LANA DEL REY

El 18 de septiembre de 2015 será especial porque será publicado “Honeymoon”, el cuarto disco de larga duración de Lana Del Rey. Un momento, ¿el cuarto disco? ¿Hablamos en serio? ¿No había publicado únicamente hasta el momento “Born to Die”? ¿No era cierto ese rumor de que la chica, incapaz de sobrellevar la fama, se había metido una sobredosis de somníferos entre vena y vodka? Amigos, “Born to Die” ni siquiera fue el primer disco de la diva. Si yo os contara… Bueno, por qué no, os contaré.

El “Born to Die” de marras acogió tanta repercusión mediática, lindando la sobreexposición, que acaso muchos se sintieran satisfechos de encuadrar el principio y el fin de la carrera de Lana Del Rey en su abultado tracklist. Fue bonito mientras duró, fue intenso, todos llevamos a Lana Del Rey impresa en nuestros corazones y gafas de pasta durante aquel año 2012; algunos menos quisieron llevar el idilio más allá, y aún muchos menos optaron por echar la vista atrás queriendo dotar de sentido la figura que con tanta afectación les había camelado. Con motivo de la señera ocasión, por peligroso que pueda parecer, en estos días hemos querido hacer precisamente eso. Así pues, estudiaremos la figura desde los inicios, y valiéndonos del análisis de los trabajos de larga duración que lleva hasta el momento. Que, sí, son más de los que pensabais. Al menos dos más.

Lana Del Rey, antes de ser Lana Del Rey, fue muchas otras personas, con otros nombres, otras ambiciones, personalidades, intereses… y una única guitarra, la misma gracias a la cual supo, según progresaba su aprendizaje, que algún día podría escribir millones de canciones usando tan sólo seis acordes. Que esto le valiera al cabo para apuntalar una compleja e interesantísima carrera artística lo descubrió un poco más tarde; quizá tras una provechosa velada, regada por los Manhattans, con algún avispado productor o representante musical. O también pudiera ser, sin salir de la suposición (hablando de las intimidades de Lana Del Rey es lo único sensato), que fuera ella misma quien lo planeara todo según terminaba de ver Mullholland Drive y, al contrario que el resto de la humanidad (incluyendo a su director), la entendía.

Aun así, Elizabeth Woolridge Grant difícilmente podría figurarse de manera nítida el lugar al que le llevarían esas proyecciones. Por esa época utilizaba el seudónimo de May Jailer para rubricar sus primeras letanías en los nightclubs de Brooklyn; y sí, eran tiempos difíciles, cuando la primogénita del matrimonio Grant, asquerosamente rico, estudiaba Metafísica en la Universidad de Fordham y la palabra ‘postureo’ ni siquiera estaba de moda. Lizzy, como gustaba de ser llamada por su papi, venía ya defectuosa de fábrica gracias a una infancia tan idílica como siniestra en Lake Placid, Nueva York, donde recibió una asfixiante educación católica, improvisó los primeros gorgoritos en el coro de la catequesis, y en sus ratos libres gustó de caminar por los bosques y escribir cosas en su libreta. La pequeña y pálida Lizzy, en efecto, ya notaba en su ser un latido, una llamada, una predisposición para la leyenda rancia y el cenizo porvenir, que de buenas a primeras provocó que le diagnosticaran una supuesta adicción al alcohol con 14 añitos. Como los aristócratas neoyorquinos hacen las cosas a su modo, Robert Grant y señora no dudaron en mandar a Lizzy haciendo eses a un internado donde acabaran de hacerla polvo; condenándola, inconscientes, ‘al ostracismo’, y sellando su destino para siempre. La metafísica acabó siendo la única salida. La metafísica y David Lynch.

