engañados permitámonos el enrabietado placer de cargarle el marrón al otro. Sí, qué caray, él, Dan Auerbach, él es el culpable, en tanto a ser él quien ha conectado con la auténtica esencia de ese diamante resquebrajado que es Lana Del Rey, y la ha expuesto al público generalista tal y como era, y siempre ha sido. “Born To Die” fue un espejismo, “Ultraviolence” es el desierto: el mismo desierto en el que una pequeña niña llamada Lizzy Grant siempre quiso perderse. Lo único que queda por preguntarnos es hasta cuándo durará tal penoso periplo, cuándo ella misma admitirá que está acabada y que ya no tiene nada que ofrecernos. Tal vez  su cuarto disco nos dé la respuesta. Si, por entonces, a alguien le importa ya.

https://www.youtube.com/watch?v=KqFNAEEFVL4

Lana del Rey – Ultraviolence

  • La locura irreverente de extractos como “Money, Power, Glory” o “Fucked My Way Up To The Top”. “Ultraviolence” y “Shades of Cool” son excepcionales también, pero por otros motivos que han de remitirnos forzosamente a los buenos tiempos.
  • Dan Auerbach hace un muy buen trabajo. Las cosas como son.
  • Los títulos.

  • El disco sencillamente no puede ser más aburrido. Me tiré un día entero elucubrando cómo podría llegar a serlo, y no se me ocurrió nada. En serio. Aburrido de narices.
  • Las letras pueden llegar a sonrojar, por lo estúpido.
  • Esto, también, aunque no mole, es Lana Del Rey. O lo tomas (y te tiras por la ventana) o lo dejas (y te pones a ver Moulin Rouge).

PÁGINA DE ARTISTA

4.9

Disco extremadamente aburrido, pródigo en mediocridades y ridiculeces y que, aun contando con algún acierto que otro, ejemplifica lo peor de la diva y, al mismo tiempo y de alguna extraña manera, lo peor de nosotros mismos. Nosotros permitimos que la situación llegara a esto. Que nos aproveche.