DAVID BOWIE

De entre todas las personalidades interesantes y emblemáticas de la historia del rock (and roll), pocas encontraremos con el aura de fascinación, exceso y ridículo que exhuma David Bowie por todos sus poros maquillados. En su britanísima figura, entre otras cosas, vemos asimilados los más obvios e imprescindibles preceptos de la farándula con una sinceridad desarmante, que por tan incómoda, tan visceral, acaso se tropiece con la siempre gozosa coyuntura de artista que o se ama o se detesta.

David Bowie nunca ha sido ni será un compendio de habilidades musicales. Ni es el mejor letrista, ni el mejor cantante, ni mucho menos tiene la creatividad compositiva de otros grandes de su tiempo. En cambio, sí es uno de los artistas de mayor inteligencia y visión, al más puro estilo de Bob Dylan (su incuestionable alma gemela); una visión que le ha permitido seguir en el candelero desde que se zafara de la amenaza del ‘one-hit wonder’ con “Space Oddity”, se echara una siesta, y volviera por todo lo alto, en 2013, con “The Next Day”. Y su secreto, aparte de lo andrógino, lo hortera y lo arriesgado de su estilo, está en una mixtura de todo ello: una habilidad camaleónica. Bowie no es sólo Bowie: también es Ziggy Stardust, Aladdin Sane o el Duque Blanco, es un aberrante catálogo de identidades que ocultan sus más bien modestas virtudes musicales para a su vez golpearnos con una intuición empresarial estremecedora, a caballo entre la autoconsciencia y el cinismo.

El amiguete descubrió lo que molaba reinventarse gracias a la mediación de, como no podía ser otro modo, la Velvet. Acabando un concierto de la banda del plátano acudió a presentarle sus respetos a Lou Reed como la locaza que era, y ahí se quedó germinando fluidos sin advertir que en realidad aquel tipo no era Lou Reed, sino un nota llamado Doug Yule que había acudido para hacer de suplente. Esto le dio mucho que pensar a Bowie, en torno a lo falaz en que se convertía la identidad humana cuando ésta se repantingaba sobre un escenario. Sombras, ambigüedades, oportunidades para ser quien no eras gracias a fingirlo con todas tus ganas. Así pues, Bowie decidió dejar de ser por un tiempo Bowie y se convirtió en esto:

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[pullquote]”The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” es una obra maestra del rock, del glam, de la opera rock o del subgénero de pacotilla que se prefiera, en la que nada sobra ni nada falta. Un hallazgo de galácticas proporciones.[/pullquote]

Y, además, y yendo ya a lo que nos interesa, sacó un disco alucinante, de nombre tan hiperbólico como su apariencia y de ambición conceptual tan ridícula como lo que era, esencialmente, toda su empresa. “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” era una ópera rock de argumento bien definido, donde cada canción servía a una (insulsa) intención dramática, y cuya puesta en directo le llevaría de gira haciendo el paripé con una pompa y una circunstancia excepcionales. Todo en compañía de su banda de apoyo, las talentosas Arañas de Marte comandadas por el guitarrista Mick Ronson, y  todo precipitado a un apoteósico final en el que Ziggy ascendería a los cielos y volvería a su planeta. En fin. Gracias a David Bowie, que regresó como no dejaría de hacer en los años posteriores, el rock es tan absurdo, estúpido e inexorablemente encantador.

Centrándonos en el disco, “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” empieza directamente con toda la épica de baratillo que imperará en el resto del trabajo: “Five Years”, la llegada del marcianete mariposón a la Tierra, avisando a unos terrícolas que ya se encuentran marcando el número de la comisaría más cercana de que al planeta no le quedan dos telediarios, sino cinco. El anuncio, así las cosas, no podría ser más impresionante, con un crescendo perpetuo conseguido no tanto por la (increíble) instrumentación como por la voz de David Bowie, cada vez más afectada, que acaba estallando en el sacrosanto “We’ve got five yeaaaaaars”. Así da gusto que nos invadan, carajo.

[pullquote]David Bowie nunca ha sido ni será un compendio de habilidades musicales. Ni es el mejor letrista, ni el mejor cantante, ni mucho menos tiene la creatividad compositiva de otros grandes de su tiempo. En cambio, sí es uno de los artistas de mayor inteligencia y visión.[/pullquote]

Después de meterse con la contaminación, el calentamiento global y lo carroza de la autoridad, Ziggy continúa con su alegato jipiesco para hablar del amor, distinguiendo concretamente entre tres: el soul, el stone, y el new. Pues vale. “Soul Love” es otra canción sobresaliente, de melodía seductora, juguetona, y en la que nuestro amigo extraterrestre le saca tal partido a la palabra “love” que haría enrojecer a Robert Plant. Aparte de los dionisíacos lalalás del final.

