GEORGE HARRISON

La separación de los Beatles fue traumática para absolutamente todos. Traumática como eufemismo de una noción mucho más desgarradora, acaso indescriptible. Surgía al abrigo de una tragedia mundial, una que incluso enternecería a aquellos que nacieran muchísimo después y que, luego de darse una escucha tan casual como, acabáramos, maravillada, se encontraban con que después de “Abbey Road” no había más fiesta. Sí, ya, “Let It Be” se publicó después, pero esa es una de las ventajas de la historia pasada, que puedes articular el relato a tu gusto y como debió haber sido.

Algunos de los más traumatizados fueron, por supuesto, los propios Beatles, ahora como entes individuales que debían demostrarle al mundo su solitaria valía. Paul y John estaban establecidos como grandes compositores y quizá pudieran permitirse vivir de las rentas, dormirse al amparo de la fama criada. No lo hicieron sin embargo, quizá por su afán de demostrar al mundo que uno era mejor que otro, y todos salimos ganando, como es notorio (himnos como “Imagine” o “Band on the Run” no precisaba de ningún cuarteto de Liverpool para justificarse). Entretanto, ¿qué ocurrió con los otros dos, Beatles de segunda fila, eclipsados por la imborrable rúbrica Lennon/McCartney? Pues bien. Ringo optó por hacer lo mismo de siempre; esto es, divertirse, exprimir el legado de la forma más lúdica. George, por su parte…

Al imaginario colectivo, o algo así, George Harrison ha pasado como el Beatle silencioso, el místico, el excéntrico, el que tan pronto te hacía baladas imperecederas (ah, “Something”) como hacía que pasaras de canción en cuanto oyeras un sitar. Otros incluso (como yo, porque es más divertido) lo han querido ver como el amargado, el rencoroso, el tan frustrado como virtuoso músico que siempre debía plegarse a los designios de Paul y John, que además eran los que siempre se llevaban todas las titis; si incluso cuando consiguió echarle el lazo a Pattie Boyd, un milagro de la madre naturaleza, esta acabó largándose con su amigo Eric Clapton. En efecto, George fue siempre un pobre desgraciado, aunque en la música que sacó en solitario quisiera hacer trascendentes dichos problemas personales sazonándolos con Dios, con Buda, con el Dalai-Lama y demás. Su tormento encontraba entonces una explicación satisfactoria: este mundo no estaba hecho para él. Él quería algo más. Él solo estaba cansado de este mundo tan tristemente material.

Living in the Material World” es el nombre del cuarto álbum en solitario de George Harrison, lanzado el 30 de mayo de 1973, luego del gran éxito de crítica y público que fue, y no es para menos, el triple LP “All Things Must Pass”. Este a su vez era ya el tercero, pues el pícaro de George llevaba componiendo a su bola desde 1968, y de hecho la mayoría de sus cortes habían sido ideados en plena decadencia Beatle. Debido a esto, el disco a analizar era el auténtico debut, la prueba de fuego del ex Beatle, que debía mostrar su madurez artística ya totalmente al margen del Fab Four. ¿Cómo le salió el empeño? Pues bastante irregular a decir verdad; una irregularidad que ya, qué le vamos a hacer, no se separaría de él a lo largo de toda su carrera posterior. Veamos por qué:

Comienza con “Give Me Love (Give Me Peace on Earth)”, el single del disco, una cancioncita agradable e inofensiva, tan pegadiza como inocua. George le pide a alguien que le traiga paz al mundo con mucha delicadeza, su voz tan azucarada deshaciéndose, para no dejar lugar a dudas, en reflexivos “oooommms”, redondeados por un piano muy bien ensamblado. En fin, que no es algo extraordinario, pero se deja escuchar, advierte tímidamente de que hay vida más allá de los Beatles, y encima no es un plagio, como ocurría con “My Sweet Lord”. Más no se puede pedir, ¿no?

La cosa sigue tirando a discreta con el siguiente corte, “Sue Me Sue You Blues”, en el que al menos George deja de lado (no por mucho tiempo) el rollo panteísta para rajar de McCartney que da gusto, en torno a los diversos procesos judiciales que la ruptura de los Beatles trajo consigo. Exhumando, por tanto, una bilis que, al ser escupida por la voz tan melodiosa y tímida del bueno de George, acaba siendo más irónica de lo que pretende, y el resultado es finalmente, además de un poco demasiado largo, bastante raruno.

El autor sin embargo está exultante en lo que a bilis se refiere, y continúa repartiendo leña con “The Light That Has Lighted the World“, esta vez más comedido e introspectivo. Una canción limpia, etérea como sólo le salían al Beatle silencioso, cuya letra peca ocasionalmente de obvia: “It’s funny how people just won’t accept change”. Sí sí, divertidísimo, sobre todo porque la melodía se parece horrores a la del “Jealous Guy” de John Lennon, y uno puede entretenerse insertando su célebre silbidito entre las estrofas.

