París recibe cada año a millones de viajeros que no la han visitado antes o que vuelven para enseñársela a alguien que nunca la ha visitado. Eso también podría decirse de otras ciudades como Nueva York, pero a diferencia de ésta, los que viajan a París han hablado del amor más de lo normal en las semanas previas y suelen buscar más una catedral o andar por el Sena que un local de jazz, como quien patea Manhattan. Sea como sea, unos y otros inundan las inabarcables avenidas de París hasta el punto de que quien se pierde por sus calles bien podría estar en ocasiones en un museo al aire libre o en la sala de espera de una agencia matrimonial de éxito.

Torres, campos, cementerios… son lugares que suenan a vida relajada y a recogimiento hasta que se les asocia eso de Eiffel, Eliseos o de Pere Lachaise. De modo que uno, en París, la conozca de antemano o sea su primera vez, acaba entregándose sin queja a la marabunta de paseantes que elevan sus mentones para perder la vista en las colosales esculturas que en sí mismas son cada una de sus catedrales, sus edificios administrativos, sus bloques de pisos, sus balcones, sus farolas, sus bocas de metro… así hasta que la mirada llega al subsuelo.

Porque si se pregunta qué se puede ver en París bajo el suelo, le responderán que las catacumbas. Pero hay algo más.

Los que se encuadran en la categoría de aquellos que viajan acompañados por alguien que conozca el terreno, puede que tengan la suerte de perderse por el Barrio Latino. Ahora es cuando empezamos a hablar de música. No es que el llamado Quartier Latin sea un lugar para bailar salsa ni merengue, sino que se llama así porque en la época medieval los estudiantes hablaban principalmente latín por sus calles.

Pero, a decir verdad, sí que se baila en el Barrio Latino.

Uno enfila la Rue de la Huchette hasta su número 5 y allí es donde se detienen, habitualmente, aquellos que visitan París y van con alguien que ya lo conoce y al que le gusta el jazz tanto como a otros muchos de la Gran Manzana, pero sobre todo parisinos que saben dónde esconderse del París de los monumentos, en el subsuelo.

A veces cruzar una puerta o una cortina de terciopelo rojo es entrar más que en otro lugar, en otro tiempo. Eso ocurre en La Caveau de la Huchette. La cueva en cuestión, con sus pasadizos secretos al exterior, era allá por 1551 un lugar de reunión para los miembros de la Orden de la Rosacruz y los Templarios; hacia finales del siglo XVIII, durante la Revolución Francesa, el lugar es bautizado como “La cueva del terror”. En ella, además de discutirse sobre la libertad, se realizaban juicios y ejecuciones con guillotina. Y más tarde, su uso da un giro inesperado tras la II Guerra Mundial. Ahí es donde empieza todo.

Igual que para bailar jazz hay que vestirse de jazz, para hablar de La Caveau de la Huchette es el momento de otro tono y otra voz:

El empleado que cobra la entrada es el mismo que podría atender la puerta del bar de debajo de tu casa, pero la entrada es un pasaporte hacia otros momentos, piensa nada más entrar en La Caveau de la Huchette.

Después de haber escuchado a Édith Piaf hasta el hartazgo en las semanas previas, aquello no era lo que esperaba ver en París. Eso hizo que sus pasos fueran más lentos de lo normal. Nada de abalanzarse sobre la barra a por una cerveza.

Piedra y madera, butacas y sillones de añejo color rojo, color de labios de diva, un elegante camarero y un trapo secando un vaso. Cuadros, que no agostados posters, de músicos de jazz que horas más tarde le parecerían leyendas. Lámparas redondas con una especie de vidriera catedralicia de vivos colores.

Son las 23:00 y allí no hay nadie. Sólo esa nave alargada con la barra a la izquierda y los músicos de jazz sonriendo y mirando desde otras noches, más animadas que esa. El camarero observa, como si le hubiera visto otras veces. Al final un ‘dos cervezas’ y una conversación. ¿Quiénes son todos esos? Son músicos que han pasado por aquí.

Con las dos cervezas en la mano, sendos caminos, el de la izquierda, junto a la puerta de entrada, y el de la derecha, al final de la barra. Opta por el primero, que desciende al subsuelo por una escalera de caracol por la que emergen la música, las voces, las risas….el jazz. Allí está la muchedumbre en movimiento al son de los ritmos, el piano, los vientos y el calor que desprenden los pasos de baile. Allá afuera pocos imaginan que toda esta gente está aquí bailando.

