1961. Brian Jones, un rubio eléctrico y melómano hasta el tuétano, decide probar suerte en Londres dejando atrás su pueblo, tres hijos con tres mujeres distintas y un torpe grupo que llevaba por nombre The Ramrods. Días después de encontrar un agujero donde dormir y medicinas para paliar el asma, busca músicos con los que tocar en la capital. Consigue formar parte de Blues Incorporated, una banda liderada por Alexis Korner que se empieza a hacer un hueco en el ambiente del R&B londinense.

1962. Pero para Brian Jones nada es suficiente y quiere su grupo, ser el líder de su propia banda. Publica un anuncio en el semanario musical Jazz News. El primero en contestar es un teclista de 23 años. Se citan para la audición. El teclista llega puntual, chaqueta de lana y buenos modales. Mide tres palmos más que Brian Jones. Trabaja en una empresa de productos químicos. Es Ian Stewart, un escocés sano de mandíbula prominente, enfermo de boogie woogie con los bolsillos llenos de tuercas y destornilladores.

El proyecto de Brian Jones junto a Ian ‘Stu’ Stewart sigue adelante. Hacen audiciones, conocen músicos y cantantes de todo Londres. En junio se presenta un guitarrista tímido y contestón llamado Keith Richards y Mick Jagger, un frontman perfecto para incendiar todos los baretos de Inglaterra. Durante la audición, Keith se atreve con unos solos pero Stu le apaga el amplificador con un “no irás a tocar un rock and roll de mierda“. Terminan poniéndose de acuerdo con “Sweet Little Sixteen” y “Little Queenie”, de Chuck Berry.

El flechazo es inmediato. Ensayan a todas horas, como vía de escape, como forma de vida. Se anuncian en bares y pubs pero nadie les hace un hueco. “No era una cuestión de talento, el sector era una puta mafia” en palabras Stu. Él, jazzman y perro viejo de la escena londinense, propone en algunos bares que su banda toque gratis durante los descansos de las actuaciones programadas. Lo que no esperan los dueños de los bares es que esos niños despeinados se empiecen a ganar, en sus quince minutos, el favor del público. Finalmente suena el teléfono, el único teléfono de contacto que tienen, el de la empresa de químicos en la que trabaja Stu. Es el Marquee. Están programados para el 12 de julio. Se harán llamar The Rollin’ Stones.

De agosto a diciembre recorren todo Londres. A finales de año se incorpora Bill Wyman (malas lenguas cuentan que por tener un amplificador de calidad) y en enero de 1963 Stu convence a Charlie Watts, ya por entonces reconocido batería de jazz, para que forme parte de The Rollin’ Stones. Una de las salas que más les reclaman es el Ealing JAZZ Club.

El rock empieza a desmontar el negocio endogamíco de salas que se había montado alrededor del jazz, por fin comienza el salto generacional que se fue cociendo durante años. Un ejemplo de este relevo es la película Jazz on a Summer’s Day, en la que se documenta el festival de Newport de 1958, donde participan grandes del jazz como Louis Armstrong o Thelonious Monk junto a… Chuck Berry. Un año después de aquel Newport llegaría “Johnny B. Goode”.

1963. La cantidad de actuaciones hace pensar que la cosa va en serio. Tienen que cancelar algunas actuaciones en barrios del extrarradio porque no hay transporte para llevar y traer instrumentos, equipo técnico… pero Stu pone fin al problema, “era la nuestra, había que seguir adelante: compra unas acciones de la empresa para la que trabaja y utiliza las rentas para comprar una furgoneta. No es la primera vez, ni la última, que la empresa en la que trabaja Stu –Imperial Chemical Industries (ICI)– les echa un cable. El único teléfono de contacto de la banda, el que anuncian las revistas para ser contratados, sigue siendo el de la oficina de Stu, los archivadores y la administración de los contratos para los bolos, las direcciones de las salas de ensayo… Todo llena el despacho de la oficina de Stu. El cuartel general del grupo es la oficina de Stu. Una tarde, el jefe amenaza con echarlo. Para él, cualquier impedimento es minúsculo. Hace tiempo que apostó por “aquellos mocosos surtidores de mierda” a los que quiere como hermanos. Dejó atrás sus comienzos como prestigioso músico de jazz para jugársela con aquella banda, y el tiempo parecía darle la razón.

