Algo tienen las calles de Nueva Jersey. Hay algo en su aire, sus carreteras, sus paseos marítimos, que por fuerza ha de alterar a sus habitantes, que eventualmente ha de llevarlos lejos de su límite municipal o, al menos, hace germinar en ellos una necesidad de moverse. James Gandolfini, sin embargo, siempre conducía adentrándose en ellas, en inamovible dirección a su casa, como inmutable rutina laboral. Tras darle la enésima calada a su puro fruncía el ceño; quizá entonces lo sentía. Quizá algo en su interior le hiciera intuir que estaba yendo en dirección contraria a la que debía tomar. Quizá por eso el patriarca de la Familia Soprano, el hombre que destronó a Vito Corleone en la hegemonía del cliché italoamericano, necesitaba terapia.

Años antes, un joven conciudadano, como tantos otros, lo había sentido. Hay quien diría que demasiado pronto, ¿por qué habría de estar tan descontento el chaval? Disfrutaba metiéndose en líos con Eddie, Terry y los demás miembros de la panda, cada noche se iba de picos pardos con una chiquilla distinta (Wendy, Mary, los nombres se confundían mas no así sus recuerdos), cada día el Sol se alzaba grisáceo pero esperanzador en su periódica caminata por los astilleros. Pero él quería algo más. Tenía una guitarra a la que había aprendido cómo hacer hablar, y valiéndose de ella, lo sabía, un día haría grandes cosas.

Sin embargo, corría 1973 y el chico no lo había conseguido. O sea, sí, había sacado dos discos al mercado, dos discos estupendos que respondían al nombre de “Greetings from Ashbury Park, N.J.”, y “The Wild, the Innocent and the E Street Shuffle”; la crítica profesional se había rendido a ellos, y Clarence Clemons, el portentoso saxofonista, ya había decidido que daría su vida por Bruce Springsteen. Los mandamases de Columbia Records sabían que contaban con un diamante por pulir, un fuera de serie controlable y con mucho potencial, pero, ay, los números no acompañaban. Sin ser malas, las ventas no se hacían eco del prestigio profesional, y los escasos seguidores de Bruce y Clarence poco podían hacer más que contar en sus casas lo espectacular de los directos, en un boca-oreja desesperadamente lento que amenazaba con mandar al chico de vuelta a los callejones. Algo había que hacer.

Aterrorizado ante la perspectiva de volver a casa y dar el sueño por concluido y enterrado, Bruce se sorprendió a sí mismo haciendo memoria, transformando los recuerdos en nostalgias, acaso en un primer intento de quitarle gravedad a la idea del retorno, acaso en el último de hacer literatura de su propia vida, y de la de todos los ciudadanos de Nueva Jersey. Y comenzó a escribir: “In the day we sweat it out in the streets of a runaway American dream… At night we ride through mansions of glory in suicide machines”. ¿Realmente él había escrito esas frases? ¿Alguna vez había sido tan buen poeta? No, hasta que abrazó sin reservas su pasado, y gracias a él dio forma al futuro. Y a “Born to Run”.

Seis meses fueron necesarios para grabar esa canción, doce más para el resto del disco homónimo. Mike Appel, un entusiasta experiodista de la Rolling Stone llamado Jon Landau, y el mismo Springsteen, fueron los encargados de pasarse las horas en el estudio, envueltos en el sudor del trabajador y el fanático, poniendo orden entre un arbitrario e ingente número de pistas, con unas directrices más o menos claras: Roy Orbison, Bob Dylan, Phil Spector. El muro del sonido. La idea era que el disco fuera un clásico al poco de ser metido en la funda.