La Caveau de la Huchette guarda ese gran secreto. Un piso inferior que es una nave con forma de cripta de piedra originaria del siglo XVI. Escudos e inscripciones tallados en su piel usada, de castillo, arcos, techos ennegrecidos por el humo de las lumbres, las antorchas y el tabaco de los tiempos. Parece el interior de un gran cofre del que se extravió la llave.

La cueva tiene dos niveles. Echa un vistazo a aquel al que se llega al final de la escalera y que reúne una serie de bancadas para descansar o para tomar algo mientras se contempla el nivel inferior, la pista de baile. Ese ruedo del jazz está rodeado por bancos en dos sus lados y el tercero se reserva al escenario, tras el que se abre un hueco en la pared, como si fuera la vía secreta de escape de los músicos.

El ambiente sabe a Medievo, a Ley Seca, a conspiración, a amor de posguerra, a minoría, a música.

Logra un buen sitio, en un banquito junto a una mesa de madera desde la que se ve de frente el escenario. La pista está llena de parejas bailando que flotan al ritmo del swing y el bebop como en trance. Ellos preparados con sus zapatos de jazz y sus camisas holgadas, ellas ceñidas en trajes sugerentes.

El hombre alto de la coleta rubia y las gafas de relojero apenas levanta los pies del suelo y reposa su mano izquierda con respeto sobre la espalda de la mujer madura, de rasgos orientales, con aires de Mata Hari, con la que todo el mundo parece querer bailar. Ella sonríe al ver que su bailarín está a la altura. Hay sonrisas, pero el swing de medio tiempo tiene algo de desidia en los bailarines.

El matrimonio entrado en años, él con cara de dirigir una banda de contrabandistas de tabaco, pelo corto teñido, ella pelo corto, teñida, pero rubia, con una minifalda que se descontrola cada vez que él la levanta en volandas, como un trofeo. El paso lo vienen ensayando años.

El hombre negro que podría bailar sobre una nuez y que sin hacer nada, lo hace todo. Los jóvenes que aún no tienen cogido el ritmo, pero sonríen con aires de relevo generacional. El dandi decrépito, vestido, en su frágil cuerpo, de un rojo chillón y un pañuelo negro en la garganta. Francés, bailarín y maestro amateur de swing para toda aquella turista incauta que se deje engatusar.

La cerveza se ha acabado, es el momento de probar por la otra escalera. Recovecos que no da tiempo a investigar y que parecen no llegar a ninguna parte.

¿Quiénes son todos esos? Entonces el camarero cuenta que tras la II Guerra Mundial desembarcó en París el jazz desde el otro lado del Atlántico. La Caveau de la Huchette fue el primer club de la ciudad en ofrecer actuaciones y baile. El clarinetista Sidney Bechet, el vibrafonista Lionel Hampton, y tanto otros como Count Basie o Art Blakey. Unos 70 años de jazz, amigo.

De vuelta con las cervezas, en el escenario el baterista suda en pleno Shuffle y sólo entonces se da aún más cuenta de la temperatura reinante, en todos los sentidos. Baquetas en mano, es el maestro de ceremonias que da paso al diminuto pianista de cara achinada, a la contrabajista en éxtasis que retuerce su instrumento, al saxofonista que sonríe sin parar y al guitarrista que ha llegado tarde y desenfunda una preciosa guitarra electroacústica con muchas notas a su espalda.

Pasan las horas y no pasa el tiempo en La Caveau de la Huchette. Sin darse cuenta la pista se va despejando a un ritmo de redada y se encienden las luces. Es la hora de salir al exterior. Mañana serán 70 años y otro día, con más músicos, más jazz y más baile. Un último vistazo, con cara de turista que piensa que tendrá que volver algún día para enseñárselo a alguien.

Al salir, no hay nadie en la calle, y en lugar del Empire State, la Luna se esconde tras la aguja de Notre Dame. El camarero le contó algo muy curioso, La Caveau de la Huchette inspiró la creación de The Cavern, en Liverpool, allá por 1957. Y ahí empezó todo.