Por todo amante del rock es sabido que a Jack White no le gusta pasar desapercibido. La calidad de su música habla por sí sola, siendo uno de los guitarristas más prolíficos del siglo XXI. Junto con su ex mujer Meg White (de quien tomó su apellido) fundó The White Stripes y entre himnos como “Seven Nation Army” se llegó a considerar al matrimonio como salvadores del rock.

Hijo de familia numerosa, él y sus nueve hermanos se mantuvieron siempre cercanos a las enseñazas religiosas, e incluso estuvo a punto de convertirse en sacerdote, lo cual, como él dice, le habría cambiado la vida por completo. Le habían aceptado en un seminario de Wisconsin, pero en el último momento decidió ir a la escuela pública porque, según explicó el propio White en el programa televisivo de la CBS 60 Minutes, acababa de adquirir un nuevo amplificador y pensó que no le permitirían llevarlo con él.

Aprendió a tocar diversos instrumentos que sus hermanos, como en toda familia numerosa que se precie, le pasaban tras haberlos usado y machacado. Desde pequeño tuvo especial interés por la música clásica, pero al llegar a la escuela primaria, sus hermanos escuchaban bandas como Pink Floyd, Led Zeppelin o The Doors e, inevitablemente, él acabó escuchando a los Waters, Plant y Morrison junto a ellos. Sin embargo, además del rock sesentero y setentero como máximas influencias, para él los bluesman de principios de siglo fueron más importantes, destacando Son House y Blind Willie McTell como sus músicos favoritos y el “Grinnin’ In Your Face” del primero de ellos como su canción favorita.

Durante el último año de instituto conoció a Meg White, amor a primera vista, y no mucho después (en 1996) se casaron. Mientras Jack ejercía como baterista de la banda de Detroit Goober & the Peas (etapa de la que él afirma haber aprendido el funcionamiento de las giras y los conciertos), Meg no tenía estudios musicales ni sabía tocar, pero durante el siguiente año, 1997, Meg empezó a tocar la batería. Esto, en palabras de Jack fue revitalizador: “Cuando Meg empezó a tocar la batería, sólo por intentarlo, fue realmente liberador y refrescante para mí“. La pareja se llamó a sí misma The White Stripes y, dos meses después, ya estaban dando su primer concierto.

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Estaban casados, pero se presentaban como hermanos y siempre vestían de rojo, blanco y negro, lo que llamó bastante la atención. Además de The White Stripes, el guitarrista formó The Raconteurs y el archiconocido “Steady, As She Goes”. Por si era poco, también le apeteció volver a sus orígenes y en The Dead Weather toca la batería.

Sus influencias de principio de siglo y del rock de los 60 y 70 es tal que siempre ha preferido lo analógico a los avances digitales, por lo que en sus obras casi siempre podemos apreciar ruidos y sonidos que no forman parte como tal de las canciones, aportando naturalidad. En 2001, para afianzar su gusto por lo analógico y forma de grabar creó su propio sello, Third Man Records, que en 2009 tomaría emplazamiento físico. Jack White ha tenido sus acercamientos al cine en diferentes largometrajes como el Coffee and Cigarettes de Jim Jarmusch e incluso se vistió de Rey, encarnando a Elvis Presley en Walk Hard: The Dewey Cox Story, de quien, por cierto, en febrero de 2015 compró su primera grabación. La puja ascendió a 300.000 dólares, mientras que el precio original que Elvis pagó por grabar “My Happiness” y “That’s When Your Heartaches Begin” fueron nada más que cuatro dólares cuando tenía 18 años.

Jack White es un alma agitada, en constante contacto con la música, pero no es de esos que les gusta hablar demasiado sin motivo. Quizás su encontronazo con Dan Auerbach de The Black Keys es de sus escasas salidas de tono, cuando llegó a afirmar que “Sin los White Stripes, The Black Keys no existirían“.

De las pocas veces que Jack White ha dado la nota que no sea por su música, pero no es el tipo de ‘nota’ que nos ocupa. Regresemos a The White Stripes. Después de su debut de 1999 llegarían cinco discos más: “De Stijl” (2000), “White Blood Cells” (2001), “Elephant” (2003), “Get Behind Me Satan” (2005) e “Icky Thump” en 2007. Para promocionar ese último álbum, la pareja decidió embarcarse en una intensa gira por todo el territorio canadiense. Jack White explicó que nunca habían realizado un tour por Canadá, así que querían hacerlo de un modo especial. Recorrieron las diez provincias, además de los Territorios del Noroeste, el Yukón y Nunavut.

Por si fuera poco atractiva esta apuesta, decidieron sorprender a sus fans tocando en lugares poco apropiados como podrían ser autobuses, barcos o recónditos parques. A ello se le sumaron mini conciertos fortuitos y una clausura de lo más estrambótica.

La cita tuvo lugar en la provincia de Terranova y Labrador, en la costa atlántica de Canadá. San Juán de Terranova es la capital de la provincia citada, y ahí existe una pequeña calle, George Street, conocida por su elevado número de pubs, bares y restaurantes que puedes encontrar, y fue donde el matrimonio estadounidense decidió tocar para completar su recorrido por todos los territorios canadienses. Pero no lo hicieron de cualquier forma. Si bien es cierto que por la noche tenían un concierto programado, un rumor había empezado a circular por la población y fans sobre ese concierto secreto que The White Stripes darían antes del oficial de por la noche, con la peculiaridad de que pasaría a la historia como el concierto más breve jamás dado, ya que tocarían una sola nota. Y así fue.

La multitud estaba avisada, pero aun así no eran pocos los que se agolpaban y jadeaban mientras Jack y Meg subían al escenario. Ella se sienta frente a su batería mientras él se enfunda su eléctrica, se preparan, y tocan la única nota del show. El público grita y ellos responden acercándose de la mano para saludar y dar las gracias. Jack coge el micro y dice: “Ahora hemos tocado oficialmente en todas las provincias y territorios de Canadá“. Se bajan y se marchan en una furgoneta negra mientras el público al unísono clama por otra nota: “One more note! One more note!“.

The White Stripes demostraron cómo provocar furor entre una masa con tan sólo tocar una nota, que fue más que suficiente para sus feligreses.