Y lo consiguieron. O, al menos, los mandamases de Columbia Records se mostraron tan confiados en que lo habían conseguido que la publicidad abundó (y abrumó) hasta límites nunca antes vistos. No obstante, no había nada de suicida en sus decisiones; sabían lo que tenían entre manos; Jon Landau se había despertado cierta noche y había susurrado sin sonrojo: “Vi el futuro del rock and roll, y su nombre era Bruce Springsteen”, por lo que en efecto las ventas no tardaron en acompañar, y tiempo les faltó a las reverencias de los críticos de ser efectuadas. “Born to Run” era todo un fenómeno comercial, cultural y, por inseparable de la condición colectiva del abajo firmante, verdaderamente social.

“Born to Run” se concibió con horas en el estudio, envueltos en el sudor del trabajador y el fanático, poniendo orden entre un arbitrario e ingente número de pistas, con unas directrices más o menos claras: Roy Orbison, Bob Dylan, Phil Spector. El muro del sonido. La idea era que el disco fuera un clásico al poco de ser metido en la funda.

Bruce, hijo de obreros e impetuoso galán romántico, siempre había sido alguien seguro de sí mismo, pero ni siquiera su arrogancia de barrio pudo lidiar con semejante situación. ‘El nuevo Bob Dylan’, habían llegado a llamarle, y pensaba que, puestos a encumbrar, era encumbrar muy alto. Su extenuante gira le llevó por pura inercia a Londres, donde las paredes del Hammersmith Odeon le recibieron con unos hiperbólicos pósters: ‘Finalmente, el mundo está preparado para Bruce Springsteen’. Springsteen enrojeció de ira y los arrancó todos mientras gritaba “A Dios lo que es de Dios y al Boss lo que es del Boss”; también ordenó retirar las chapas con las poluciones nocturnas de Jon Landau impresas. El vértigo de los anteriores conciertos, los disparatados números del Billboard, la velocidad a la que se sucedía todo, casi habían provocado que lo olvidara, pero finalmente, y por suerte, no había sido así. Bruce Springsteen seguía siendo aquel chico listillo y eternamente descontento de Nueva Jersey. A partir de entonces nunca lo olvidó; por eso siempre fue grande. Y, a continuación, la reseña del mejor disco de la historia de la música para el que esto suscribe.

Un piano acompañado de una armónica predisponen y guían el ánimo para escuchar el cuento. Afinamos, mantenemos bien abiertos los oídos, así como los ojos, cuando se nos describe la escena. “The screen door slams, Mary’s dress waves… Like a vision she dances across the porch as the radio plays”. Lo visualizamos, ¿verdad? Podría ser el comienzo de cualquier película de John Ford, pero se trata únicamente, mágicamente, de música: “Roy Orbison singin’ for the lonely; hey, that’s me, and I want you only”. Las cartas sobre la mesa desde el principio: no será la única vez que la pluma de Springsteen se derrita entre semejantes ejercicios de cinematografía. ‘Miniepopeyas’, las llamó él. ‘Pedazos de vida’, los llamaría el oyente, para a continuación dejarse de estridentes trascendencias y cantar con él, como tantas veces luego hará en los conciertos, “Show a little faith, there’s magic in the night… You ain’t a beauty, but hey, you’re alright”. Es Thunder Road, qué si no, una canción en torno a la cual todo vocabulario grandilocuente se antoja superficial e ingrato, toda poesía perversa y débil en comparación a los magistrales versos que escupe Bruce con la voz fallida y el ánimo roto recordando lo que se le pasó por la cabeza en el momento en que decidió marchar a lo desconocido: “It’s a town full of losers, and I’m pulling out of here to win”. Y estalla la coda instrumental, mientras se sucede frenético el último torrente de imágenes (John Wayne impertérrito tras la puerta que se cierra, Jack Kerouac perdiéndose en la América de sus sueños, el esbozo de lo que en cualquier momento podría ser una nueva era del rock) y las lágrimas se deslizan paralelamente a los últimos minutos de la canción más grande jamás compuesta.

El tercer disco de Springsteen supuso, pocas dudas pueden caber, el mejor que haría nunca; en el que volcó todo lo que tenía dentro.

