MUMFORD & SONS

Fuck the banjo. I fucking hate the banjo. We murdered it”. Así de claro exponía Winston Marshall de los Mumford & Sons sus ganas de hacer algo nuevo y alejarse de los instrumentos acústicos que habían marcado la banda desde el inicio. De este modo, poco antes de empezar a grabar su tercer álbum, Mumford anunciaron que dejarían a un lado sus característicos banjos y contrabajos para probar un sonido más eléctrico. Eso para una formación cuya seña de identidad son los instrumentos rancheros y el folk revival más enérgico fue arriesgado. Un cambio de estilo semejante supone un gran golpe de aire fresco, pero por otro lado también hace impredecible la reacción de un público acostumbrado a sus destellos rústicos.

Mumford & Sons plantearon este cambio por gusto más que por necesidad. Les movía el deseo de no hacer lo mismo otra vez, a pesar de la buena acogida de “Babel”, su anterior trabajo que consiguió el Grammy a mejor álbum el año 2013, superando a The Black Keys con “El Camino” o al mismo Jack White con “Blunderbuss”. La buena recepción crítica daba plenas garantías de éxito a su sonido, pero lo cierto es que volver a darle al banjo hasta la saciedad también en su tercer disco lo hubiera convertido en algo rápidamente monótono y obsoleto. Llegados a este punto los Mumford debían plantearse si renovarse o morir de éxito.

[pullquote]Un sonido más eléctrico supone un gran golpe de aire fresco, pero por otro lado también hace impredecible la reacción de un público acostumbrado a sus destellos rústicos.[/pullquote]

Con este contexto aparece Wilder Mind, un largo de doce canciones con las que el grupo quiere que ‘abramos nuestra mente’ para descubrir su nueva faceta y convencernos de que tienen algo más que ofrecer.

Para conseguir una sonoridad diferente Marcus Mumford y los suyos confiaron en la producción del experimentado James Ford (quien ha trabajado para Haim, Florence + The Machine y Arctic Monkeys, entre otros) juntamente con Aaron Dessner de The National. Sus toques en la producción se notan con tan sólo escuchar la base instrumental de la primera canción de “Wilder Mind”: “Tompkins Square Park”, que nos recuerda mucho a “Red Eyes” de The War On Drugs y en la que parece que en cualquier momento vaya a entrar la voz de Matt Berninger cantando “Graceless”. Comparaciones a parte, el primer tema funciona muy bien como introducción a este nuevo mapa sonoro, con una cadencia agradable que se funde con la buena voz de Marcus cantando sobre el final de una relación sentimental. ¿Se estará refiriendo al banjo?

Cuando aparece “Believe” todo suena relativamente familiar. Su rítmica ascendiendo gradualmente hasta el estallido instrumental, la voz una octava más arriba para el apoteosis final, mezclado con unas letras repetitivas y pegadizas hacen que la canción sea perfecta para las emisoras musicales, a pesar de ser un material al que estamos muy acostumbrados. Algo similar pasa con “The Wolf”, diseñada para motivar al público en los estribillos instrumentales más que con la escasa complejidad lírica. Lanzada como segundo sencillo del álbum es seguramente la pieza más salvaje, que se funde con su predecesora para asegurar un momento de desenfreno.

La letra de “The Wolf” dialoga directamente con la de “Wilder Mind”, en la que Marcus habla de su lobo interior y de su necesidad de liberarlo, haciendo referencia al deterioro final de una relación. Resuena el eco de “Tompkins Square Park” y su temática. El acompañamiento instrumental en esta pieza no es para nada arbitrario, si por una parte la percusión simboliza el latente deseo de liberación, las guitarras y el teclado sonorizan la dominación a la que se refiere la canción, interrumpiendo y ganando volumen al final de algunas estrofas, asfixiando la voz. En “Wilder Mind” se cristaliza el deseo de regresar a los instrumentos primarios de los miembros del grupo, las ganas de abandonar la acústica folk y adentrarse en un territorio que, según parece, les interesa mucho más.

