Lo más divertido de todo es que, pese a ser “Exile on Main St.” el mejor disco de los Stones, no suele contar entre sus filas con ninguna de las cinco, o incluso de las diez, mejores canciones de la banda. ¿Cómo se entiende? Simplemente porque éste es el álbum que mejor ejemplifica por qué eso de decir que un grupo te mola mucho, pero ejem, canciones sueltas, es una blasfemia, una hipocresía y una inmadurez. Quiero decir, tratándose de grupos consagrados, de culto y obligación, como los Beatles, Led Zeppelin, Queen o los propios Stones. Cuando le recomiendas furibundo a alguien, por ejemplo, que se escuche algún disco de Jet en su totalidad, más allá del “Are You Gonna Ge My Girl?”, quizá es que estás llevando tu megamelomanía demasiado lejos.

Sus Satánicas Majestades alcanzan la cima y lo hacen atropellada y subrepticiamente

Con este doble LP la banda liderada por Mick Jagger y Keith Richards alcanzó su cima creativa, y la alcanzó como había vivido (y viviría): a lomos de la suciedad, la anarquía y la chulería recalcitrante.

Centrándonos en el “Exile on Main St.”, que es de escucha obligada tanto para cualquier supuesto amante de los Stones como para cualquier chicuelín que lleve una camiseta con la lengua esa que lo peta, no cabe duda de que con este doble LP la banda liderada por Mick Jagger y Keith Richards alcanzó su cima creativa, y la alcanzó como había vivido (y viviría): a lomos de la suciedad, la anarquía y la chulería recalcitrante. Fue publicado en 1972 y en su momento no le gustó a nadie. Carecía de prototípicos pepinazos, más allá de “Happy” o “Tumbling Dice” (que, por otra parte, nunca le recomendarías al chicuelín de antes en un primer acercamiento para descubrir qué significaba la lengua esa que lo peta); parecía grabado sin premeditación ni técnica, era larguísimo y en una época en que las bandas de rock legendarias ya empezaban a cansar con su afán de experimentación y trascender el ser, “Exile on Main St.” no era más que el enésimo ejercicio de onanismo. En resumidas cuentas.

La inspiración de los Stones estaba descontrolada, y propugnaba el vómito constante y sonante de melodías, riffs, solos, experimentos (ninguno llegando a ser insufrible), versiones tan respetuosas como rompedoras, y letras que hablaban de drogas, mujeres ligeras de cascos y más drogas.

Todo rigurosamente cierto, pero quedaba por desentrañar la génesis de esta movida tan loca que les había salido. “Exile on Main St.” fue grabado en una casa que Keith se había pillado en el sur de Francia, a la que la banda decidió emigrar motivada por la grave presión fiscal que muy pícara soportaba en su país de origen. Este periplo forzoso, junto con una diaria y lúdica ruta en lancha hacia Mónaco e incluso Italia (a la que llamaban ‘Vía Principal’), acabó justificando el simpático título, “Exile on Main St.”.

Ocurrencia achacable al bueno de Keith, que durante la totalidad de las sesiones de grabación estaba colocado, por lo que se mantendría varios días tan despierto como su creatividad. De hecho, “Happy” la compuso enterita durante los minutejos que tardaron en llegar los demás Stones a uno de tantos ensayos. La inspiración de los compañeros, en efecto, estaba descontrolada, y propugnaba el vómito constante y sonante de melodías, riffs, solos, experimentos (ninguno llegando a ser insufrible), versiones tan respetuosas como rompedoras, y letras que hablaban de drogas, mujeres ligeras de cascos y más drogas. Es decir, el rollo de siempre, pero concentrado en unos pocos días de desenfreno que dieron luz al disco con el que, según creencia popular, el rock and roll alcanzó la perfección. No puedo estar más de acuerdo con esto, y aquí vienen las razones.

