Tengo yo un amigo catalán que ama la vida por encima de todas las cosas, aunque no lo sepa o se empeñe en esconderlo. Compartimos defectos, oficios y vicios. Entre nuestros vicios está el nombre de Javier Krahe. Una noche cerramos los tres el Café Central. Javier brillaba como nunca. Como siempre. Tras el concierto se acercaron seguidores en busca de una fotografía o un autógrafo, o escucharle unas palabras. Es curioso que en estos tiempos de redes antisociales, se acercaran sobre todo para lo último. Para oírle aún más de cerca. Para darle las gracias por tanto. Andaba por allí Ruibal compartiendo copas con los músicos de Krahe, inseparables y necesarios, López de Guereña, Prittwitz y Anguita. El triunvirato musical que le acompañó toda su vida. Aquella noche nos conservamos en alcohol. Él pedía y nosotros a remolque, a lo que nos pidiera. Faltaría más.

La primera chispa que prendió fue un verso de Brassens, cómo no, mal traducido (según Krahe) por Paco Ibáñez y defendido a muerte por el tercero en cuestión. “¿No a la gente no gusta que? ¡Eso no existe, hombre!“, zanjó el poeta. Nos habló del bisabuelo Krahe, un católico alemán que bajó al Sur a predicar y acabó por casarse con una malagueña en Sevilla. Nos recitó una canción recién parida y aún sin música. El estribillo terminaba con un “cualquier tiempo pasado fue mujer“. Por supuesto que le preguntamos mil cosas y él contestaba con mil preguntas más. Y sonreía y me miraba con un “¿pero tú cómo sabes eso?” y yo me moría de vergüenza. Mientras, una veinteañera, groupie andaluza, intentaba embaucarle y él la miraba como diciendo “pero mujer, ¿no has visto que podría ser tu abuelo?“. Con un palmo de short vaquero aseguró que su prenda se sostenía sin cinturón porque ella “tenía caderas“, a lo que Krahe respondió que “sí, de hecho ya me había fijado“. Más tarde, y envalentonado por el whisky, mon frère ainé (esto es, el tercero en cuestión) se la jugó al hablar de Sabina, pero Krahe sacó a relucir esa sonrisa con la que calla diez mil palabras. Joaquín y yo podemos discutir tres días seguidos por un diptongo“. Aquello me hizo creer que al de Úbeda todavía le quedaba algo de la curiosidad que lo hizo imprescindible hace veinte años. O al menos Krahe era capaz de azuzarle para recuperarla. No es de extrañar que el autor de “19 días y 500 noches” comente que “ahora no, pero hasta hace unos años, al terminar una canción me preguntaba: ¿Le gustará a Krahe?, que era una medida bien jodida“.

Los párpados fueron pesando más conforme avanzaba la noche, las palabras había que buscarlas y la tos del Krahe sonaban desde un rincón cada vez más profundo de sus huesos. Nos habló de cuánto se aburrió en el colegio de curas y cuánta literatura leyó en horas de estudio. De amores que perdonaban lo imposible y de los imposibles que perdonaron sus amores. ¡Pero cómo no perdonar al mejor autor de canciones de amor de nuestra lengua! Canciones de amor real, lejos del circo de las radios. Ahí está “Paréntesis”, o “Sortijas y gestos”, o “Mi Polinesia”, o tantas otras. Canciones de amor y sus consecuencias, porque (como él mismo decía) “las canciones bonitas y románticas son esas en las que ella me deja (…) pero uno dice: oye, me van a salir unas canciones preciosas“. Males de amores tratados muy en serio, con un humor tan fino que los males son menos males. Y es que, ¿cómo aceptar esos pequeños dramas nuestros de cada día sin humor? El Krahe nos ponía una sonrisa (aunque fuera de autocompasión, ¿y?) al vernos ridículos en esos versos. Parecía decirnos que al final lo importante es lo que tiene importancia, y con el humor le quitaba el óxido a todo lo demás.

Estos días me toca mucho la moral (y otros apéndices) leer que falleció el autor que cantaba con Sabina, el que censuró Felipe González y el que fue juzgado por cocinar un Cristo. No, señores. No sólo fue eso, que también. Se nos ha ido aquel que seguía jugando (esto es, divirtiéndose) con la métrica en “Minimal de Amor”, o en “Las Antípodas”, con el verso libre en su “Piero della Francesca”. La bisutería de lujo que casi nunca merecimos. El Quijote artesano que escribió muchas de las mejores letras de este idioma. Alguien que amaba lo que hacía sin dejar de disfrutar la vida, que para eso está.

A los dieciocho me dedicaba a pasar y predicar discos suyos a mis compañeros de instituto. Sólo a los que no les gustaba que les tomaran por tontos. Esa fue una de las grandes virtudes del Krahe, no tomarte por tonto. Siempre exigía ir un paso más allá del mínimo común, sacarte del caca-culo-pedo-pis. Y eso, a una generación tomada por inútil, nos complacía. Ahora puedo volver a mis amigos y contarles, llorando como un gilipollas, triste de rabia, lo de aquella noche. Y decirles que no sólo era un gran conversador, que el truco estaba en que era mejor oyente. Que es lo mismo, pero no es igual. Cuando salté de “La Mandrágora” a “Cábalas y Cicatrices” y “Cinturón Negro de Karaoke”, descubrí un mundo al que dedicaría muchas horas de mi vida. Exprimir aquellas letras y buscarle mil vueltas era casi tan divertido como hacer mis propias chapuzas métricas. Escribí tantas que acabé por recopilarlas en un documento de cientos y cientos de chapuzas. Todas ripios sin valor pero, oiga, bien medidos. Después encontré esa joya documental (agradecidos de por vida a Trincado y Murugarren) que llevaba por título “Esta no es la vida privada de Javier Krahe”. Más tarde vinieron “Querencias y Extravíos”, “Toser y Cantar” y su últimos disco de estudio, “Las Diez de Últimas”, que ya es mala pata. El año pasado llegó el directo “En el Café Central de Madrid”. Un disco-dvd que ya empezaba a hacerse de rogar, por necesario. Los que nunca estuvieron en su directo, que lo vean y entiendan el porqué del ‘necesario’.

Se nos hizo extraño salir del Central y meterlo en el taxi de vuelta a su calle Pez. Tambaleando y en silencio, con sus piernas de alambre desafiando a la gravedad, se marchaba toda la magia que nos había empapado (por fuera y por dentro). El catalán y yo nos miramos con un “¿y ahora qué?“. Nos habíamos enamorado de la misma, ¡y se nos iba en el taxi después de regalarnos su noche! Fuimos a la plaza de Santa Ana con ganas de contárselo todo a Lorca y, para qué negarlo, buscando su consuelo… “¡Federico, ya te hubiera gustado conocer al Krahe!“.

El día que murió Krahe me llamó mi catalán y me dijo, “¿te acuerdas de aquella noche con el Krahe? Porque yo no mucho“. Sirva pues este artículo para recordarla, mon frère ainé.

¡Salud!

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