THE ROLLING STONES

¿No es espantosamente frívolo comenzar un artículo sobre los Rolling Stones comparándolos con los Beatles? ¿Sí, verdad? ¿Sólo se puede ser de unos o de otros? ¿Por qué hemos siempre de aglutinar dos de las mejores cosas que le ha pasado al mundo en términos musicales dentro de una ingrata disyuntiva? Pues, bien, por lo que a mí respecta, porque es extraordinariamente divertido, y no hay nada cómo hallarle una justificación plena y documentada a la opción preferida. El colmo del melómano, así las cosas.

Yo soy más de los Beatles. Sin la menor duda. Paul, John, George y Ringo formaron parte de la explosión creativa más revolucionaria del siglo XX, y poca duda puede caber al respecto, como poca credibilidad acoge la cantinela del “están sobrevalorados”, “eran unos blandos”, “hacían pop para nenas”… Por favor. Quizá algunos de los que saltan con lo del susodicho pop para nenas sean seguidores acérrimos de la banda de Keith Richards, Mick Jagger y compañía, y entonces asistamos a la peor cara de la disyuntiva que venía comentando. ¿Por qué descalificar a unos u otros? Los Beatles forman la mejor banda de la historia. Los Rolling Stones la forman justo detrás. Y qué problema hay, digo yo.

[pullquote]Mientras los Beatles hicieron gala de una milagrosa genialidad concentrada, la de los Rolling Stones fue una más dispersa, más terrenal, más de irse superando con cada disco que lanzaban al mercado, hasta finalmente alcanzar la cima.[/pullquote]

No me preocuparé en desentrañar el porqué de mis máximas, ya que ni es el momento ni el lugar, y aquí estamos para hablar de “Sticky Fingers”, lanzado el 23 de abril de 1971. Sólo decir que, ahí donde los Beatles hicieron gala de una milagrosa genialidad concentrada, la de los Rolling Stones fue una más dispersa, más terrenal, más de irse superando con cada disco que lanzaban al mercado, hasta finalmente alcanzar la cima. “Sticky Fingers”, primer trabajo publicado con el sello discográfico del grupo (Rolling Stones Records, sorprendentemente), primero en presentar en portada su legendario logotipo, y primero sin Brian Jones (se había pirado en medio de la grabación del disco anterior para inmediatamente después ingresar en el Club de los 27), no supone esa cima, pero la antecede de manera directa. “Exile on Main Street”, publicado al año siguiente, sí es el trabajo con el que los Rolling Stones abrazaron la genialidad absoluta y sin fisuras.Sticky Fingers”, por su parte, constituye una modélica transición, el disco perfecto de un grupo que está a punto de convertirse en leyenda, en el que conviven tanto temas inconmensurables como temas correctos, sin bajo ninguna circunstancia bajar el nivel. Analicemos paso a paso el disco que antecedió al momento en que, según se dice, el rock alcanzó la perfección.

Brown Sugar” es un tema de esos al que cualquier análisis ha de resultar superfluo. Tal es su grado de celebridad y misticismo que podría hablar tanto de una juguetona chica de color como de la heroína. Es pura y típicamente stoniana, con esos riffs de insultante facilidad, esa interpretación vocal chulesca y ese ritmo arrebatador. Y sin embargo, qué queréis que os diga, nunca ha sido de mis favoritas. Admitiendo su excelencia, siempre he pensado que le sobran un par de minutos, y que hay temas muchísimo mejores que merecen el puesto de honor que este ostenta.

Los vientos del tema anterior presagiaban lo estupendamente producido que estaría el resto del disco, y el segundo corte, “Sway”, no es una excepción, ejemplificando cómo una gran edición podría conducir a la eficacia sin paliativos una canción tan modesta como esta. Los pianos, los coros, los arreglos de Keith, los violines sobre el final… Todo es exquisito y bien medido dentro, claro, de su grandilocuencia. “Wild Horses” es una canción cuyo estatus legendario, al contrario que ocurre con “Brown Sugar” (y siempre, recordemos, en lo que a mí respecta), está plenamente justificado. Pocas obras habrá más hermosas que esta, con esas guitarras tan delicadas, esa batería que sabe tan bien cuando irrumpir para poner los pelos de punta, y esa constante sensación de que lo que se escucha es música con mayúsculas. Casi seis minutos de balada lánguida que pasan por segundos, y que encuentran un violento y espectacular contraste con la siguiente pista.