Comenzamos con “Rocks Off”, y la verdad es que un disco tan largo y tan abiertamente desafiante al tedio no podría disponer de un inicio mejor que este, al que tanto unos pianos muy juguetones como unas trompetas inmejorablemente introducidas inyectan la sensación de anticipar algo grande. Puede que al final se haga un poco largo y desaproveche la contundencia del puente, pero es una joyita de canción; primera de muchas, pero pálida en comparación a “Rip This Joint”, una gozada de rockabilly, tan veloz y desquiciado que acaso podríamos llamarlo ‘punkabilly’, y largamente considerada la composición más rápida de todas las paridas por el grupo. Un tema, además, divertidísimo, con un saxofón aguijoneante y orgásmico y una letra que, al más puro estilo del “All Together Now” de los Beatles, es de un chorra irresistible: “Wham, Bham, Birmingham… Alabama, don’t give a damn…”. Y así.

A decir verdad, este álbum es el rollo de siempre de los Stones, pero concentrado en unos pocos días de desenfreno que dieron luz al disco con el que, según creencia popular, el rock and roll alcanzó la perfección.

A continuación llega “Shake Your Hips”, versión de Slim Harpo, y un tema algo desconcertante, en el que la letra, de tan pesada que está con lo de mover las hips (caderas), te exhorta a bailar y, sin embargo, el ritmo es tan raruno, con una batería tan pasada de rosca, que sólo te llena de una energía que no puedes liberar de ninguna manera, ni mucho menos llegando a “Casino Boogie”, la cual es por cierto bastante aburrida, rozando lo mediocre, que sólo impulsa para adelante medianamente el subidón que pega la batería llegado un momento. Nada es perfecto, ni siquiera el “Exile on Main St.”… Pero por ahí viene “Tumbling Dice”, el corte más célebre del álbum, no necesariamente el mejor, pero es indudable que cuenta con una estupenda melodía, grandes arreglos y, en resumen, un atractivo tan seductor como el de la protagonista de la letra.

Afrontando, digámoslo ya, la parte más alucinante del álbum, justo después nos plantamos con “Sweet Virginia”, ese temazo, el cual cuenta con un estribillo, más bien una coda, que según llega, ante nuestro deleite, no se va. Para cantar en los bares, ebrio de gloria, con una pinta en la mano y el brazo estrechando a varios desconocidos que has conocido esa misma noche pero que se han convertido en los mejores amigos que tendrás nunca. Himno.

Forzoso es aclarar que “Exile on Main St.” fue engendrado a partir de tomas descartadas de grabaciones de discos anteriores, y que dentro esta tónica de genialidad desordenada, varios temas también estupendos hubieron de quedarse fuera.

Más allá de los ‘bordellos’ mencionados, “Torn And Frayed” se revela como un muy sensible y evocador cántico, cuya eficaz melodía encuentra un estable asentamiento en los apropiadísimos pianos marca de la casa. Seguidamente tenemos “Sweet Black Angel”, canción protesta sobre el racismo que, efectivamente, desentona un poco, y no sólo por la escasa sutileza que desprende: “She’s a sweet black angel, not a sweet black slave”. Pues vale. En “Loving Cup” el piano a cargo de Nicky Hopkins e Ian Stewart alcanza su culmen, tan inocente y pizpireto como contundentemente bello. Por si fuera poco, cuando entra el estribillo, paralelo a la batería, es que el tema ya da miedo de lo bueno que es. Y el caso es que habría que canonizar a Keith por cositas como “Happy”, el único single lanzado en el que canta y, dado que suyo es también (como no podía ser de otro modo) el sencillísimo riff, es el total protagonista. Las vientos que irrumpen en cierto momento, como ocurría en “Rocks Off” o, retrotrayéndonos a discos anteriores, “Bitch”, redundan lo molón de todo.

