“La Migra” es una de esas canciones simple y llanamente perfectas. Punto. Sin embargo, la perfección de un tema no ha de dirimirse por lo esforzado de su composición, lo revolucionario de su concepción o lo elaborado de su mensaje, sino en función de criterios muchísimo más subjetivos, unidos de manera inevitable a un determinado estado anímico, y a la reacción que éste sufre a su contacto. Dicha pieza nos presenta a Manuel López Aguirre, un honrado narcotraficante que ha decidido traspasar la frontera de México para lucrarse a costa de los vicios menos lucidos de los norteamericanos, teniendo que lidiar en este contexto, e irremediablemente, con la ‘migra’, cuerpo estatal que controla dicha frontera. En principio, el asunto desprende bien poca proyección humanística, entroncando más con lo frívolo y lo kitsch de los narcocorridos mexicanos (que tanto lo petaban en Breaking Bad) antes que con la trascendencia del alma humana y la axiomática certeza de que sin música la vida sería una chufa. ¿Qué ocurre, sin embargo? Bueno, una de las palabras podría ser ‘euforia’, y podría serlo, mejor, en mayúsculas. EUFORIA.

El grupo conocido como La Pulquería fue formado alrededor del año 2000 en Valencia, valiéndose de la voz de Huracán Romántica (presumiblemente, nombre artístico), las guitarras de Jordi Carreras y Pancho ‘Tequila’ Palomar, el bajo de Miguel Ángel Escrivá, y las baquetas de Fede (luego sustituido por Marc Guardiola). Quince años después, luego del enérgico telón de los también valencianos Rubick, afrontaban el segundo concierto de su gira conmemorativa por el décimo aniversario de “Corridos de amor”, su primer y nunca igualado disco. Lo hacían parapetados en un flamante sold out, y resguardados por los muros de la madrileña Sala Penélope.

El Día de los Muertos” es, sin duda alguna, el tema estrella de los valencianos, single extraído en 2004 del disco “Corridos de amor”. Una canción enormemente inspirada que introducía a los incautos oyentes de principios de siglo un peculiar estilo musical, autodenominado ‘Hard-Mariachi’. Daba inicio con una nostálgica introducción de trompetas, de guitarras quejumbrosas y de voces graves y dolidas, que nos aseguraban que no hubo razones para abandonarla, pero sí para no olvidarla. Y, de pronto, los vientos cambiaban de rumbo e irrumpía la locura, uniéndose a ellos las guitarras, las baterías punkarras y la rota voz del cantante principal, que nos enganchaban irremisiblemente a una canción que, sin necesidad de contentarse con aquel ritmo pesado y conseguido, decidía prodigarse en minisolos de bajo, parones, cambios bruscos y deliciosos punteos flamencos. Había nacido una estrella, y todos los irradiados por ella querían bailar bajo su luz, al modo más bestiajo posible. Porque La Pulquería no estaba hecha para paladares exquisitos, sino para organismos sedientos de tequila.

No era el único tema reseñable de “Corridos de amor”, faltaría más. La Pulquería había logrado un avasallador debut, una inmejorable carta de presentación con poquísimos temas flojos y un grupo de imprescindibles convenientemente holgado. Nos había descubierto lo mucho que amábamos, desde siempre, el ‘Hard-Mariachi’, y para hacernos creyentes del todo nos inyectaban un chute de optimismo en forma de “Mala Cara”. La movida se constituía únicamente por tres acordes y muchas ganas de juerga, entre los que su esmerada producción, donde podíamos distinguir cachondísimos escraches y baterías amplificadas, redondeaba la pegada de un tema tontorrón y delicioso.

“Corridos de amor” fue un éxito, acaso el mayor que conociera el grupo, y gracias a él iniciaron una gira por toda España, sacándole brillo al nombre en festivales como Extremúsika, Vive Latino o Derrame Rock, y compartiendo cartel ocasionalmente con La Excepción, raperos con los que hicieron buenas migas. Tres años después, en 2007, vería la luz su segundo LP, “C’mon Fandango”. Pese a la presencia de temas eficaces como “Souffle D’amour“, “Universo Conocido” o “Machetazos del Corazón”, quedarían lejos de la excelencia alcanzada con su primer trabajo.

Alrededor de 2010 la banda andaba a desencuentros con su discográfica, y no tardó en pasarse al maravilloso mundo de la autoedición, lanzando su tercer álbum de estudio, y recuperando de paso la calidad más contundente. “Fast Cuisine” fue publicado en tres partes dentro de la red de redes, y tuvo una gran acogida que les animó a hacer las Américas, recalando, cómo no, en México. De dicho disco se extrajeron temazos como “En Paz”, “Cualquier día”, “Cabeza Hueka” o, en especial, “El Gran Chingón”, canción que en la Sala Penélope se identificaría con el punto álgido de la velada. Para la misma, y al más puro estilo Freddie Mercury, Huracán Romántica (con Gerard Sanz como nombre de plebeyo) se vio ataviado de ropajes monárquicos, y cantó con mucha chulería lo de “Yo soy el rey, y el chingón”, amén de berrear “Pero, ¿por qué no te callas… Y TRABAJAS?”. Canción protesta en estado puro.

Sería el 30 de octubre de 2012 el día de la capitulación, en forma de comunicado: “La Pulquería, mañana, víspera del Día de los Muertos, ofrecerá en Valencia su último concierto. Sin ánimo de cargar de emotividad escrito aquí queda dicho (…) No es una despedida, no es un hasta luego, es una hardmariachitropipunkplayerobalcánicolatinavacilonada de las nuestras, así que nos volveremos a ver si el rock lo quiere”. Luego de interpretar “Pancho Tequila”, que esta vez sí tocaba, La Pulquería se despidió gentilmente y abandonó el escenario.

Sin embargo, el rock quiso que volviesen. Entrando este año, tres habían pasado desde la confusa disolución, anunciaron una gira de cinco conciertos por las ciudades de Murcia, Madrid, Valencia, Vitoria y Zaragoza. En el segundo show de los programados, La Pulquería saltó al escenario de nuevo y se marcaron un bis. La canción escogida para éste fue, por supuesto, “La Migra”. Dos minutos y medio de enfervorecida actuación, de éxtasis rockero, de orgasmo musical, y volvieron a esfumarse. ¿Para siempre? Ni de coña.