Querido futuro,

Supongo que allá donde estés recordarás 2015 como el año en que en España celebramos ‘la fiesta de la democracia’ hasta en cuatro ocasiones. No somos los únicos, pues en Gran Bretaña o en Grecia han contribuido a esa fiesta. Resultados aparte, este año electoral me brinda la ocasión de escribirte de nuevo.

A nadie hoy se le escapa que las canciones son un poderoso instrumento de comunicación en esta ‘democracia mediática’. Y me atrevo a pensar que en tu inevitable época no será menos, pues los ‘universales’ son los únicos que escapan de la trinidad temporal, pasado, presente y futuro. Su capacidad para cambiar actitudes y animar pasiones, aunque sea en 3 minutos, no sólo es conocida, sino que se usa intencionadamente. Quién no ha querido conquistar a una chica con una balada, por ejemplo, o quién no pone música para animar una fiesta. Sin duda la relación entre comunicación política y emoción musical, da lugar a un rompeolas de los favoritos de los equipos de campaña para atrapar el voto.

Los equipos de las campañas electorales también lo saben. Una campaña electoral es esencialmente una iniciativa para cautivar el voto de los electores, aupar a los candidatos ante sus votantes fieles y movilizar a los indecisos. Tradicionalmente los mítines políticos, o las más recientes apariciones en televisión aunque son formatos cerrados o hieráticos, incluyen música.

Desconozco cómo será en tu tiempo, pero desde hace no pocos años hay lo que me gusta denominar un ‘rock de campaña’. No lo confundas con el ‘rock en campaña’, que se produce cuando son los propios grupos y cantantes que toman parte activa en la promoción de ideas políticos o de candidatos electorales. El rock de campaña se utiliza con la intención electoral de movilizar el voto, de lograr que esa papeleta acuda tarareando tu canción a la urna. Quizás el símil te suene anticuado, pero es como un smartphone recargando su batería: el cantante, dotado supuestamente de autenticidad, vigor y un relato concreto, transfiere carga eléctrica al candidato. Es cierto que habría que analizar qué tipo de relato (o qué imagen), qué carga y en qué momento, pero dejaré eso para ocasión más adecuada, querido futuro.

Como toda frontera genera fricciones. No es infrecuente que los candidatos abran sus mítines con canciones a cuyos autores no han pedido permiso. Eso genera al menos dos problemas. El económico es el más fácil de resolver compensando merecidamente al autor. Sin embargo, el segundo no lo supera una simple transferencia: si el artista no está conforme con el candidato el resultado suele ser un pleito bien porque no es de su gusto político bien porque no quiere ver implicada una canción suya con una campaña electoral.

Recientemente la edición estadounidense de Rolling Stone publicaba una lista de las batallas legales entre autores y candidatos (que puedes leer aquí). Futuro, lo interesante en mi opinión es comprobar el creciente interés por el pop-rock de cualquier candidato como herramienta de conexión con los votantes, especialmente los jóvenes.

Por otra parte, es también interesante ver que un pleito legal obliga al autor a salir a la palestra a manifestar sus ideas políticas. Y esto no tendría nada de particular si no estuviéramos en medio de una fuerte corriente que arrastra a los creadores culturales hacia las orillas tranquilas de la apatía política. Para un líder de una banda es incómodo que el mercado (más que sus fans) perciba que es más de izquierdas que de derechas, o viceversa. Aunque ha pasado siempre, veo una tendencia creciente a desvincularse de posicionamientos políticos por parte de los artistas ‘comerciales’. Algunos incluso rechazan abiertamente una posible dimensión política. Eric Clapton por ejemplo afirma en su autobiografía que incluso evitaba a aquellos colegas más ‘politizados’ (The Autobiography, Arrow Books, pág. 99). Y me supongo que en tu época no será muy distinto.

Quizás el caso más evidente de músico posicionado es el de Bruce Springsteen, a quien el conocidísimo intento de uso de su canción “Born in the U.S.A.” en los ochenta por Ronald Reagan habría forzado a posicionarse. Desde aquel momento ya no oculta sus inclinaciones «liberales», lo que aquí llamaríamos progresistas, que le han llevado a participar activamente en las campañas de Barack Obama, que para eso es el maestro de la comunicación política moderna que emplea códigos culturales pop, música incluida. Por ejemplo, en este vídeo, no solo canta “Land of Hope and Dreams, o pide el voto para la re-elección, sino que da un breve discurso electoral:

Si en lugar del artista nos fijamos en la canción, con diferencia, la más pretendida por los candidatos republicanos estadounidenses es “I Won’t Back Down“, de Tom Petty, que es al mismo tiempo la más vetada y que ha dado lugar a pleitos por su autor.

Una vez más la ficción nos ofrece un interesante caso de uso del rock de campaña: la temporada 7 (y última) de la mítica serie El Ala Oeste de la Casa Blanca aborda la intensa campaña presidencial de los candidatos Santos y Vinik. Mientras que el segundo, el republicano, no se ve que recurra a músicos de pop-rock, Santos, el demócrata, sí lo hace. Aparecen Dave Matthews en una fiesta, Jon Bon Jovi de comparsa en el autobús de campaña y Foo Fighters tocando “Resolve” y “Miracle” amenizando la noche electoral. También se puede escuchar el “Beautiful Day” de U2 cuando (perdón por el posible spoil) Santos gana la elección.

Admito que todos los ejemplos que ilustran este presente de rock de campaña, futuro, son de Estados Unidos, donde es ya un asunto cultural propio de esa sociedad y de su cultura política. Por eso, si miramos un momento a España los planteamientos no paran de evolucionar hacia esquemas muy parecidos. Pero aún queda camino que recorrer. Quizás en tu época ya los candidatos principales salgan abrazados al cantautor más ‘auténtico’ sin parecer forzado. Aunque puede que eso también esté cambiando, ya me dirás. Desde el cantautor en los mítines de la Transición, por ejemplo Carlos Cano en el PSOE de Felipe González (tal y como lo recuerda Fernando Lucini), hasta los hits más pop en los comienzos de las campañas de este año. La pauta, digo, es similar: emplear canciones movidas con títulos sencillos y evocativos. Por ejemplo, “Roar” de Katy Perry en los mítines de Cristina Cifuentes. Da igual realmente que luego la canción pueda ser irónica o incluso diga lo contrario de lo que su uso quiera evocar. El uso es todavía similar al de animar la fiesta de una boda.

La clave detrás de esta evolución es que debe coincidir con la evolución misma del papel del pop-rock en la sociedad. Es decir, ningún director de campaña usaría códigos no plenamente compartidos para dirigirse al electorado. A medida que el rock deja de ser contracultural para convertirse en cultural o propio de los usos y costumbres de la gente, el uso de la música para animar un encuentro político se normaliza. Aunque sin duda ligado a relatos como ‘modernización’, ‘regeneración’ o ‘renovación’. Esto ha pasado hace decenios en los países anglosajones, y está pasando (poco a poco) en España. De la ignorancia o el rechazo al ‘iPod del candidato.

No sé cómo será en tú época, quizás tú me lo puedas decir, pero en lo que a nosotros respecta nos da la impresión desde aquí que ya estás en EEUU. Lo que sucede hoy allí lo seguiré con interés de futurólogo.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.