Un pasatiempo muy en la línea de “Rip This Joint” es “Turd On The Run” que, por muchos coros y aires blues que atesore, se queda en muchísimo más insustancial que el anterior. Mick Jagger no deja de decir “oh, yeah”, lo cual es siempre un plus, pero comparado con la siguiente canción se queda en nada: “Ventilator Blues”, único tema acreditado al por lo demás efímero Mick Taylor, quien ideó el insistente riff y el esqueleto de un corte que podría pasar por otro blues machacón, pero en el que el estribillo tiene tanta fuerza que, jo. La parte final del “What You Gonna Do About it” repetido hasta la saciedad, acompañado de unos solos de piano que no pueden ser más excesivos, remata un gran tema, sin discusión, que entronca con una canción extraña y oscura como es el “I Just Wanna See His Face”. Ésta parece desubicada en el disco, pero hace gala de una particular grandeza de la que Tom Waits debió contagiarse en mayor o menor medida. Mi tema menos favorito del álbum, pero hay que reconocer su originalidad y valentía. Esto sí es experimentar, y no la patata del “Revolution 9” beatleiano.

Nunca comprendimos cómo era posible que los Rolling Stones hubieran hecho algo así. Cómo, de repente, y durante sólo 67 minutos, se habían convertido en una banda mejor que los Beatles.

Y, diantre, “Let It Loose” sí que es una balada de belleza contundente y siniestra, donde el órgano es una maravilla y a medida que pasa el tiempo todo evoluciona, es cada vez más emotivo, añade más instrumentos y voces. Jagger firma una de sus más sobrecogedoras interpretaciones vocales, en la canción más larga y ambiciosa de “Exile on Main St.”, y, muy probablemente, la mejor.

Volvemos al rock and roll más clásico y juguetón con “All Down The Line”, sin nada especialmente malo ni especialmente bueno. Siempre ha sido de los temas más tocados en los directos, algo que no se puede decir de, extrañamente, casi ninguno de los otros que pueblan el doble álbum, como tampoco de “Stop Breaking Down”, puro y duro blues, versión de Robert Johnson, con una armónica desatada y casi obscena. Canción que disfrutas, pero que en la vida te meterías en tu Walkman/iPod/Mp3/4/5 de cascos hiperbólicamente grandes. Y finalmente llegamos a “Shine A Light”, el mejor momento del álbum, al menos en lo que a mí respecta. Esta gema. Esta canción tan etérea, preciosa, celestial, que define a los Rolling Stones como grupo y justifica toda su carrera. Puede que nunca aparezca en las listas de lo más granado o que el rollo góspel del que tan acusadamente se impregna juegue en su contra de cara al examen de su carrera global, pero esta canción es una de las grandes, de una perfección tan insultante que nos arroja a la más acuciante humildad y que, encima, fue mejorada progresivamente con la sucesión de versiones. Porque sí, era posible. Acabar con “Soul Survivor”, tema tan correcto como intrascendente, no fue sin duda la mejor opción (“Shine A Light” como el mejor de los finales, de los testamentos, de los epitafios posibles), pero al menos deja buen sabor de boca.

Y eso es todo, o, más bien, casi todo. Forzoso es aclarar que “Exile on Main St.” fue engendrado a partir de tomas descartadas de grabaciones de discos anteriores, aunque parezca mentira, y que dentro esta tónica de genialidad desordenada y, por qué no decirlo, miope, varios temas también estupendos hubieron de quedarse fuera. Cuando años más tarde fue editado el “Exile” completo, tal como fue concebido, no nos cabía en la cabeza que temas como “Plundered My Soul”, “Dancing In The Light” o, demonios, “Following The River” hubieran sido tan flagrantemente descartados. No entendíamos nada. Como, tampoco, nunca comprendimos cómo era posible que los Rolling Stones hubieran hecho algo así. Cómo, de repente, y durante sólo 67 minutos, se habían convertido en una banda mejor que los Beatles.

The Rolling Stones – Exile on Main St.

9.8 INSTANT CLASSIC

Sus Satánicas Majestades alcanzan la cima y lo hacen atropellada y subrepticiamente, en forma de un chorro de música tan liberador como, en un principio, algo inaccesible. Lejos de la inmediatez de los álbumes anteriores, el “Exile” es un plato que requiere una digestión lenta y reposada, para que finalmente puedas advertir su auténtico sabor y descubrir los motivos por los que, en efecto, se trata de una obra maestra.

  • “Exile on Main St.”.

  • Que hasta las canciones más flojas dan un poco igual, y que la crítica ha llegado a quedar sosa, pienso, por esto mismo.