Y bueno. “Don’t Let Me Wait Too Long” sí que es, por fin, una canción sobresaliente, con una melodía perfecta bien apuntalada, y un no sé qué que te lleva directamente a los tiempos de los Beatles. La letra no es nada del otro mundo, ni del material ni del otro, pero la crítica dice que está dedicada a Dios. Otra vez. No sé, llamar a Dios “baby” es un poco raro, ¿no? Blasfemo diría yo. Pero qué sabré.

En “Who Can See It volvemos con las confesiones, esta vez recargadas con una producción tan excesiva que nos remite también a los Beatles, pero concretamente a la insoportable “The Long and Winding Road”. La melodía subyacente entre tanto sindiós (que George me perdone), aun así, es bastante buena y, aun así también, le falta algo, sobre lo que nos quedamos reflexionando justo cuando irrumpe, dicharachera, la canción que da nombre al álbum.

Living in the Material World” rompe un poco con la languidez del disco, en forma de una canción animada y atropellada a la que se van sumando instrumentos (entre ellos, la batería del bueno de Ringo Starr, por lo que ya el tema es genial de por sí).

En otro orden de cosas, una decisión impecable usarla como título del disco, ya que aquí coexisten las dos obsesiones principales de George: Dios por un lado, omnipresente; y los Beatles por otro, a los que menciona de manera explícita.

The Lord Loves the One (That Loves the Lord)” habla, aunque parezca mentira, del Altísimo, pero esta vez lo hace de modo tan evidente y simplón que da hasta un poco de vergüencita. Que te imaginas a George con una guitarra animando al púlpito desde el altar, vamos. Dentro de lo más puramente musical, contamos con una parte del verso marchosa y un estribillo insulso que precipita el tema al olvido, y tan sólo para que en “Be Here Now” sigamos con la homilía. Una canción que, como todas las canciones del disco, es bastante bonita y también, como casi todas, bastante aburrida. Al menos, en comparación con la manierista “Who Can See It”, esta está muy bien producida, encontrando el punto justo entre lo minimalista y lo grandilocuente, y poniéndonos a tono para otro tema destacable: “Try Some, Buy Some”. Producido por Phil Spector, el tan cacareado muro del sonido hace aquí aparición sin que tampoco esta vez acertemos a definir qué diantre es el ‘muro del sonido’. Sólo sabemos que mola. Y que, probablemente, este es el punto álgido del álbum.

En “The Day the World Gets ‘Round” George, siempre tan modesto él, habla de lo bueno que fue el concierto de Bangladesh, organizado por él mismo, para lo que el mundo y el género humano se refiere, sin que su egolatría militante estropee una, verdaderamente, muy buena canción, que consigue ir más allá de esa vocación de mantra, tan cansina, que tiene la mayor parte de “Living in the Material World”. Por último, “That Is All” concluye el disco con mucha dignidad y autoconsciencia, a modo de repaso de lo dicho, y aburriendo hasta el final, como el cometido requería.

“Living in the Material World” es un disco olvidable, que ni el talento de George para las melodías atina a rescatar del todo, y supone un argumento perfecto para esa tendencia tan paternalista de ‘escuchar los discos de los Beatles en solitario porque son los Beatles, que si no…’. Una tendencia muy poca digna de elogio, sin embargo, ya que aunque a chispazos (y siempre, o al menos mientras pudo, con John Lennon en cabeza), la obra residual de los Beatles es dignísima de escuchar.


George Harrison – Living in the Material World


  • Aquellos momentos en los que se nos permite recordar que George Harrison es un Beatle y que, de hecho, es el mismo que compuso “Something”, “Here Comes the Sun”, “While My Guitar Gently Weeps” o “Piggies”.
  • Las referencias a su status de entonces y a su relación con John, Paul y Ringo son casi siempre muy simpáticas.
  • Es un álbum muy coherente y sincero; al menos, parece que George nos habla en todo momento desde su corazón, de las cosas que son importantes para él.

  • Canciones largas, sosas, cursis.
  • Dios por aquí, Dios por allá.
  • Orquestaciones, según qué momentos, muy pretenciosas.
  • Sólo hay un momento genuinamente rockero, “Living in the Material World”, y no es que sea una barbaridad.

PÁGINA DE ARTISTA

5.5

Obra menor en una discografía, por lo demás, susceptible a reivindicaciones. Producción muy cuidada, letras que para George significarán siempre mucho más que para nosotros, y un conjunto cuya comparación con el álbum precedente, “All Things Must Pass”, hace flaco favor.