Para asistir a la universidad marchó a vivir con su tío, quien le proporcionó una guitarra y unas dos clases y pico sobre qué hacer con ella. No le hizo falta mucho más para que Lizzy decidiera lanzarse a la noche con un hiperbólico flequillo como incauta protección y agujeros negros como sombra de ojos, y diera con sus huesos en cualquier garito deprimente de Brooklyn. Allí, rodeada de parroquianos tan jodidos como ella, consiguió los primeros aplausos y las primeras lágrimas, y encontró poquísimo después quien se interesara en grabar alguna de sus salmodias. Esto fortaleció su actitud, acrecentó su egolatría, y empezó a dejar caer por los recitales que se llamaba May Jailer. Nadie la creyó, pero llevaba unas cuantas maquetas del brazo con ese nombre cuando en 2006 actuó en el Williamsburg Live Songwriting Competition y conoció a Van Wilson, asociado a la discográfica independiente Five Points Records. Dicho sujeto aseguraba haber visto talento en Lizzy, y lo que es más, no parecía demasiado aterrorizado ante la perspectiva de trabajar con ella. Total, que meses después ya tenía un EP grabado, se graduaba en la universidad, se mudaba a un parque de caravanas (como es lógico), y cambiaba de nombre artístico como ochenta veces. ¿Sería “Lana Del Ray”, título de su primer álbum de larga duración, el definitivo? Por supuesto que no.

La trágica frivolidad de llamarse Lana Del Rey (I)

[pullquote]“Lana Del Ray a.k.a. Lizzy Grant” ha resultado ser, por tanto, un disco misterioso, olvidado, maldito. Y uno que finalmente, escuchado en retrospectiva, le hace a uno lamentarse de que no tenga más oyentes o defensores.[/pullquote]

Lana Del Ray a.k.a. Lizzy Grant era el título completo del primer trabajo oficial de la diva, producido por David Kahne, publicado en 2010, y sumergido en excéntricas problemáticas desde el principio. De poco sirvió que el señor Grant, a la sazón inversor en dominios de Internet, removiera cielo y tierra para promocionar la movida a través de iTunes; su hijita, seguidamente a dar por finalizada la composición de su centésimo décimo primera canción, le confiaba percibir que algo no andaba bien, algo se alejaba de la seriedad y excelencia con la que pretendía imbuir sus trabajos a partir de ahora. Según declaró años después, sumida en la ya dominada ambigüedad, la discográfica no había podido financiar el flamante debut, y entre unos y otros no habían tenido más remedio que sacar el disco del mercado… hasta que la pizpireta Lizzy comprara de nuevo los derechos y lo relanzara como Lana Del Rey. ¿Malentendido burocrático, o simple arrepentimiento por no haber tenido el nombre definitivo en el momento adecuado? En cualquier caso, surrealista.

Tan rocambolesca génesis dio por resultado que el mundo tardara algo más en descubrir que no podía vivir sin Lizzy, y que según saliera “Video Games” (y, en especial, se diera cierta bochornosa actuación en el Saturday Night Live, de la que ya hablaremos) todos pensaran que se trataba del trabajo de una principiante-con-flor-en-el-culo cualquiera. Muy pocos escucharon el auténtico primer pinito, por desgracia (y yo no fui uno de ellos, por supuesto; en 2010 me encontraba inmerso en cosas más importantes que hacer, como tener amigos); y cuando éste fue relanzado, ya estaban todos del “Born to Die” hasta las narices. “Lana Del Ray a.k.a. Lizzy Grant” ha resultado ser por tanto (y con el beneplácito de la autora a buen seguro), un disco misterioso, olvidado, maldito. Y uno que finalmente, escuchado en retrospectiva, le hace a uno lamentarse de que no tenga más oyentes o defensores.

La languidez ya está presente, dentro de su faceta más aburrida, en el corte inicial, Kill Kill, aparecido en el primer EP de nuestra amiguita con Five Points. La atmósfera enrarecida que inyecta la producción de Kahne le sienta muy bien al asunto, pero el tema no tarda en caerse, y la letra tan plomiza no ayuda: “I’m in love with a dying man” repite la pobre Lizzy, a sabiendas de que lo que verdaderamente está muriendo es la canción. Supone empero un buen anticipo de lo que luego esa ansia por mirarse las venas de la muñeca deparará, y que entrará en extenuante eclosión con “Ultraviolence”.

