Alguien comienza a tocar la batería. Un ritmo machacón, quizá original pero no memorable, en todo caso uno que se sabe mero anticipo, una manera de hacer tiempo. Un platillo introducido como al descuido, y ya sabemos que algo no marcha bien. Alguien empieza con el bajo, siguiendo el ritmo machacón. Se desliza por una línea repetitiva, opaca, tocada de manera tan regular y contundente que un oyente más o menos experimentado se figura que ahí hay ha de haber algo de púa. O eso, o el bajista se está machacando los dedos, desafía la tonsura de su epidermis y mmm… la melodía mola. Es siniestra. Pegadiza. Ya eres capaz de tararearla y de complementar la batería incansable, que sigue a lo suyo. Ni siquiera te planteas que sea necesaria una guitarra eléctrica, ¿lo ha sido alguna vez? Pero aquí llega el hacha, permitiéndose introducir un riff igualmente sencillo entre los ‘huecos’ que le deja la insistente y voluminosa línea de bajo. Llevaremos como doce compases así, sin darnos cuenta de que estamos hipnotizados. Y, entonces, sólo entonces, Ian Curtis.

Joy Division siempre tocaba la misma canción pero, lejos de ser esto algo malo, de achacarles pereza o impostura, la tocaba por un fin superior, una tras otra, pretendiendo obviar los bajones en su repertorio de la manera más bestia que se les ocurrió: todo su show era un bajón. Desde el principio hasta el final, sin picos, sin estridencias, sin clímax. Su música fue siempre un estado de ánimo más que un conjunto de canciones, y de no ser por los llamativos bailoteos del señor Curtis, de cuya muerte se han cumplido treinta y cinco años, nadie acertaría a recordar sus directos, sus momentos cumbre, como nadie recuerda lo que se le pasó por la cabeza durante una borrachera, un colocón o un orgasmo.

Pero basta ya de ripios baratos; dejemos que Ian Curtis, además de bailarín y crooner, sea el único poeta en este artículo. Ávido lector de Kafka, Burroughs y Ballard; creyente confeso de David Bowie, Ian fue siempre un chico introvertido y, sin embargo, uno cuya tendencia a la melancolía no había de sofocarle sus impulsos más primarios. Así las cosas, llevaba casado desde los diecinueve años cuando asistió a un concierto de los Sex Pistols y coincidió con Bernard Sumner y Peter Hook, guitarra y bajo respectivamente. El gusto por el glam, la afición a la marginal Velvet o su hábito de escribir poesía íntima e inconfesable no impedían que Curtis encontrara enormemente atractivo el grupo de Johnny Rotten y Sid Vicious; seductora su falta de prejuicios, su provocación, lo básico y, por tanto, avasallador de su sonido. El punk era su medio de expresión ideal, en efecto. Sólo su libertad, lo poco exigente de su público y del momento cultural, permitiría el triunfo de una banda tan excéntrica como Joy Division, antes Warsaw, donde la precaria habilidad y formación musical de los miembros la compensaba el tener muchas ganas de expresarse y algo que decir.

En los ensayos y bolos subsiguientes el diamante en bruto empezó a brillar, ¿cómo era posible que ese chiquillo enclenque y ojeroso poseyera semejante y portentosa voz de barítono? Cuando comenzó a enseñar sus letras y poesías, en plena consonancia con su aspecto y ánimo, quedó claro quién sería la cabeza visible del grupo; nadie tuvo nada que objetar, y mucho menos los hasta tres baterías que pasaron por la formación en los primeros días.

La danza de Ian Curtis fue el último y feliz descubrimiento, aunque, al igual que su voz y talento lírico, no era más que una endeble fachada del trágico retrato que subyacía detrás. Curtis sufría ataques de epilepsia, más frecuentes a medida que el grupo iba acogiendo éxito y los problemas de entendimiento con su Debbie se acumulaban, y aquellos pasos enloquecidos, que luego de esquivar el inicial ridículo causaban fascinación y éxtasis, no eran más que un modo que tenía su organismo de prepararse para el próximo colapso. Preparativos que, durante los últimos conciertos, terminaban abruptamente, y Curtis se desmayaba y moría al tiempo que el público no dejaba de jalearle, afrontando su propia y colectiva epilepsia, creyendo que todo seguía formando parte del espectáculo. Acertadamente, pues Joy Division era, en esencia, eso.

