Tras un bigote espeso y una ancha nariz de matiz judío reposaba una de las mejores voces que el siglo XX pudo cosechar y no apreció lo suficiente. Hablo del hombre que enterneció a Quentin Tarantino.

Como toda buena historia, esta también tiene un principio. En la zona de South Philadelphia, en el condado de Pennsylvania, nacería en el mismo año y mes que Janis Joplin una de las personas más influyentes en la historia del folk americano, James Joseph Croce.

Jim Croce iniciaría su historia musical a la par que su historia romántica en la Universidad Villanova, donde se cruzaría entre otros con Tim Hauser (fundador de The Manhattan Transfer) y con Don McLean (mundialmente reconocido por su éxito “American Pie”). Después de tocar en varias bandas sin proyección alguna y ser locutor en la radio del campus, Croce conocería a una joven de la que quedaría perdidamente enamorado. Tras varios intentos de acercarse a ella, se armó de valor y se declaró de la mejor manera (y quizá la única) con la que un músico puede confesarse: escribiéndole una canción; aquí surgiría “I’ll Have To Say I Love You In A Song”.

Tras conquistar a Ingrid Jacobson, decidirían con el poco dinero que habían conseguido gracias a conciertos en salas, cafés y bares bajo el nombre de Jim & Ingrid Croce casarse y comprarse una pequeña casa en la gran ciudad de Nueva York con el fin de conseguir un productor y una compañía discográfica que les grabase un disco homónimo. En una etapa de penurias monetarias para la pareja en la que nadie quiso interesarse por su música, decidieron dejar su casa en la gran ciudad y vender todo lo que tenían, excepto un par de guitarras, para pagarse el viaje de vuelta a Philadelphia. A pesar de ser una cruel etapa para Jim Croce (que bien podríamos comparar con cualquier historia familiar del siglo XXI), fue una época de gran esplendor en su obra artística, donde dejó muy claro que era un chico sencillo y orgulloso de sus raíces; esto lo podemos ver plasmado en su canción “New York’s Not My Home”.

Aquejados por las deudas y ahogados por la noticia de que iban a ser uno más a la hora de cenar en unos meses, Jim e Ingrid retornaron a su antigua casa de Philadelphia, donde Croce decidió dejar el tedioso (a la par que morboso) mundo de la música para comenzar a trabajar en oficios que le permitiesen sacar a una familia de clase media-baja adelante (volvemos al paralelismo con la época actual). Así se inició en el mundo del automóvil, empezando por un pequeño y humilde taller y garaje de auto-lavado, lugar que le inspiró para componer años más tarde uno de sus temas más conocidos “Workin’ at the Car Wash Blues”.

Tras esta experiencia en el taller, entramos en una de las etapas más importantes para la vida musical de este joven cantautor. Con una familia que mantener en South Philadelphia, analizó la situación y comprendió que necesitaría más dinero para pagar las deudas que día tras día incrementaban, ya que un simple trabajo como muchacho auxiliar en un taller no le servía, por lo que decidió compaginarlo con la vida del camionero. Con un gran número de millas a la espalda, Jim Croce quiso hacer un homenaje a ese arduo empleo y dar a conocer al resto de la población la vida por la que pasaban él y sus compañeros todo el día en la carretera, lejos del hogar y la familia, componiendo así su tema estrella: “Operator (That’s Not The Way It Feels)”. Esta canción le lanzaría a la lista de éxitos junto a la otra pista que grabaría en su sencillo bajo el sello de Capital Records: “You Don’t Mess Around With Jim”. Este hito en la historia de Jim Croce consiguió alzar su carrera de nuevo.

Parecía que la suerte empezaba a sonreír al joven músico. Armado de su guitarra, y acompañado de su amigo y compañero Maury Muehleisen, comenzaron una gran gira por ciudades no sólo del territorio nacional, sino también en países como Francia o Inglaterra. Al igual que su fama sus canciones siguieron creciendo, demostrando a la gente que apoyaba su música una razón para hacerlo con temas como “Time in a Bottle” o “Bad, Bad Leroy Brown”.

Jim Croce & Maury Muehleisen en la noche del 20 de Septiembre de 1973, última foto tomada de ambos

Pero resulta que al mundo y al destino les gusta jugar con las personas como si de peones de ajedrez se tratasen, y al no quedarse complacidos con la tragedia del “Día en que murió la música” con el fallecimiento de un joven Ritchie Valens, un talentoso Buddy Holly y un carismático Big Bopper; decidieron cobrarse la voz de otro genio. Así fue como un 20 de Septiembre de 1973 (8 días antes del tercer cumpleaños de su hijo A.J. Croce), un día inicialmente feliz para Jim Croce debido a que se había estrenado su sencillo “I Got A Name”, acabaría siendo un día negro para la historia de la música. Tras finalizar su concierto en Prather Northwestern State University en Natchitoches Coliseum, cogió una avioneta que le llevaría hasta Texas donde tocaría al día siguiente. Nada más despegar y por causas que todavía se mantienen en especulación (como que al piloto le dio un paro cardíaco), el avión no cogió la suficiente altura, estrellándose así contra una arboleda cercana a la pista de despegue. Fallecieron en el acto Jim Croce a la edad de 30 años, Maury Muehleisen con 24 años de edad, piloto, copiloto y cuatro acompañantes de los artistas. Este trágico suceso haría que la venta de su disco “I Got A Name” consiguiese una semana después tres discos de oro.

Aquí terminaría la vida de un joven músico que nació de cara al éxito pero fue eclipsado por la sombra de otros artistas de mayor reconocimiento como fueron y son Johnny Cash, Bob Dylan, Leonard Cohen, Don McLean, Paul Simon o James Taylor. Jim Croce dejó un niño de 3 años y una mujer a la que había amado durante toda su vida y por la que lo dejó todo, pero también nos legó una de las mejores voces masculinas jamás escuchadas en la historia de la música, unas letras impactantes cargadas de pensamientos, experiencias personales e historias fascinantes, y cómo no, una obra excelente que te produce un escalofrío y te saca la misma sonrisa que Jim Croce mostraba al mundo.