Prácticamente hemos quedado exhaustos tras la obra magna de Bruce Springsteen; él y sus camaradas de la E Street Band se hacen cargo, y en lo que recuperamos fuerzas nos aliñan el descanso con el portentoso saxofón de Clarence Clemons; elegante, callejero, más chulo que un ocho. La épica desesperada de “Thunder Road” se transmuta con Tenth Avenue Freeze Out” en valeroso optimismo; “The night is dark but the sidewalk’s bright, and lined with the light of the living”. Sí, el Boss confiesa que lo de Mary no salió bien y que de nuevo “I’m on my own”, pero no suena triste por ello. Hay más peces en el mar, más carreteras que tomar… y nada mejor que hacerlo a la velocidad justa que inyecta el siguiente tema, el excepcional (e injustamente olvidado) “Night”, donde la cinefilia de Springsteen vuelve a hacer de las suyas en los descriptivos versos y el impresionante estribillo, con frases enormemente rítmicas y musicales con sólo recitarlas, “And you’re in love with all the wonder it brings”, sucedidas como en un suspiro que culmina en la introducción de “Backstreets”. En la, con perdón, jodida introducción de “Backstreets”. Alguien llamado Greil Marcus quiso compararla con la Ilíada. Sí, la Ilíada, la de Troya, Aquiles, Orlando Bloom. Alguien llamado Greil Marcus probablemente había tomado mucho ácido en aquel momento, pero ilustra convenientemente las sensaciones que deparan esos primeros minutos de piano, demasiado hermosos para ser ciertos. La letra irrumpe, desvergonzadamente biográfica (o quizá no, pero al Boss le daremos un voto de confianza), y entre estremecedores puentes, adictivas codas, y berridos en forma de “ruuuuuning”, unos versos en concreto: “Remember all the movies, Terry, we’d go to see… Trying to learn how to walk like the heroes we thought we had to be… And after all this time we find we’re just like all the rest…”.

Frente a su portada, icónica como cualquier cosa relacionada con él, el autor nunca se mostraría sorprendido en público, nunca subyugado ante aquella enormidad que él y no otro había parido. No tenía más remedio que disimular, claro. Era el Boss.

Sin despojar del más mínimo mérito a las gemas precedentes, qué duda cabe que todo empezó con Born to Run. Ésta es, y no otra. La canción que salvó la carrera de Bruce Springsteen; el tema, junto con “Born in the U.S.A.” que más profanos son capaces de asociarle; un himno por derecho propio en el que todo es perfecto. Sí, digamos que la perfección hasta ahora, en este disco, ha sido una fea costumbre por imposible de erradicar, pero profundicemos y reparemos en la grandeza de su lírica, en cada uno de esos retazos que, aunque no tengas ni idea de la parla shakesperiana, simplemente te llegan, “I wanna die with you, Wendy, on the streets tonight, in an everlasting kiss”. La producción, no en vano, como decíamos, sostenida durante un obsceno número de jornadas, es avasalladora; la voz cantante al borde del colapso, la inequívoca fusión de guitarra, piano y vientos en el reconocidísimo riff. Y el estribillo. Y la orgía instrumental que se reservan para el final, rematada por el “one, two, three, four” de rigor. No sé, con temazos así es para que mueras en paz, te lluevan los Nobeles y la HBO te ponga una serie. Al guitarrista Steve Van Zandt, de hecho, se la pusieron; no es difícil adivinar cuál.

Un nuevo descanso, como está mandado, en forma de la espléndida She’s the One. Aprovechemos el momento para reparar en la perfecta simetría que atesora el álbum, que atesoraba de manera aún más ostentosa cuando podíamos hablar de Caras A y Caras B y no de listas de favoritos en Spotify: la Cara A abría con “Thunder Road”, la B con “Born to Run”; elegías escapistas seguidas de canciones más humildes, súbitamente cercadas por las monstruosas “Backstreets” y (en breve lo veremos, porque desgraciadamente esto se acaba) “Jungleland”. Ambas dos igualmente pegadas a la tierra pero extrayendo todo el oro posible de su memoria, como Bruce hace al respecto con la de la típica canción de amor en, la retomamos, “She’s the One”. Si típica es su interpretación o ambición, no lo es tanto su pesadez, su dureza, la locura de la que hace gala, trastocada en sensualidad cuando se lo propone, sofocada por la vigilia cuando no: “And her eyes that shine like a midnigh sun”.