Ser el dueño de la furgoneta también implicaba ser el conductor. No sólo por ser el único con licencia, también por sensatez. Con cinco actuaciones semanales, Stu recogía y dejaba cada día a todos los miembros de la banda, lo que implica llegar el último a su casa. Después de dormir una o dos horas, el despertador suena. Es hora de ir a la oficina. Algunas noches paraba la furgoneta y se quedaba dormido en la cuneta, otras acababa con multas por exceso de velocidad. Una tarde, al tomar una curva cerca de Salisbury, la furgoneta sale disparada y acaba contra un árbol. Todos iban a bordo, y todos salieron con vida milagrosamente. “Nos podríamos haber matado los seis“.

A pesar de las actuaciones, no logran vivir de ello. Keith sigue buscando trabajos esporádicos, Mick finalizando sus estudios, Brian sigue perdido y Stu echa un cable a Bill Wyman con sus problemas económicos. Es entonces cuando aparece en escena Andrew Loog Oldham, un joven mánager que les promete la gloria en pan de oro. Después de una actuación en el Eel Pie, Andrew baja a los camerinos para hablar con ellos. Entre sus condiciones está la de echar a Stu de la banda. Podrá seguir tocando en el estudio, en los directos, podrá ser el road manager… pero no será uno de los Rolling Stones. Entre sus razones y excusas está la de “Stu es demasiado mayor” (el bajista Bill Wyman lo era aún más), o seis son demasiados miembros para una banda“, o “su aspecto no es el apropiado para vender revistas, para enloquecer señoritas: hay que mojar las bragas, como hacen los Beatles. Stu no nos sirve“.

La mandíbula, herencia de su padre, sigue siendo prominente, a pesar de aquella prótesis (novedad revolucionaria, decían) que tuvo que utilizar a los 16 años. Tampoco ayudaba su carácter introvertido y desconfiado. Una desconfianza que venía de lejos, de unos amargos complejos de inferioridad durante los años de escuela en Sutton. Allí destacaba en matemáticas, era un excelente levantador de pesas y fantástico jugador de rugby. Quizá por esto último, y a pesar de su aspecto, seguía siendo popular en el colegio. Durante su adolescencia en Sutton afloraron bandas de aficionados a la música tradicional con las que tocaba el banjo y el piano, un instrumento que le permitió ser niño prodigio a los cinco años. Con apenas diez, ya era un estudioso de la música norteamericana de los ’30 a los ’40 en general, y de Albert Ammons en particular.

Ahora, lejos de la magia de aquellos días, asiste impotente a la primera gran decepción. Sus amigos aceptan el trato que les ofrece el nuevo mánager. Para Brian Jones y Mick Jagger es “un pequeño precio que tenemos que pagar“. Ian Stewart, “el hombre más honrado que he conocido” en palabras de Bill Wyman, lo acepta y decide seguir “junto a ellos sin ser uno de ellos“. Será el road manager, el que monte y desmonte, el encargado de localizar escenarios, un músico de estudio, el talento a la sombra del escenario, donde no alcanzan las luces que corretean detrás de Mick Jagger e iluminan los solos de Keith Richards. Pero Stu ama la música por encima de todas las cosas, y todo lo demás está de más.

1964. Se publica el primer álbum de los Stones. La fama del grupo ha prendido y la pólvora inunda todos los garitos y las salas de Londres. 30 de abril, actuación en el Majestic Ballroom. Con los primeros acordes las fans saltan al escenario para llevarse un trozo de carne. Gritan, muerden y arrancan la ropa. Los músicos, víctimas de la euforia caníbal, huyen de la sala. Sólo se queda Stu tras el piano que, cuando todo se ha despejado, empieza a recoger las guitarras, la batería y los amplificadores. La sala se queda vacía cuando, unos minutos antes, estaba a reventar de gente que había enloquecido con aquel primer disco, un disco donde el piano corre a cargo de Ian Stewart. Y así será en todos los álbumes y conciertos hasta su muerte -con excepción del bochornoso Their Satanic Majesties Request” (1967) y el fantástico “Beggars Banquet” (1968)-.