[pullquote]“Lana Del Ray a.k.a. Lizzy Grant” supone escuchar a Lana Del Rey despojada de su máscara, por primera, y muy disfrutable, vez.[/pullquote]

Queen of the Gas Station”, sin embargo, lo parte. La elegancia exuberante que en Lizzy empieza a ser característica se combina con una melodía pegadiza y unos arreglos sorprendentemente contundentes, en el tema más mainstream del disco, y del que menos se entiende la carencia de celebridad. Por si fuera poco, su letra resulta ser puro Lana Del Rey, o Ray, o lo que sea, exhumando la misma sensualidad grisácea de mujer objeto atada a hombre rico que le lleva a sitios caros (aunque en esta ocasión ella prefiere las gasolineras, vaya usted a saber por qué sibilino propósito), y el mismo y fatalista sentido del humor, del que apenas queda rastro en “Oh Say Can You See. Su título nos retrotrae al primer verso del himno estadounidense, para más señas, el mismo que nos sabemos todos nosotros; y quizá por no estar en el SNL (qué ganas tengo de llegar a eso), Lizzy canta estupendamente, con mohínes prolongados hasta la locura en una canción no obstante lenta, lenta, LENTA, que en definitiva, y ayudado por una referencia a Kurt Cobain (capaz de amargar a las hienas con su sola mención), es un súper no.

Con Gramma (Blue Ribbon Sparkler Trailer Heaven)volvemos al machismo de postín, más glamuroso y ridículo, que podría acoger ecos del “Dear Future Husband” de Meghan Trainor si no fuera porque la intención ácida e irónica brilla por su ausencia en el imaginario de Lizzy, para entonces ya casi fagocitada por Lana. Así las cosas, la princesa neoyorquina está a punto de ser todo pose, todo cinismo, y su único y supuesto objetivo en esta vida es encontrar al buen hombre que su abuelita dijo que encontraría algún día para dejar de una vez de zorrear… y pontificados aparte, un muy buen trabajo; otro tema a atesorar más allá del “Born to Die”. For K, Part 2 es la continuación de una de las canciones más rescatables de sus maquetas precedentes, en torno a las desventuras de su amigo K, de quien, según decía en la Parte 1, lo que más echaba de menos era su ‘vino blanco’ (señores Grant, esto les pasa por no haberla metido en un colegio mixto). Una carta de amor y erotismo excelente, como resultado, con una melodía de lo mejorcito que es capaz de hacer Lana con esos seis acordes, y una grata sensación de plenitud. La chica sigue aquí inmersa en su fantasía lynchiana, en concreto en esa parte de la peli en que el misterio se presenta, se dan unas cuantas pistas, y aún creemos que esto tiene solución. Cuando no es así.

[pullquote]El cambio de nombre artístico de Lana malbarató la acogida de este debut al ser apresuradamente sacado del mercado y privó a un público potencial disfrutar de su música a un nivel más libre y desprejuiciado.[/pullquote]

Lo siguiente tiene por nombre Jump”, y como mandan los cánones, se trata de una canción estúpida, con letra de pandereta y arreglos que se toman tan en serio a sí mismos que son un despiporre. La cosa ahora va de drogas, en concreto de la justa mezcla de cocaína y heroína a depositar en su trasero para que algún Jordan Belfort de los años 50 se la esnife. Es una de esas raras canciones de Lana que no tienen que ver demasiado con el suicidio asistido, así que la cosa no está tan mal, y los desconcertantes compases iniciales de “Mermaid Hotel redundan en que parezca que de repente estamos en otro disco. La equívoca percusión, unos samplers realmente horribles y una mención al National Anthem (qué patriota que es esta chica) pertenecen a una canción muy malrollera pero, en confianza, magnífica, capaz de alternar lo ominoso con lo épico con suma facilidad, y en la que los chavales de Five Points Records hacen lo que les da la real gana, para a continuación resucitar ese nosequé parecido a la caña del casi olvidado “Queen of the Gas Station”, con Raise Me Up (Mississipi South)”. Acompañada de, atención, guitarras eléctricas, Lana vuelve a desbordar sensualidad y estupendismo en un corte tan molón que da absolutamente igual de lo que corcho hable la letra, como si se refiere a Tom Sawyer.