Reparemos en la perfecta simetría que atesora el álbum. La Cara A abría con “Thunder Road”, la B con “Born to Run”; elegías escapistas seguidas de canciones más humildes, súbitamente cercadas por las monstruosas “Backstreets” y “Jungleland”. Ambas dos igualmente pegadas a la tierra pero extrayendo todo el oro posible de su memoria.

Con Meeting Across the River entrevemos algo parecido al minimalismo, una rara avis entre sus flamantes congéneres; un piano y una trompeta. No suena la batería. Tampoco la contundencia, ni algún tipo de retorcida megalomanía: sólo Springsteen recitando un poema urbano de los suyos, imbuido por la misma calma que antecede a la tempestad que será Jungleland (y que en los directos pasarán a ser dupla). Y aquí tenemos la última canción del álbum, y por ende la última obra maestra. Por última vez, también, se muestran las ventajas de componer con piano, y no con guitarra, materializadas en una impecable introducción instrumental (y van), con el piano de marras tan hermoso, juguetón, accesible; magnífico el contraste entre su calculada languidez y la voz cazallera de Springsteen. Y llegados a este punto entonemos todos a coro “Down in Jungleland” para que la canción acabe de romper, y convenga en mostrarnos el mejor solo de guitarra del álbum seguido poco después del mejor solo de saxofón. Éste en concreto se lleva gran parte de los minutos del nuevo experimento bigger-than-life de Springsteen (que en total llegan a ser casi diez minutacos, y no sobra ni uno), y supone, además de la automática deificación de Clarence Clemons, un grandísimo corte de mangas para todos aquellos que piensen que el saxofón no tiene mucho que hacer con el rock and roll más enérgico y puro. Una vez que acaba, percibimos que el disco lo ha hecho con él, pero el Boss sigue cantando, su voz ya apenas un susurro, agotada por el viaje y la vida… hasta que iracunda se alza sobre los que creímos que eran sus últimos coletazos: “Outside the streets on fire, in a real death waltz”. Poco después, el último estertor. “Tonight, in Jungleland”. Y esta vez sí. El final.

O uno de tantos. Gracias sean dadas a quien sea menester porque podamos escuchar “Born to Run” una, y otra, y otra, y otra vez, sin dejar que la maravilla se marchite en nuestras almas; sin olvidar nunca sus letras, sus imágenes, su música. El tercer disco de Springsteen supuso, pocas dudas pueden caber, el mejor que haría nunca; en el que volcó todo lo que tenía dentro. Frente a su portada, icónica como cualquier cosa relacionada con él (Bruce y Clarence en franca camaradería, pose emulada para entusiasmo general en muchos conciertos), el autor nunca se mostraría sorprendido en público, nunca subyugado ante aquella enormidad que él y no otro había parido. No tenía más remedio que disimular, claro. Era el Boss.

Bruce Springsteen – Born to Run

10 INSTANT CLASSIC

Logro mayor, obra maestra del Jefe, clásico imperecedero por el que los años pasan y pasarán ante su desprecio y suficiencia. Siempre espectacular, siempre emotivo: “Born to Run”, todavía hoy, nos supera, pero también sigue siendo parte de todos nosotros.

  • “Thunder Road”.
  • “Tenth Avenue Freeze Out”.
  • “Night”.
  • “Backstreets”.
  • “Born to Run”.
  • “She’s the One”.
  • “Meeting Across the River”.
  • “Jungleland”.