Querido futuro,

Como ya habrás intuido por mi primera carta, algunos vemos la vida a través del prisma de la cultura, en general, y del pop-rock en particular. Escuchar buenas canciones de Sons of Bill o US Rails al conducir o disfrutar de un buen directo de Joseph Arthur o Marc Ford forman parte de nuestra forma de entender el mundo. Como para un niño un balón, y viceversa. Pero lo más interesante es que nos da la oportunidad de conectar casi espiritualmente con los demás, creando un colectivo nuevo.

Por eso hay cosas que nos llaman la atención, e incluso nos inquietan. En esta época de principios del siglo XXI se puede apreciar una creciente banalización de la imagen del pop-rock en los medios de comunicación. Futuro, en un contexto en el que el negocio del fútbol es la referencia intelectual de mucha gente, parece que corremos hacia ti como pollos sin cabeza. Algunos nos esforzamos por leer buenos libros, ver películas inteligentes y escuchar discos redondos, aunque sea en streaming. Nos llaman hipsters, gafapastas, culturetas o, simplemente, pedantes. Vale.

Lo malo no es frivolizar o no tomarse las cosas en serio, eso lo hacemos todos con frecuencia. Y es hasta necesario. Lo preocupante es tomarse en serio cosas banales. Por eso, querido porvenir, parece que los medios de comunicación estén construyendo nuestros ídolos musicales con pies de barro. Nos entran por los ojos ‘entertainers’ (no como el de Billy Joel, sino más bien el de Robbie Williams) cuyo mérito esencial es una imagen erótica. Y no es que me quiera poner en plan puritano, no lo soy. Tampoco quiero menospreciar o reírme de lo que millones de coetáneos disfrutan, no se me vaya a enfadar Víctor Lenore. Pero sí quiero recordarte el valor de la ‘autenticidad’ musical. A la cultura hecha para (per)durar.

No es ocasión de entrar en el debate sobre si la cultura es un derecho o si es una ‘commodity’, porque ahora me interesa el valor que cada uno le damos, ajenos al mercado o a los poderes públicos. A la vista está que hasta hace poco (quizás vuelvan estas golondrinas) los ayuntamientos eran promotores de los conciertos más importantes (al menos cuantitativamente), o que la red de bibliotecas municipales es un baluarte de la cultura popular. También lo está el que la venta de discos físicos cae con estrépito. Pero insisto, futuro, se trata ahora del valor que cada uno le damos a la cultura, a la música.

El escritor Michel Houellebecq pone en sus propios labios lo siguiente, que revela mucho de lo que trato de expresar, refiriéndose a la falta de calidad y perdurabilidad de los productos comerciales actuales: “También nosotros somos productos, productos culturales. Nosotros también llegaremos a la obsolescencia. El funcionamiento del mecanismo es idéntico, con la salvedad de que no existe, en general, mejora técnica o funcional evidente; solo subsiste la exigencia de la novedad en estado puro” (El mapa y el territorio, Anagrama 2011, pág. 150).

Cuando hablo de banalización pienso en las inacabables portadas de la prensa online occidental. Qué paradoja, para ellos el presente es una sucesión de pequeños futuros. Sobre todo los llamados ‘confidenciales’ que basan su éxito en titulares medio ciertos y fotos espectaculares. Yo también sacio mi sed de noticias, procrastinado sin piedad, refrescando la pantalla de mi ordenador, por si en el último minuto ha habido alguna nueva crisis mundial.

En ese contexto online encontramos algunas, no muchas, noticias de música. Cuando se habla de rock suele asociarse a vicio juvenil y a contracultura (de esto ya te hablaré en el futuro) y cuando se habla de música suele ser de cantantes atractivas. Me refiero a las neo-divas: Lady Gaga, Rihanna, Miley Cyrus… o incluso una Madonna que se resiste a envejecer, que tienen una imagen sexuada (tirando a machista) y unos ritmos y melodías fáciles para que hagamos click en la prensa digital.

Estos días, mientras te escribo esta carta, lo más importante en el mundo de la música es si Taylor Swift publica o no su último disco en Apple Music; o que hace nada menos que 6 años que murió Michael Jackson. Marketing. Commodities. No sé cómo será en tus días, pero en es estos sólo algunos heroicos blogs se atreven a profundizar en los contenidos musicales e ir más allá del mero significante.

Dos excepciones de estos días: el último disco de James Taylor es número 1 de Billboard 200 en Estados Unidos, cuyo título además te da un portazo, futuro: “Before This World”. El otro, el 50 aniversario de los dos únicos conciertos de los Beatles en España: recintos medio vacíos, 30’ de actuación y el régimen francamente incómodo.

Otro ejemplo lo encontramos en la canción del verano, una necesidad que es más social que cultural. Me doy cuenta de que en tu época, porvenir, puede que la lista de canciones del verano sea de las pocas cosas que se recuerden de esta nuestra. A mí me gustaría que se nos recordara por cosas como “Wring out each memory ‘till I get every drop” (escurrir cada recuerdo hasta la última gota) del cancionero de Dawes. El grupo californiano acaba de publicar un disco memorable. Quizás con mejores músicas y leras no tan buenas como en los anteriores, pero para mí “Things Happen” (de donde saco el entrecomillado) o “I Can’t Think About It Now”, debería formar parte del patrimonio cultural contemporáneo:

La intensidad crece en cada compás. Es cierto, el oyente debe hacer un esfuerzo por entrar en la canción. A eso me refiero cuando hablaba de la cultura perdurable: una vez hecho ese esfuerzo ya forma parte de ti como un tatuaje.

Por otro lado, la dinámica de la industria musical, en plena reconversión, explicaría buena parte de la banalización: la pérdida de preponderancia del álbum frente a la canción tiene más consecuencias negativas que el fracking. La fragmentación de los mensajes, la incertidumbre sobre un deleite personal amenazado por millones de canciones ubicuas y desubicadas, el consumo compulsivo del último hit y de recopilaciones navideñas. Donde los artesanos musicales se baten en retirada ante the next big hit de YouTube. La banalización vende porque la compramos. El resto solo es underground y contracultura gafapasta, que algunos tildan de clasista.

Todo lo anterior me sirve para decirte que la clave hoy parece estar en el tipo de mensaje: uno banal y pasajero, basado en una imagen a la moda que llega pronto y deja beneficios inmediatos; frente a otro que exige un esfuerzo al público y a los intermediarios. No creo que cuando lleguemos a ti, querido porvenir, haya un vencedor distinto del que se intuye. La duda hoy me parece que es cuáles serán sus efectos culturales y políticos.

Time keeps on slipping through my fingers
But I can’t think about it now“.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.