1971. Suena en el estudio el primer acorde de “Wild Horses” (“Sticky Fingers”), Stu se levanta de su piano con un “¿De verdad vais a empezar esta canción con un Si Menor? Puta música china…“. En 1978, abandonará las sesiones del “Some Girls” con un “estamos sonando como los putos Status Quo…“, pero lo cierto es que lleva mucho tiempo desencantado. La ilusión se esfumó, las drogas desangran las relaciones entre los miembros de la banda, las grabaciones de los discos se convierten en insoportables meses a la deriva. Desmayos, vómitos, ausencia de horarios. Stu intenta poner orden pero está harto de ser el padre de todos. La cima del caos llega con la grabación del “Exile on Main St.” (1972). El exceso en carne viva.

Cuando la banda ya es la gran apisonadora de reventar estadios, Stu sigue con ellos. Jagger acude a él en busca de consejo para sus composiciones. Los Rolling siguen siendo “mis niños prodigio de tres acordes. Y, aunque las cosas han cambiado las cabezas de casi todos, Stu seguirá subiendo durante toda su vida ante cien mil personas, con su taza de café y un sandwich de queso que pone sobre el piano.

Para compensar el circo de los Stones durante los setenta, Stu busca la música en otros proyectos. En 1971 se embarca en una producción de Chess Records que llevará por título “The London Howlin’ Wolf Sessions”. En él, acompaña (junto Eric Clapton, Steve Windwood y los stones Charlie Watts y Bill Wyman) a un desatado Howlin’ Wolf. Un disco que hay que rescatar, por necesidad.

En 1975 graba junto a Led Zeppelin para el álbum “Physical Graffiti.“. Una de las maravillas inoxidables de ese disco lleva por título, cómo no, “Boogie With Stu”. También forma parte de Rocket 88, un grupo liderado por Alexis Korner que tiene por batería, otra vez, a su inseparable Charlie Watts. La única grabación es un directo de 1979. Las líneas que completan aquel disco son del propio Stu.

1985. 11 de diciembre. Toca con Rocket 88 en el Old Vic Tavern, Nottingham. Ha tenido problemas respiratorios en los últimos meses pero últimamente ha ido a mejor. Esa noche, Stu vuelve a casa con molestias. No pasa nada, al día siguiente tiene revisión. Se lo comentará a doctor.

12 de diciembre. Sala de espera de la clínica West London. Se abren las puertas y con el hielo de la calle entra un escocés enorme de mandíbula prominente y kilos de más. Busca una silla en la que esperar su turno. Tras una revisión vuelve a su silla. Le tienen que hacer más pruebas. Una hora después, en la sala de espera, cae fulminado por un infarto al corazón. Ian Stewart muere a los 47 años.

1986. Después de cuatro años, Los Rolling Stones se vuelven a reunir para tocar en un tributo a Stu junto a Rocket 88. Publican el álbum “Dirty Work”, al que incluyen una coda de 30 segundos donde escuchamos unos acordes enlatados de boogie woogie. La última grabación de Ian Stewart.

1989. The Rolling Stones ingresan en el Salón de la Fama y lo hacen con la condición de que el nombre de Ian Stewart sea incluido como miembro de la banda.

2011. The Rolling Stones suenan al completo. Bill Wyman, que abandonó la banda en 1989, se une a ellos para participar en el disco homenaje “Boogie 4 Stu”. Hacía 24 años que los Rolling no se juntaban. “Boogie 4 Stu” es un tributo de Ben Waters, pianista que llegó a formar parte de Rocket 88. Así, unidos de nuevo, se confirma la frase de Keith Richards en sus memorias: “Ian Stewart, todavía trabajo para él. Los Rolling Stones le pertenecen“.