1968. Cream, trío británico, primer ‘supergrupo’ de la historia y plataforma de lanzamiento para un tal Eric Clapton, publica el álbum “Wheels of Fire”, que incluye 5 cortes en directo desde el teatro Winterland, en San Francisco. La primera de esas 5 canciones, “Crossroads”, fue catalogada por la revista Rolling Stone como la tercera mejor canción de guitarra de la historia de la música. La canción, un blues tradicional que grabó Robert Allen Johnson en el año 1937, quien fue uno de los descubrimientos de John Lomax y su hijo Alan.

20 de septiembre, 1983. En el Royal Albert Hall de Londres, se celebra un concierto para recaudar fondos al fin de combatir la Esclerosis Múltiple. En el Panteón inglés se da cita la ‘Crème de la Crème’ de la música británica. Jeff Beck, Jimmy Page, Steve Winwood, Clapton, Ray Cooper, Andy Fairweather Low… y Ronnie Lane, que ya padecía la enfermedad en aquel entonces y falleció, tristemente, en 1997.

Aquel concierto bajó el telón a la melodía de un clásico de la música americana, “Goodnight Irene”, escrita por Leadbelly y grabada en 1934 por… los Lomax.

Crawdaddy Club, 1963. Un grupo de adolescentes blancos saltan al escenario cantando “Come On”, un rock and roll de Chuck Berry, que se convertiría en el padrino de una banda menor conocida como ‘Los Balas Perdidas’ o, en anglosajón, The Rolling Stones.

¿Es casualidad que todas las bandas y artistas citados con anterioridad en este artículo sean de procedencia inglesa? No, no debemos creer en las coincidencias a gran escala y, sin duda, hay muchos motivos para argumentar que esta situación tiene poco de azarosa.

Pero, si queremos descubrir el misterio, vamos a tener que ir hacia atrás, al sur de los Estados Unidos de América, a las tierras de la esclavitud, para adentrarnos en la sociedad de raza negra y antecesores africanos; el lugar en el que cambió la música y, a consecuencia, el mundo… Mississippi.

Se nos acabarían las noches si quisiésemos mencionar y analizar a todos los artistas que nacieron de la desesperación y la esclavitud. Sin duda, son dos de los elementos fundamentales para la popularidad del blues.

En el año 1933, Huddie Ledbetter (Leadbelly), cumplía condena por asesinato en la cárcel estatal de Louisiana.

John Lomax y su hijo Alan, probablemente los dos musicólogos más prolíficos y famosos de nuestro tiempo, recibieron la noticia de que en aquel reprimido estado del sur de la América ‘libre’ había un hombre de estatura inusualmente grande que era capaz de hipnotizar a todos los convictos con su guitarra y su voz consumida por el whisky. Guiados por su pasión musical e incansable deseo de descubrirle al gran público sonidos que escapaban al control popular, se embarcaron en una cruzada que tenía poco de sagrada y mucho de histórica.

Fruto de sus esfuerzos surgieron algunas de las grabaciones ‘folk’ más emblemáticas del siglo XX. “The Library of Congress”, nombre que recibe la más antigua institución federal cultural americana, recogió entre los años 1934 y 1943 canciones como la ya mencionada “Goodnight Irene”, “Where Did You Sleep Last Night”, “John Henry” o “Governor Pat Neff”, dedicada al hombre que otorgó la amnistía a Leadbelly para que pudiese iniciar su carrera musical.

Él fue, sin ninguna duda, uno de los primeros trovadores de los Estados Unidos, sirviendo de ejemplo e inspiración para artistas como Bob Dylan, Kurt Cobain, Johnny Cash o Elvis Presley. O, lo que es equiparable, el apogeo de la lucha por los derechos civiles, la revolución rockera de los 90, la leyenda del Hombre de Negro y su facilidad para desnudar la sociedad o el nacimiento del rock and roll.

En el cruce de las autopistas 69 y 41, Clarksdale, Mississippi, Robert Johnson vendió su alma al diablo a cambio de tocar el blues mejor que nadie. Probablemente nunca sabremos a ciencia cierta qué pasó exactamente en el periodo en el que Robert Johnson desapareció de la Tierra durante 3 semanas para volver convertido en el mejor guitarrista del momento, pero sí tenemos testimonios que nos guían un poco en esta desmitificación.

