Querido futuro,

El viernes la Casa Blanca ha hecho públicas dos listas de canciones para los «días y noches de verano» del Presidente de los Estados Unidos, conocidas en redes sociales como POTUS Playlists. Según su web oficial, la Casa Blanca inaugura así su perfil en Spotify y el gabinete de comunicación digital (el Chief Digital Officer, más exactamente) y ‘por solicitud popular’ pidió al presidente una lista con la música que escucha en sus vacaciones de Martha’s Vineyard. Barack Obama ha acabado entregando dos de su puño y letra: una para el día y otra para la noche. No sé lo que pensarás tú, pero a mí esto ya me parece futuro o ciencia ficción.

Se trata de un hecho relativamente infrecuente en la comunicación política, por lo que suscita varias reflexiones. En primer lugar, la necesidad o la utilidad de este tipo de listas. Sabemos que hay auténticos aficionados a las listas de canciones, como de manera magistral puso de manifiesto el escritor Nick Hornby en su novela Alta Fidelidad. Y en la blogsosfera y revistas online especializadas no faltan listas por doquier.

El hecho de que los spin doctors presidenciales publiquen las listas de canciones veraniegas puede decir, al menos, dos cosas. Por un lado, que la música pop es una herramienta de comunicación política ya de primer nivel, quizás a la altura incluso de un comunicado de prensa aunque con unos códigos y un target distintos. Al escribir estas líneas ambas listas ya tenían más de 30 mil seguidores y subiendo, así que su impacto está también ahí. Y, por otro, que una lista, al parecer no editada después, sería una buena forma de sintetizar gustos y guiños presidenciales en un verano de mitad de mandato. Esta hipótesis debe cumplir, sin duda, la premisa de la autenticidad. Algo impostado sería contraproducente.

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El que el propio ‘ciudadano’ Obama entregue dos listas aleja la idea de que se trate de una invención del equipo de comunicación, tomando la foto de Pete Souza como prueba. El presidente sabe de lo que habla. En este punto entra en juego el tema de la ‘culturalidad’ del pop-rock en EEUU. Y de ahí a la normalidad en este tipo de acciones comunicativas.

Si vamos a las listas nos encontramos 40 canciones de música esencialmente negra en sus subvertientes funk, soul y rhythm and blues a las que ‘el líder del mundo libre’ ha demostrado ya antes sincera afición, como cuando entonó en un acto público a Al Green. Sobre todo en la lista para la noche, en la que nos encontramos a artistas como The Temptations, Sly and the Family Stone, Stevie Wonder, Aretha Franklin, etc. Además hay cosas irrefutables para una persona de su edad, aunque en este caso glorias blancas que hacen música negra como el “Tombstone Blues” de Bob Dylan, “Moondance” de Van Morrison o “Gimme Shelter” de los Rolling Stones. Luego hay cosas más modernas que es donde verdaderamente se la juega, aunque sale airoso, en mi opinión: Beyoncé, Justin Timberlake o Coldplay. Me llaman más la atención Florence and The Machine, aunque está muy en boga últimamente, y los más desconocidos Low Cut Connie y Okkervil River. A estos los ha colocado directamente en el ‘ojo público’. Lo de Mala Rodríguez es lo que se ha destacado aquí, pero supongo que el guiño hispánico también ha tenido cabida en la lista diurna.

               

Si nos intentamos fijar también en lo que no incluye, también tenemos cosas interesantes. Al tratarse de listas de Spotify el Presidente no pudo incluir a los músicos que han renegado de este servicio por parecerles cicatero en cuanto a los derechos de autor. Y puede que estas ausencias se noten en la colección de canciones, sobre todo en la figura de Taylor Swift. También los Beatles no habrían podido ser incluidos de ninguna manera en ella. Recientemente Neil Young también ha sacado todo su repertorio del servicio streaming, así que Obama se quedó sin la oportunidad de incluir alguno de sus clásicos indiscutibles o alguno de sus últimos temas a favor de los granjeros y en contra de los transgénicos de Monsanto. Me inclino a pensar que si al Presidente le gustara la vertiente granjera de Young hubiera escogido antes Harvest Moon y no atizar a la multinacional estadounidense de los maíces transgénicos.

En conclusión, las 40 canciones seleccionadas reflejan a su propietario bastate bien: un varón afroamericano de unos 50 años. Un varón que se ha socializado en los años 70 en un entorno de música negra estadounidense. Además, hay aderezos modernos que reflejarían su genuino gusto por la música. También es cierto, lo tiene fácil: en su agenda como presidnete suele tener mucho contacto con artistas. Un ejemplo lo constituirían los homenajes del Kennedy Center, que este 2015, por ejemplo, honrarán la carrera de los Eagles y Carole King, nada menos. O las conocidas como ‘Actuaciones en la Casa Blanca. En España no hay ningún acto comparable a estos y la Moncloa o el Ministerio de Cultura sólo tienen algo similar en los Premios Nacionales de las Músicas Actuales desde 2009, pero que en ningún caso suponen un contacto directo del Ministro o del Presidente el Gobierno de turno con los artistas.

Por otra parte, desde el punto de vista de la comunicación política, su eficacia es evidente. De hecho, estamos ahora hablado de ella, como muchas personas en redes sociales. A favor o en contra, pero la imagen de modernidad y sintonía con la gente que disfruta de la música de manera asistemática. Sacamos conclusiones, analizamos lo que contienen y las omisiones. Nos emocionamos si Obama escucha lo mismo que nosotros… En suma, un relato de conexión con los ciudadanos, reduciendo la brecha institucional entre el representante y el representado. Y este relato lo que dice es “soy un tipo normal al que le gusta la música soul y la marchita en mis vacaciones”. ¿Quién no estaría de acuerdo?

Y, por último, pone de manifiesto a un lector español que los políticos estadunidenses recurren habitualmente a referentes culturales pop (ya sean libros, películas o música) en su comunicación política. Y eso sólo se explica, en mi opinión, por el hecho de que estos referentes están plenamente normalizados en esa cultura. Dicho de otro modo, forman parte de su cultura social y política. Por eso nos extraña, seduce o, incluso, llama la atención que aquí el que lo intenta sale escaldado a diestra y siniestra. En esto, de momento, no parece haber diferencias sustanciales.

No sé en tu época, pero hoy nos parece un hecho infrecuente y llamativo el que un presidente, la más alta institución política, recurra a la música pop-rock y negra para llegar a los ciudadanos. Supongo que en pocos años, a medida que la música se haga más popular y forme parte de la cultura política de occidente se verán casos como este con la normalidad que merece. Mientras tanto disfrutemos también de la música y las vacaciones.

Pero quizás todo esto tú ya los sepas, futuro.