Los lalalás siempre funcionan, y conducen a la disparatada “Moonage Daydream”. Aunque parezca mentira dada la ajustada competencia, la canción más friki del disco. Ziggy encima parece tomárselo en serio mientras nos confiesa que, sí, debimos haberlo imaginado, es toda una ‘rock and roll bitch’, y la irrupción de los vientos redondea la atmósfera circense, a la vez que el salvaje solo de guitarra hace que subamos la apuesta por el todo vale. Para llegar a “Starman”. Que no puede ser más genial. Una canción de diez, que haría que respetásemos a Bowie aunque no hubiera hecho más que eso y el estribillo fuera clavado al “Somewhere over the Rainbow” (Ziggy incluso cantaría parte de la letra en muchos de sus directos). A título personal, me vuelven especialmente loco los punteos que se suceden al primer y tercer estribillo, en los que confluyen, nuevamente, los lalalás marca de la casa. Ziggy cuenta ya con toda nuestra simpatía; dejémosle hacer y que cunda la pansexualidad.

[pullquote]Imposible pasar por alto la supina inteligencia de Bowie al mezclar frivolidad, autoparodia y sensibilidad en todos y cada uno de los temas.[/pullquote]

A continuación Ziggy, para lucir el Trabajo de Fin de Grado que una vez elaboró en torno a las raíces de esa música terráquea tan dicharachera, nos viene con su personalísima reinterpretación de un blues clásico. De Ron Davies. “It Ain’t Easy”, que por mucho que entronque con afroamericanos sudores y tristezas, parece tan frívola como el resto, y Ziggy se permite hacer auténticas virguerías con la voz poco antes de travestirse y acometer el memorable y apianado “Lady Stardust”. Una maravilla de canción, y van, con estribillo de pegada no por típica menos tremenda (y es que qué musical es la ajadísima expresión “It’s all right”). Interrumpimos un poco la afloración de obras maestras, que esto llega ya a ser obsceno, para darle vueltas a la idea del rock and roll star con “Star”. Ziggy se está volviendo una celebridad, por lo tanto se hace mainstream y ya parece que no mola tanto, aunque con el principio de “Hang On to Yourself” supuestamente inspirara el riff del “God Save the Queen” de los Sex Pistols. Mick Ronson ahí, con sus taconazos, es un fuera de serie, y cuando el obsesivo Ziggy le deja un poco de protagonismo no puede petarlo más. Sin embargo, las tensiones parecen llegar a ser demasiadas y los Spiders from Mars anuncian su separación. Una pena, pero al menos es un pepinazo como “Ziggy Stardust” el que nos documenta el asunto. Ziggy se encuentra melancólico, olvida sus delirios con el glam más desalmado para marcarse esta preciosidad a medio tiempo, con ecos inexcusables al “Knockin’ on Heaven’s Door” de ese Dylan que tampoco es de este mundo. ¿Dónde están las arañas? Se pregunta, lánguido, el maquillaje agrietándose.

Abandonado por sus compatriotas, Ziggy se abandona por su parte a los vicios, más aún, y los registra a golpe de rock patatero con la moderadamente divertida “Suffragette City”. Guitarrazos que añoran a Mick Ronson mientras Ziggy percibe que el final se acerca, y acaba llegando en forma de suicidio; específicamente, de “Rock and Roll Suicide”. Que es una de las canciones más hermosas jamás escritas. Que es lo mejor que Bowie, Ziggy, el Duque Blanco o el que sea, escribirá nunca. La absoluta perfección, la más despectiva huida de lo terrenal, la cumbre del rock. Fue “Rock and Roll Suicide” la canción con la que Ziggy Stardust se despidió de sus amigos terrícolas, un 3 de julio de 1973, en el Hammersmith Odeon de Londres. Desde el “estaré aquí mismo” no existió despedida interracial mejor. “Oh, no, love! You’re not alone”, nos aseguraba a todos. No estamos solos. Y ya, desde entonces, nunca lo estuvimos.


David Bowie – The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars


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  • La supina inteligencia de Bowie al mezclar frivolidad, autoparodia y sensibilidad en todos y cada uno de los temas.
  • La producción.
  • Los solos de Mick Ronson.
  • En realidad, prácticamente todo. Hasta las canciones más flojas nos predisponen a disfrutar con mayor hondura de las mejores.

dislike

  • Que no se logre sintonizar con las intenciones de Bowie y su invento se perciba tal y como es, como una grandísima y autoindulgente chorrada.
  • Que se acabe.

PÁGINA DE ARTISTA

DAVID BOWIE

9.7

Obra maestra del rock, del glam, de la opera rock o del subgénero de pacotilla que se prefiera, en la que nada sobra ni nada falta. Un hallazgo de galácticas proporciones.