Son House, otro gran cantante de blues y contemporáneo de Johnson lo describe así:

Él era un cantante decente y un guitarrista terrible pero, desapareció durante 3 semanas. Llegamos a pensar que había muerto y, entonces, volvió de donde sea que fuera, y era increíble. Nunca había escuchado a nadie sacar ese sonido de una guitarra. Fue después cuando empezó a salir todo aquello del pacto con el diablo. Yo no sé qué hizo, pero lo hizo”.

A Robert Johnson, el maestro de la guitarra Eric Clapton lo definiría como ‘El artista de blues más importante que ha existido‘. Los Rolling Stones le conservarían siempre en el panteón sagrado de los ídolos intocables. Además, el Rock and Roll Hall of Fame incluyó 4 de sus canciones en la colección “500 Songs That Shaped Rock and Roll”, es decir, las quinientas canciones que dieron forma al rock and roll.

La influencia de sus letras, con ese toque de malditismo propio de almas condenadas a vagar por las mazmorras del infierno, tocaría a un sinfín de poetas, desde Leonard Cohen hasta Led Zeppelin, pasando por Springsteen y llegando al mismo Dylan. Como otros muchos grandes genios (Edgar Allan Poe, Vincent Van Gogh o Arthur Rimbaud) Johnson no consiguió ningún reconocimiento de su obra en vida. Tuvo que ser a principios de los 60 cuando una generación británica salida de la posguerra cambiaría la música al otro lado del océano.

Si hemos mencionado ya la importancia del dúo Lomax en la música estadounidense, ésta adquiere una dimensión aún mayor en lo que se refiere a la música como movimiento mundial. En 1960 la música americana pasaba por un periodo de impasse. Las orquestas de swing de Duke Ellington, Stan Kenton y Count Basie habían visto un declive de su popularidad. El bebop, aunque una música profunda y que expandía los límites de la armonía convencional de la mano de Charlie Parker y Coltrane, era un arte que no llegaba al gran público.

El folk lideraba un país que luchaba por liberarse del yugo de guerras en países lejanos al igual que por la salvación de la oprimida raza negra. El empujón casi definitivo en esta cruzada racial vendría, paradójicamente, del otro lado del océano. Vendría de la vieja y olvidada Inglaterra.

The Beatles fueron el primer gran fenómeno británico que aterrizó en América. Siempre recordaron quienes habían sido sus maestros. Chuck Berry, Elvis (John Lennon llegó a decir que antes de Elvis no había nada), y uno de los grandes inventores del rock and roll: Little Richard.

Después de los Beatles, la invasión británica se convirtió en poderosa realidad y el desembarco fue máximo. The Rolling Stones, David Bowie, Led Zeppelin, The Animals, Van Morrison (aunque este era de origen galés), Fleetwood Mac y, ya más adelante, artistas como Dire Straits y Elton John.

El movimiento que hoy conocemos como Invasión Británica ayudó no sólo a los propios artistas a desarrollar su creatividad, sino al mismo país norteamericano. Al ciudadano de a pie que, gracias a esta nueva corriente, fresca y electrizante, descubrió el bagaje histórico de su propia tierra y le impulsó a moverse hacia adelante.

El equipo de grabación de los Lomax

Si tenemos el privilegio de poder escuchar la música que se ha hecho a lo largo de los últimos 50 años es gracias a 3 elementos fundamentales:

El primero, los músicos británicos que excavaron en las trincheras del olvido lo suficientemente profundo como para encontrar un sinfín de reliquias sentimentales perdidas en el trasiego del vivir.

El segundo, John y Alan Lomax, que con su anhelo incansable por descubrir nuevos sonidos y su pasión por la música iluminaron a una generación que cambió el mundo.

Y el tercero y más obvio, los cientos de artistas que nacieron a las orillas del Mississippi y nos dejaron himnos inolvidables que trascenderán a nuestro tiempo, al de nuestros hijos y probablemente a cualquier tiempo que esté por llegar hasta que el Sol decida engullir nuestro planeta.