Querido futuro,

Cuando te alcancemos seguiremos tan desorientados como en el presente. Seguiremos buscando nuestra identidad como personas y como sociedad. Así que quiero empezar a escribirte estas cartas para que cuando te alcancemos nos puedas mostrar los restos de lo que somos. Una vez allí, tendremos que discernir lo merezca la pena y lo que es despreciable del presente. Ya te lo dijo Leonard Cohen en “The Future”.

No sé siquiera si mi juicio puede servir de modelo, pero desde el presente alguien debe empezar a lanzarte señales de vida. Rechacemos el presentismo. Modestamente, hay dos ámbitos en la vida en los que ya voy sacando algunas conclusiones: política y rock. Política entendida como el arte de gobernar para ti, porvenir, no como gossip partidista que dejo para las hemerotecas. Y rock como el noble arte de cómo unos pocos elegidos le ponen al mundo un espejo delante para que les proyecte hacia tus brazos. En realidad, no están tan lejos como pudiera parecer. El rock es una colosal metáfora y la política es la promesa de convertir metáforas en hechos. En esa pugna hay que hallar la verdad. Y en esa búsqueda me encontraréis a mí. Y a estas ‘cartas futuras’.

Tampoco quiero ni puedo descubrir todos los secretos del presente. Tú mismo debes esforzarte por esperar pacientemente a que te llegue, lentamente, sin futurologías. Quizás al final de estas cartas podrás mejorar tus propias conclusiones. Aunque habrá veces en las que sólo te hable de música, será siempre tratando de enfatizar su ‘significado’. Y es que, la verdad, para estos diagnósticos te resultará más interesante conocer las consecuencias sociales y políticas de un disco o de una banda que saber quién toca el bajo o cualquier otro aspecto del ‘significante’.

Basta de preámbulos, no vayas a alcanzarnos prematuramente en explicaciones que tú ya adivinas. Aprovechando que hace bien poco estuve en el concierto de Ron Sexsmith en Madrid y que es un gran compositor de melodías pop, le tomaré como excusa. Lo cierto es que una parte del interés estaba en la puesta en escena: el teatro Lara de Madrid, todo el mundo sentado y con poca pinta del típico concierto de rock. Los asistentes éramos cuarentones y cincuentones que queremos apreciar la buena música, la calidad… y dejarnos ver con nuestras barbas, gafas de pasta y saberes enciclopédicos sobre música y cultura actual. Había algún VIP del pop-rock nacional como Álvaro Urquijo y Ramón Arroyo, de los Secretos, Leiva ex Pereza, Javier Vacas de los Coronas, o Santiago Alcanda de Radio 3.

Te llamará la atención el hecho de que un concierto de pop-rock pueda ser tan importante. Lo es. Yo lo llamo la ‘experiencia colectiva del rock’, tratando de sintetizar cómo pasamos de escuchar generalmente a solas canciones que nos gustan a la liturgia en comunidad de la sala de conciertos. Justo ahí hay algo nuevo y distinto que define esta afición que nos une por la música. Al menos así lo entiendo yo, querido futuro: esta no es una religión que se profesa en solitario puesto que hay momentos en los que la grey se une para venerar a sus santos, pero también para generar, precisamente, una comunidad. Del deleite personal a la experiencia de grupo, a la identidad de tribu y a la dimensión política, por tanto.

A menudo establecer paralelismos entre la política y el pop-rock resulta, cuando menos, arriesgado. En cierto modo para mí es una mezcla de hobby y profesión que me lleva a intentar ver ambas esferas de manera coherente y diferente. Como si hoy la una pudiera explicar la otra y viceversa. Así de posmoderno, así de provocador. En el caso de esta primera carta, oh futuro, la palabra que las entrelaza es ‘profesionalidad’.

Tanto en la música rock como en la actividad política la profesionalidad vienen últimamente acompañadas de una mueca: a muchos les cuesta imaginar a un rockero alejado de una birra trabajando duro e, incluso, con disciplina. En lo político, con las ‘mareas ciudadanas’ y las ‘candidaturas de unidad popular’ alcanzado el poder institucional estos días, la profesionalidad del político puede resultar hasta sospechosa.

Pero sostengo que el esfuerzo metódico y el manejo de habilidades profesionales son insumos imprescindibles para realizar con éxito ambas actividades. Y es que, hijos míos, comprobaréis que es difícil que un músico de primer nivel se equivoque sobre el escenario. Tan es así que cuando un músico raramente se equivoca en el escenario resulta muy curioso de ver.

El propio cantante lo reconoce: las otras veces que le pasó estaba borracho. Bromas aparte, la falta de concentración suele hacer a un tenista fallar… y a un vocalista dar la nota equivocada u olvidar la letra. Así que cuando el ‘ángel’ se le escapa al músico o al político suele ser por uno de estos dos motivos: porque no se lo ha preparado suficientemente, abusando de esa confianza en el ‘genio hispánico de la improvisación’, o porque se deja llevar por un personaje distinto al que debe interpretar.

En la política sucede de manera semejante. En mi vida profesional he asistido a cientos de ruedas de prensa, de comparecencias parlamentarias, de entrevistas para medios, de conferencias, etc. Apariciones públicas en las que representantes políticos y altos cargos de la administración del Estado comunicaban sin error su mensaje. Este podría ser más o menos rico, más o menos acertado, pero la comunicación solía ser eficaz. Porque el verdadero profesional de la comunicación política no se confunde si utiliza adecuadamente las técnicas.

Rock y política si se parecen en algo es en que ambas son comunicación en estado puro. la buena música transmite emociones, al igual que debería hacer la buena política, que debería ser capaz de llegar a emocionar. Pero al mismo tiempo hoy se precisan profesionales: músicos y políticos, intérpretes de un relato mediante unas técnicas específicas de unos y otros que deben conocer y usar. Por eso creo que deben ser profesionales, no diletantes. Incluso profesionales de la ciencia política han fracasado en la arena política, como describió Michael Ignatieff en Fire and Ashes. Aunque es también posible que el hábito haga al monje.

Este ha sido el caso de la nueva alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, en el programa el Objetivo el 14 de junio pasado. En este ejemplo, al comienzo anunciaron que la entrevista estaba pactada hacía semanas. Sin embargo, en la conversación predominaba la idea de que, como no había tenido tiempo de ir a su nuevo despacho del Ayuntamiento, aún no tenía datos para responder. Eso explica que esa entrevista girara entorno a conjeturas, ideas programáticas y, al cabo, muy escasa información. La comunicación política quedó en el terreno personal (muy eficaz por la cercanía y sencillez de Carmena), lejos de lo institucional y concreto. En mi opinión debían haber jugado con el tiempo, con el futuro, posponiendo al menos una semana ese encuentro ante las cámaras.

Precisamente el otro día Ron Sexsmith cometió un pequeño, minúsculo error al comienzo de una canción. Inmediatamente detuvo la banda y mandó volver a empezar. Ve la equivocación, la admite y comienza de nuevo. Es un profesional que, de algún modo, te predice. Es curioso poder afirmarte esto, futuro, pero a veces resultas cercano y predecible si suples con trabajo y profesionalidad tu ignorancia. En eso consiste todo.

Pero todo esto quizás tú ya lo sepas, futuro.