[pullquote]El disco al completo transmite la sensación de haber sido desarrollado en la época de mayor inspiración de la banda.[/pullquote]

En “Can’t You Hear Me Knocking” nos encontramos con riffs marca de la casa envolviendo otro temazo por el cual los Stones cuentan con nuestro amor incondicional, y que conducen orgánica e inevitablemente tanto a un estribillo estupendo como a, posteriormente, una larga, larguísima, Dios mío, extraordinariamente larga, sección jazzística que puede que no venga mucho a cuento, pero que a ellos les permitimos. Aunque siempre podemos parar la canción para saltar a la siguiente, claro. “You Gotta Move” es una composición blusera donde las haya (versión de un tema de Fred McDowell y Gary Davis) que se escucha con tanta satisfacción como rápidamente se olvida después. Sobre todo por anteceder al, usaré las mayúsculas si se me permite, PELOTAZO del álbum. Y esa es “Bitch”. Me duele admitirlo, pero los Beatles nunca aspiraron a construir piezas de rock tan irresistibles como esta. Caña pura, con un riff guitarrero que es la perfección de por sí, pero que cuando en un momento dado pasa a ser interpretado por un batallón de trompetas obtenemos algo muy parecido al orgasmo. Después de esto ya pueden venir todas las canciones malas que se quiera, que el álbum ya ha merecido la pena.

Una de las joyas olvidadas de los Stones es la siguiente pista que emerge, “I Got the Blues“, que atesora una arrebatadora melancolía en la que Mick Jagger hace una de sus mejores interpretaciones, doblegándose ante una poderosa melodía a la que, sin embargo, la contundente y reiterada sección de vientos (que puede que a estas alturas se nos haga un poco cuesta arriba) resta algo de intimismo.

[pullquote]“Sticky Fingers” constituye una modélica transición, el disco perfecto de un grupo que está a punto de convertirse en leyenda, en el que conviven tanto temas inconmensurables como temas correctos, sin bajo ninguna circunstancia bajar el nivel.[/pullquote]

En “Sister Morphine” Mick Jagger sigue con su talante más afectado hablando de sus drogas, acompañado de varias guitarras acústicas y un bajo saltarín a los que se va uniendo poco a poco tanto una batería como un piano grotesco. En el momento en que la canción rompe, la atmósfera no puede ser más siniestra y raruna, pero para cuando finalmente acaba ya hace un buen rato que estábamos deseando que lo hiciese. El reverso tenebroso de “Wild Horses”. En todos los sentidos.

Dead Flowers” es un agradable tema con muchas guitarras, el piano siempre subyacente, y el señor Jagger cantando con mucha elegancia. El estribillo no está nada mal, y aunque quizá vuelva a hacerse demasiado larga, deja un muy buen sabor de boca. Turno para “Moonlight Mile“. Afrontamos el último corte del disco con una agradable sensación de plenitud para no llegar, sin embargo, a un clímax todo lo memorable que debiera. La cuidada producción, constante a lo largo del disco, alcanza aquí algo parecido al paroxismo con unos estridentes violines que, como cada vez que son usados en una canción rock (y esto es así), sólo buscan añadirle más trascendencia a una canción que tocada sólo con una guitarra acústica no le importaría a nadie. Seis minutazos de, efectivamente, vacuo exceso.

“Sticky Fingers” no es un disco perfecto, y cuenta con algunos problemas graves, mayormente en cuanto a una ambición desmedida por inyectar épica a ciertos temas que no van sobrados de ella, pero que tampoco deberían necesitarla. Sin embargo, la pura y científica perfección de un buen puñado de canciones dan forma a un disco excepcional, probablemente uno de los mejores de la holgadísima (e irregular, para qué nos vamos a engañar) discografía de los Rolling Stones. Cualquier grupo desearía encontrar su culmen con un disco como éste, pero, en el caso de la banda de Mick Jagger y Keith Richards, todavía faltaba por llegar lo mejor. Exacto, “Exile on Main Street”. Para más señas, el único disco por el que a veces puedo alcanzar a comprender por qué hay gente que es más de los Stones que de los Beatles.


The Rolling Stones – Sticky Fingers


  • Nos encontramos canciones muy buenas. Buenísimas. Extraordinarias. Sobrehumanas.
  • El disco al completo transmite la sensación de haber sido desarrollado en la época de mayor inspiración de la banda.
  • La parte en que el riff de “Bitch” pasa a ser tocado por las trompetas.

  • Algunas canciones se vuelven demasiado largas e hinchadas de manera absurda. Vale, lo admito, el segmento jazzístico de “Can’t You Hear Me Knocking” me aburre horrores.
  • Tanta afición a utilizar instrumentos de cuerda acaba, igualmente, cansando.
  • Hay una seria descompensación entre la primera y la segunda parte del disco.

PÁGINA DE ARTISTA

8.3

Disco de transición entre lo molón (“Let It Bleed”) y lo apoteósico (“Exile on Main Street”). El talento está fluyendo, y la manera de encauzarlo todavía dista de ser perfecta, aunque se anda muy cerca.