Just Smoke” analiza nuevamente el borde de la ruptura sentimental, por lo que el tema empieza a sonar bastante gastado (aunque queda para rato). No obstante, la conjunción instrumental con las demás canciones es notable, en esta pieza la parte instrumental gana mucho, desatando la fuerza del grupo y reactivando la electricidad del disco.

Ciertamente, a este punto del disco nos hemos ‘olvidado’ de los anteriores Mumford, se les nota cómodos con lo eléctrico. La conexión que se establece entre temas está muy bien conseguida: el trayecto desde “The Wolf” hasta la delicada “Monster queda justificado tanto líricamente como musicalmente. Marcus sigue reafirmando su lobo interior, esta vez con la constante de “So we come to a place of no return” parece remarcar que no hay vuelta atrás, que todo lo anterior no va a volver. Toda una metáfora para enterrar su pasado.

Snake Eyes” empieza con la delicadeza que hereda: tímido inicio de guitarra con unos sutiles acompañamientos de teclado y batería para desencadenar una energía final a base de percusión y voz a todo volumen. La estructura se repite en “Broad-Shouldered Beasts”, pero a un tempo más lento. Una voz dominante con una guitarra y teclados para vestirla hacia el apogeo, al que le sigue la calma previa al subidón final. Una estructura muy conocida para el grupo.

La sorpresa llega con “Cold Arms”, una canción con la que menos es más; pocos acordes de guitarra y la voz de Marcus consiguen una profundidad con la que desaparece la monotonía instrumental aunque no lírica. Esta pieza es sin ninguna duda la canción más íntima de la placa, en la que nos imaginamos a cantante y guitarra solos ante el público, recuperando las raíces folk y conectando estupendamente con esta nueva dirección.

Volvemos a la musicalidad indie-rock del disco con “Ditmas”, que nos traslada de nuevo a un terreno más propio de grupos como The National. Lo cierto es que al ser tan paradigmática rebaja bastante el factor sorpresa, pasando bastante desapercibida, en contraste con “Only Love”, con un inicio muy lento y melancólico al que se van incorporando los demás instrumentos paulatinamente. Todo fluye y nos transporta lentamente hacia la dinamita del final, acompañada de una letra que recuerda al mítico “Litle Lion Man” de su primer disco.

Finalmente, llega la despedida. “Hot Gates” es la encargada de cerrar el disco y la recta final que se ha iniciado con “Cold Arms”. Más pausada, mezclando la historia griega con su sentir personal, acaba siendo una ilustración del Carpe Diem, recordando que a pesar de la fragilidad sigue habiendo vida por delante. Finaliza el trabajo con calma, pero sin pesar, por lo que la encontramos una buena elección de clausura.


Mumford & Sons – Wilder Mind


  • El cambio de estilo ha sido arriesgado pero a la vez oportuno. ¿Deberíamos quedar saturados de banjos subidos una vez más?
  • Aparte de los single de adelanto, el disco tiene buenos ases bajo la manga, por lo que funciona muy bien como unidad.

  • A pesar de renovarse, los Mumford & Sons han acabado con aquello que los diferencia como grupo para lanzar un disco que suena como a muchas otras formaciones del Indie Rock actual, lo cual hace que el trabajo carezca de originalidad o de sellos distintivos.
  • Poco ‘Wilder’ para demasiada ‘Mind’. ¿Hay vida más allá de las rupturas sentimentales?

PÁGINA DE ARTISTA

6.7

En general, “Wilder Mind” no es un mal disco, solamente hay que dejarse seducir por él para comprobar que tiene sustancia y que, en conjunto, funciona más que bien. Si bien es cierto que carece de alguna peculiaridad sonora que nos remita directamente a Mumford & Sons, la senda eléctrica que han tomado los británicos les sienta bien y los sumerge en el océano de la música rock actual, en el que podrán acompañarse de grupos como The National, The War On Drugs, Arctic Monkeys o cantautores que también se han sumado a lo eléctrico como The Tallest Man on Earth o la buena amiga del grupo, Laura Marling.