joy-division-perdimos-el-control-2Además de un álbum, el archiconocido “Unknown Pleasures”, que supo transmitir para la posteridad todos los vericuetos de aquel espíritu torturado y tremendista. El único publicado con Ian Curtis vivo, para más inri, y que contaba con una portada que, se me excuse lo frívolo, NO PODÍA MOLAR MÁS. Diseñada por Peter Saville, convertido en icono de lo alternativo y lo siniestro, envolvía un disco modélico en cuanto a su transparencia y fidelidad con el directo. Por supuesto, no es posible ver a Curtis bailando mientras se saborea, pero sí, gracias a su formidable producción, es muy fácil imaginarlo, poco después de haber dado al play, irrumpir “Disorder”, y tú entrar en un trance de cigarrillos humeantes y cuchillas de afeitar tintas en sangre. Exacto, la alegría de la huerta.

Joy Division es un grupo de culto, y es uno de tantos grupos de culto que se le pueden atragantar a un neófito y que más difícil lo tienen, por mucha carga romántica que atesoren, para ganarse un hueco en el corazón de los melómanos más tradicionales. No cuenta en sus filas con grandes músicos, tampoco con melodías que vayan más de la ocurrencia de un chaval que toca las cuerdas al tuntún a ver qué sale, y ni siquiera cuenta con un cantante de sobresaliente técnica que justifique el culto. Tanto rollo suicida y desesperado, además, es lógico que se le atragante a tipos que o bien ya han superado la pubertad, o nunca les ha dicho nada Evanescence, o están seguros de que con dos collejas se le quitaba la tontería al Curtis. Es cierto. Incluso Joy Division devendría una banda que, entre unas cosas y otras, da gusto odiar.

El problema está en que tú escuchas dos segundos de cualquiera de sus canciones y sabes de quién se trata, muy a tu pesar. Descubres entonces que Joy Division tenía un sonido propio, personalísimo, irrepetible por mucho que abanderaran la corriente del post-punk, una muy larga y sinuosa que llega incluso a España (como Parálisis Permanente, hijo tan desgraciado como su padre). Y que, además, su renuente legado va más allá de la música, su aura de malditismo sortea los distintos movimientos y se identifica, por ejemplo, con Kurt Cobain. Por no hablar de la falta de sonrojo en los integrantes al tocar sin tener ni idea, amparándose en su originalidad y su autoconsciencia satírica. Sí, gracias a Joy Division tenemos a los indies. ¿Necesitáis algún otro motivo para cogerles tirria? Creo que no y, bromas aparte, es absurdo tratar de restarle importancia a lo obvio: Joy Division es uno de los grupos más importantes de la historia de la música, uno en cuya influencia reparamos cada día, más allá de las camisetas o las caras largas.

Ian Curtis se suicidó ahorcándose en la cocina en la noche del 18 de mayo de 1980. Horas antes había estado viendo una peli de Werner Herzog, escuchando a Iggy Pop y reflexionando sobre todo lo que iba mal en su vida. La epilepsia empeoraba, los problemas matrimoniales derivados de su infidelidad con Annik Honoré también, y se sentía culpable por su pequeña hija Natalie. Una depresión de manual, con un desenlace trágico también de manual dentro de la historia popular del rock. Sus compañeros de grupo quedaban huérfanos, pero antes de respirar hondo y convertirse en New Order, publicaron su segundo álbum, a la sazón póstumo, y el single que se convertiría en la canción más famosa de Joy Division, “Love Will Tear Us Apart”. Título que figuraría, como epitafio, en la tumba del mismo Curtis.

El amor que nos destruirá, nos matará, nos partirá en pedazos. El amor que acabó con Ian Curtis pero que también le hizo ser como era, poseer una personalidad tan atractiva, inolvidable. Escuchar Joy Division no es otra cosa que asomarse a ella, tratar de aprehenderla, de hacerla pasar por una infausta catarsis que deje todas tus miserias personales a un lado a la vez que sabes que nunca las has sentido tan cerca.

O algo así, no sé. Desde luego Joy Division mola. A ratos, pero mola.