Querido Futuro,

Nuestra inevitable contemporaneidad nos da muestras, a veces a diario, de lo inevitablemente ‘contemporáneos’ que somos. Incluso hay ocasiones en las que parece que la acumulación de tiempo en este presente, futuro del pasado, ha sido completamente inútil. Pienso en los casos de artistas vetados por imposiciones políticas, aquí y allá, ahora y entonces.

Ni siquiera en nuestro presente dar un recital de música popular debería ser nunca motivo de prohibición. Pero he de admitir que un concierto tiene su dimensión política, pero nada tiene que ver con comprometer la libertad de expresión, sobre todo cuando los músicos actuales han elegido ser (mayoritariamente) apolíticos en esta era comercial, y eluden expresar ideas políticas, como ya te he escrito antes, Futuro.

Un concierto de pop-rock es la manifestación colectiva de unos códigos culturales. Por lo tanto, no todo es la interpretación de notas musicales sobre un escenario. Esa es la parte esencial, pero no la única. Cuando te hablo de códigos culturales lo hago en términos similares, una vez más, a los de la comunicación social. Se expresa a través de símbolos y normas compartidos que los receptores son capaces de interpretar.

Y esos códigos son específicos en el caso del rock, diferentes, por ejemplo, de un concierto de una banda de jazz o de blues, que hay que conocer bien de antemano como emisor y como receptor. Como en el arte contemporáneo no puedes hacer unos garabatos abstractos sin manejar las normas del arte figurativo.

De acuerdo con esa definición, todo lo que rodea a un concierto, el antes, el durante y el después forma parte de su narrativa. En primer lugar, todo recital, aunque no lo busque expresamente, expresa un mensaje. Los expertos afirman que en política todo es comunicación. Del mismo modo, en el rock contemporáneo todo es comunicación. Otros dirían que márquetin. Da igual, Futuro.

Si lo piensas, el pop-rock profesional todo suele funcionar como un mitin político: hay un público, hay notas de prensa, hay acreditaciones de los medios (cada vez más escasas), hay una escenografía y hay un setlist. Y hay también seguridad. Mark Oliver Everett, de The Eels, ha llegado a escribir: “Oculto tras guardias de seguridad que intentan protegerle durante sus conciertos del acosador desquiciado de turno” (Cosas que los nietos deberían saber, Biblioteca Blackie Books, 2012).

Toda banda que se precie debería tener un mínimo planteamiento de qué quiere hacer sobre el escenario. Aunque sea no hacer nada más que tocar las canciones a toda velocidad y marcharse sin dar las gracias. Puesto que estamos ante una actividad profesional, y pocos artistas hablan de ello, existen infinitas maneras de plantear un concierto. Dilecto Porvenir, para no hacerte esta carta muy larga, que tú también tendrás tus prisas, me voy a centrar en los músicos, en las canciones y en algunos ejemplos.

Detrás del formalismo habitual de presentar a la banda subyace la distribución de roles entre los músicos sobre el escenario: el orden y el énfasis al decir los nombres nos dicen mucho al respecto. El frontman actual, heredero de los Elvis, Dean Martin, Sinatra etc., suele ejercer un liderazgo personalista, siendo el portador esencial del mensaje de la banda, sólo a veces roto por algún guitarrista virtuoso o por invitados especiales.

De esto se puede deducir que sobre un escenario hay una jerarquía muy bien definida. Y sobre ella se monta el espectáculo, que cada miembro debe respetar. Supongo, además, que al bajista, pongamos por caso, le da seguridad saber de antemano cuál es su papel. Al que no le guste, que saque un disco en solitario. De hecho, salvo en una banda cuyos miembros comparten más protagonismo, los músicos de sesión asumen un rol secundario complacidos con una retribución monetaria, más que simbólica. Un buen ejemplo lo tenemos en la última gira de Jackson Browne con el gran guitarrista Shane Fontayne, entre otros:

Por su parte, la elección del setlist o lista de canciones es determinante. De nuevo las posibilidades son casi infinitas, por lo que me centraré en dos tipos de setlists: cerrados o abiertos. En el primer caso, las canciones se repiten en toda la gira e interpretadas mecánicamente. Dado que los conciertos suelen ser, hoy por hoy, de promoción del último disco, generalmente los grupos con más de dos o tres trabajos en el mercado, dedican a éxitos anteriores el 75% del repertorio. Al público más experimentado, los setlists cerrados les resultan un ‘fraude’, mientras que un porcentaje mayor del LP en promoción cansa al que acude a ver a viejas glorias. En este caso tenemos las últimas giras de Tom Petty, AC/DC, Bon Jovi o Lenny Kravitz. En el otro lado de la moneda están los setlists abiertos, que con un núcleo común (normalmente los temas más emblemáticos), cambian de noche en noche. Eso agrada mucho a los fans más fieles que incluso siguen en varias ciudades al artista, mientras que desconcierta, nunca mejor dicho, a los más recientes. Maestros de las sorpresa en el setlist son Metallica, Pearl Jam, Foo Fighters o Bruce Springsteen. En la última gira la E Street Band interpretó más de 200 canciones frente a las 11 de Kravitz. (Más info sobre setlists en la web colaborativa Setlist.com)

En el fondo, futuro, lo que el repertorio suele poner de manifiesto es el mensaje del concierto. Todo artista tiene temas clave en su repertorio, así que que los toque o no transmite al público un show previsible o, por el contrario, cierto rechazo del repertorio clásico. El mensaje cambia completamente, hablando de un artista en plena forma creativa y con confianza y seguridad en su música y en su directo. Estaríamos ante una banda fuerte y consolidada o ante otra débil y errática. A este respecto recuerdo el erróneo concierto de Jace Everett, sobre el que escribí aquí.

Lo más habitual es desarrollar el setlist previamente planificado al menos tres partes: la introducción, generalmente empezando con temas en todo lo alto; una sección media, en ocasiones más tranquila, incluso con set acústico, otras con lugar para las sorpresas; y, finalmente, unos bises (a veces en dos o tres tandas) con los temas más emblemáticos del artista. El ‘finale’ ha de ser el recuerdo de una actuación que llegue hasta ti.

En conclusión, querido futuro, en esta carta necesariamente apresurada (y no exhaustiva), he tratado de recordarte a grandes rasgos el significado simbólico de un concierto de pop-rock en nuestros días. Al final lo que importa es que el público reciba un show emocionante y coherente, ambas acepciones de una comunicación eficaz. Y ello dentro de los códigos compartidos del rock. Quizás en tu época, Porvenir, todo esto se haya transformado. O no, y todo siga siendo igual en esencia, señal de que el factor humano, las canciones y las emociones, permanecen en los genes de un buen concierto de pop-rock. En este menester cada uno tiene su referente. Yo, de cuantos he visto y escuchado, me quedo con Bruce Springsteen, maestro de ceremonias que cuida tanto la música como el espectáculo. O con Foo Fighters, a quienes te recuerdo en aquel Storytellers, programa de la VH1, para despedirme hasta la próxima:

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.