Querido futuro,

Vuelvo a pensar en ti y en si habremos logrado que muchos de los rasgos que nos definen hoy persistan en tu época. No necesariamente porque tú, acumulación de tiempo, nos hagas virtuosos, sino porque aún albergo la esperanza de que el tiempo nos enseñe.

Ya te confesé en mi primera carta que la música es especial para muchos de nosotros. Incluso a veces el estilo es irrelevante porque entendemos su poder genérico de transformación. Por eso intentamos ser selectivos, como en el cine o la literatura y como no nos vale cualquier cosa en cualquier momento, queremos acertar con la música que escuchamos en cada ocasión. Errar el tiro es inevitable, pero también fastidioso. Hay que reconocer que con los servicios de streaming ese riesgo se minimiza en comparación con la inversión en la compra de CDs y vinilos. En el pasado los comprábamos por impulsos, a menudo sin información. A veces desconocíamos el autor y los intérpretes, y no habíamos escuchado ni un pedazo de canción… ¡Cuánta música hemos comprado a ciegas! Para la escuela utilitarista esto sería simplemente un contradiós.

Oh, futuro, tú ya no lo recordarás entre tus pliegues de tiempo, pero poseer una colección modesta de CDs ya era todo un placer. Y qué decir de encontrar el momento adecuado al que me refería antes, las condiciones de soledad o compañía buscadas. Ponerlo. Dejarse llenar por el sonido, ir descubriendo acordes y melodías. Dejarse asaltar por el deleite del ritmo. Pero ese CD bien puede frustrar las expectativas e incluso resultar odioso. Todo eso es también utilitarismo. Y cuanto más desconocido, más placentero. Esto me pasó hace ya años, lo recuerdo perfectamente, con esta canción:

La metamorfosis del formato físico, que fomentaba la intimidad, en streaming ha favorecido la ubicuidad. La música está ahora por todas partes. Y no tendría nada de particular si fuera un descuido. Pero está intencionadamente en todas partes: ascensores, salas de espera, supermercados, restaurantes, etc. Vender más, amenizar esperas, o simplemente llenar silencios. Y esto, que con la música se ve a simple vista (o se oye, más bien), sucede de otra manera con el resto de disciplinas artísticas. Porque no se puede imponer de igual manera una estética porque alguna decoración debe haber en los espacios humanizados…

Hoy, antesala del futuro, esta tendencia es trendy. Gentes sesudas se esfuerzan por imponernos música cuando estamos distraídos o haciendo otras cosas: luchando con nuestros nervios en la sala de espera de un dentista, comprando tomate frito y lechuga iceberg, esperando unos huevos rotos o simplemente subiendo o bajando un edificio. De hecho, hace poco una compañía aérea presumía de tener un ‘director musical’ para sus vuelos, de forma que gracias a él “nos acompaña una relajante y agradable música que nos hace el embarque más agradable”. Definitivamente, vivimos en una burbuja musical. En unos casos lo que suena no te atrae. En el peor, te gusta y te impone, en un momento inadecuado, las imágenes mentales y sus recuerdos asociados. Querido futuro, mira lo que dicen en su web:

Nuestra música se divide en 2 grupos:

  • ‘Música de embarque’, que es la que suena desde que entramos al avión hasta el despegue, y son los prestigiosos álbumes de la cadena de cafeterías, los cuales se pueden conseguir a través de su página web y iTunes.
  • ‘In Seat Music y Audio on Demand’que son las listas de diferentes estilos de música que podemos escuchar a través de nuestro sistema de entretenimiento individual en los vuelos de larga distancia.

Parece que hubiera un plan sistemático para no dejar un segundo libre, un horror vacui que se disfraza de modernidad cool a manos de un DJ. Hay toda una estrategia premeditada detrás. Ya me dirás, ansiado futuro, si dura mucho. Porque con esta tendencia, ahora que sabemos algo más de Plutón gracias a la sonda New Horizons, el primero en ‘aplutonizar’ será el pinchadiscos.

Por eso quiero reivindicar el silencio en espacios públicos. Porque en él somos más libres, redimidos de las imágenes que proyectan las canciones impuestas. Aunque debo reconocerte que he puesto mucha música ambiente para trabajar con hojas de cálculo, como el tan aclamado último disco de Sufjan Stevens, el instrumental “The Endless River” de Pink Floyd o, sobre todo, el mayúsculo “Morning Phase” de Beck:

Son los tres claros ejemplos de álbumes conceptuales, esencialmente instrumentales, que rellenan mi espacio de trabajo privado sin el impulso de cantar o de seguir las letras. Y gracias a este artículo en El Quinto Beatle, añado Tame Impala. En fin, son rolas que permiten encontrar una lucidez silenciosa.

Como digo, era mi silencio. Ahí cada uno es soberano, al modo de Jean Bodin. Y esto incluye el coche familiar porque la música que los padres escuchamos debe socializar a los hijos, como una herencia en vida en forma de patrimonio cultural. De modo que a menudo pongo músicas en los viajes únicamente por esa función formativa. Quizás algún día te hable más sobre este asunto, pero como recordarás ya lo hice en Mis 31 Canciones.

Volviendo a los espacios públicos, no quiero sonar alarmista, pero urge aclarar esta cuestión. Porque tiene consecuencias sociales y políticas. El silencio es de dominio público y lo están privatizando. Porque, tal y como yo lo veo, es tan pernicioso prohibir la música (cosa que se ha hecho y se hace desde siempre) como imponerla, aunque sea para agradar. Es en este contexto que los poderes públicos deberían regular este ‘fallo del mercado’. Y quiero contribuir con un sencillo proyecto de ley:

Artículo 1.- Queda prohibida la pública reproducción de toda obra musical en los siguientes espacios:

  • Salas de espera, incluidas las puertas de embarque de los medios de transporte públicos.
  • Ascensores y montacargas.
  • Medios de transporte públicos.
  • Restaurantes, cafeterías y en general toda la cadena HORECA.
  • Parques y jardines.
  • Plazas, calles y avenidas.
  • Cualesquiera otros lugares públicos.

 

Artículo 2.- Un reglamento establecerá las excepciones que, por razones folclóricas y culturales de los pueblos, se puedan establecer.

Poco a poco llegarás, futuro, y poco a poco las generaciones se habrán socializado en espacios públicos con músicas impuestas. Las consecuencias sociales y políticas podrían ser incalculables y no caben en esta carta. Pero entre todos debemos evitar el caos y la anomia cultural.

Me despido ya de ti por el momento, en un silencio entre carta y carta, entre nota y nota, que al final es lo que crea la armonía, como parecen dar a entender Depeche Mode:

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.