En Pawn Shop Blues” una guitarra acústica baña la glamurosa soledad de Lana, apoyada por una producción esmerada en su suavidad y recogimiento, y torvamente interrumpida por la base electrónica y el deje arábigo de “Brite Lites. Todo apunta a un horror de canción que nunca llega a ser tal, quedándose en un tema aburrido en el que hay poco que destacar; acaso un puente inesperadamente poderoso (“The film is fadin’, look at me”) que no lleva a ningún sitio.

Put Me in a Movie le sigue dando vueltas al asunto cinematográfico, como otra cancioncilla estúpida y frívola en la mejor tradición de Lana del Rey, lo único que aquí no hay majestuosidad ni sensualidad por ninguna parte, sólo una buscona diciendo “Daddy” con mucha desvergüenza. Para olvidar, vaya, aunque es apropiadamente sucedida por Smarty, donde la citada frivolidad da pie a una canción divertida y bien rematada, con un bajo zumbón y vibrante y mucho, mucho sexo. Es por cosas como ésta por las que amamos a Lana Del Rey, y aquí viene por último el autoproclamado hit del disco. Yayo, luego reaparecido en “Paradise”, lo que es a un servidor le deja bastante frío, por más que haya un buen acompañamiento pianístico y la diva cante mejor que nunca, en un ejemplo más de la vacua afectación a la que la chiquilla antes conocida como Lizzy suele abocarnos. Lo que importa, llegados a este punto, es que gracias a “Yayo” los críticos prestaron atención por vez primera a Lana, y es posible que sin ella su fama nunca habría acabado de despuntar… o sí, claro, porque le quedaría “Video Games” en la recámara.

Lana Del Ray decidió cambiar una letra de su nombre artístico poco después de que un trabajo tan interesante y satisfactorio como éste su debut fuera publicado. Semejante ocurrencia malbarató la acogida del susodicho al ser apresuradamente sacado del mercado y privó a un público potencial de disfrutar de su música a un nivel más libre y desprejuiciado del que preconizaban los millones de reproducciones de “Video Games” en YouTube. Posiblemente, en lo que a Lizzy Grant respectaba, todo lo compensase esa única letra y sólo le atormentara lo justo; al fin y al cabo, esa única y dichosa letra simbolizaría su auténtica conversión en Lana Del Rey, el personaje, la marca, el final del largo y ominoso recorrido que una vez empezara en los bosques de Lake Placid. En éstas, un sabinero ‘y sin embargo’ ha de irrumpir.

Y sin embargo, la sensación general que le invade a un oyente ya curtido en los lances sadomasoquistas de “Born to Die” y “Ultraviolence” es de nostalgia. De un poco de curiosidad vagamente saciada, también. Cuando Spider-Man, de Sam Raimi, fue estrenada en 2002, muchas de las críticas favorables insistían en el inédito y mayúsculo hallazgo de un superhéroe que resultara más interesante sin la máscara que con ella. “Lana Del Ray a.k.a. Lizzy Grant” supone exactamente eso para los fans más curiosos e intrépidos de la artista: Lana Del Rey despojada de su máscara, por primera, y muy disfrutable, vez. Lástima que también sea la última.

Lana Del Rey – Lana Del Ray a.k.a. Lizzy Grant

  • Hubo una vez en que Lana Del Rey sabía lo que era divertirse. Ahí están “Queen of the Gas Station”, “Jump” o “Smarty” para demostrarlo.
  • La producción de Five Points, desde su proverbial humildad, es capaz de sacar oro de las melodías que la chica les va llevando.
  • La seguridad y, por qué no, madurez compositiva que muestra Lizzy Grant en algunos de estos primeros cortes.

  • Los vicios y peores manías de la diva ya estaban aquí. Y ya molestaban.
  • La aparición de ciertos devaneos instrumentales bastante grotescos, probablemente colocados para contentar a la élite hipster.
  • El disco acaba perdiendo fuelle en sus últimos compases.

PÁGINA DE ARTISTA

7.8

Un disco estupendo, en el que Lana Del Rey, quizá por no serlo del todo aún, suena sincera, genuina, y exhumando talento por todos sus poros. Poquísimas canciones flojas y algunas de ellas, sin contar con la ambición ni soberbia de las pertenecientes a sus discos postreros, que se aproximan a su nivel, o incluso las superan.