BECK

Calma, un remanso de paz. Eso es lo que encontramos en el duodécimo álbum de estudio de Beck. El prolífico músico californiano firmó uno de los discos del pasado 2014, del que se volvió a hablar al ser reconocido con el Grammy al álbum del año (tema con su dosis de polémica a cargo del rapero Kanye West). Aunque el trabajo no arrasó en las listas, esta vez los buenos ganan y se hizo justicia.

Morning Phase” llega 6 años después de su último trabajo, “Modern Guilt”. En este nuevo álbum, Beck exprime al máximo su condición de músico, llegando a tocar más de diez instrumentos distintos, además de producir el disco. Una maravilla de 47 minutos y 13 canciones llenas de suaves armonías y pausados ritmos que nos llevan en volandas desde el principio.

Antes de empezar con los temas como tal, nos encontramos un pequeño preludio inaugural, “Cycle“. Unos breves segundos instrumentales que se encargan de crear la atmósfera de calma y paz que se respira a lo largo del elepé. Después llega “Morning” que, como la mañana, verdaderamente llena los pulmones del oyente con aire puro. Una suave melodía, secundada por unos coros celestiales, abre y cierra la perezosa canción con la que despierta el álbum.

Le sigue “Heart Is A Drum“. Un suave arpegio y una letra coral que suenan a viaje espiritual. Las montañas tibetanas, las llanuras de Sudamérica… ¿Qué sé yo? A mí esos coros y esa guitarra cada vez me llevan a un lugar distinto. Decorado con todo tipo de efecto sonoro y acompañado por un cálido piano en segundo plano, es una de las piezas más logradas del álbum.

En “Say Goodbye” encontramos otro tema íntimo en el que se dejan escuchar más elementos de percusión, aunque la voz es la que lleva el ritmo que destaca. Frases cortas que se suceden hasta precipitarse en un estribillo en el que podemos apreciar una mínima ralentización, ofreciendo una momentánea tensión que vuelve a romperse con la siguiente estrofa.

Nos topamos ahora con la primera canción de “Morning Phase” en ver la luz, “Blue Moon“, lanzada como primer single a finales de enero de 2014. Una composición con la que volvemos a trasladarnos a los paisajes montañosos, en concreto a los Andes, ya que en el tema destaca el empleo del charango, un instrumento de cuerda típico de las regiones andeñas que puede recordarnos bastante a la mandolina. Con este corte Beck sigue imprimiendo ritmo al álbum, mínimamente, muy poco a poco, pero podemos notar una música más viva y ligera que en los temas anteriores.

Toda esta pequeña sensación de aceleración que traíamos de los 5 primeros cortes se desvanece con los primeros segundos de “Unforgiven“, en la que el músico nos recuerda que la cosa es lenta, y así va a seguir. La canción comienza con unos ritmos pesados de percusión y un piano con un ‘phaser’, cargando acordes con mucho cuidado, sumiéndonos en un dulce trance antes de que la voz de Beck comience con la primera estrofa. Una letra tranquila, con muchas vocales alargadas, volviéndose casi un instrumento más, sumándose puntualmente unos coros perezosos, hasta llegar a un final en el que, igual que empezó, la percusión queda sola para cerrar la canción.

Llegamos a la mitad del disco de la mano de “Wave“. Es una canción, pero bien podría ser un estado de ánimo, una tranquilidad absoluta e imperturbable en la que la sección de cuerdas mantiene la delicada solidez de un tema que más podría considerarse un buen sueño, una buena forma de no despertar.

Pasado el ecuador del álbum tenemos “Don’t Let It Go“, que empieza con un aire más folk. Acústica y voz. Los coros ponen la armonía a un estribillo que, simplemente, repite las palabras del título, como un buen consejo que deberías seguir. Tras el primer estribillo, la canción incorpora una percusión del estilo del resto del LP, monótona, sin afán de protagonismo, llevando a la canción a un final natural.

En “Blackbird Chain” tenemos uno de esos temas que recordaremos una vez escuchado el disco y nos sorprenderemos tarareando en algún momento durante los días siguientes. Empiezan unos secos acordes de guitarra que paran por un momento para dejar que una leve melodía sea quien introduzca la primera estrofa. Este corte es una de las pocas veces en las que podemos escuchar la guitarra eléctrica, con unas estructuras más típicas en comparación al resto del disco, aunque brillante. Ese “blackbird chain” en canon con el que terminan los estribillos se quedará en nuestra cabeza por un tiempo.

Phase” es otro tema instrumental de un minuto, del mismo corte que “Cycle”, que da paso a “Turn Away“, donde encontramos otra de esas maravillosas canciones corales que se apoya en poco más que las tímidas notas de una guitarra acústica que no quiere acaparar protagonismo.

Country Down” nos va preparando para cerrar el disco. Este tema varía levemente la tónica ‘viajera’ del álbum, con un corte más, perdón por la originalidad, country. Esta vez Beck incorpora slide y armónica, con un resultado de ese estilo que ahora renace (aleluya) en el sur, donde nunca perdió sus irremediables adeptos, de la mano de Zac Brown, Taylor Swift o Carrie Underwood.

Y sin desviarme más del tema que nos incumbe, terminamos este viaje de una hora escasa, de profundas armonías y delicados trazos. Cierra el trabajo “Waking Light“, tema que también se lanzó como single, esta vez meses después de que el álbum viera la luz. Beck acaba por todo lo alto, conquistando una vez más al oyente con una canción fiel al resto del disco, que lo ‘resume’ a la perfección, si es que esto es posible. Empezando con su voz, sumando instrumentos poco a poco (como ha venido haciendo en el resto de pistas), llevándonos por última vez a ese Nirvana musical que consigue crear una y otra vez.


Beck – Morning Phase


  • La capacidad de transmitir. Te guste el metal o los boleros, es un disco que no puedes rechazar. Simplemente entra en el cuerpo como el aire en los pulmones, sin encontrar resistencia alguna.
  • Calidad musical. Beck utiliza un amplísimo elenco de instrumentos y pone bajo su mando a unos músicos magníficos que reproducen a la perfección lo que el compositor quiere mostrar al público.

  • Que aún no lo hayas escuchado. Aunque un fallo no haga peor un álbum, este no los tiene. La precisión del trabajo es sorprendente.

PÁGINA DE ARTISTA

9.8

Beck, una vez más, deja claro que es un MÚSICO con mayúsculas, demostrando un talento creativo fuera de lo común y, por encima de eso, la increíble capacidad de transmitir con todos sus matices un estado de ánimo. Cuando el disco acaba, realmente parece que hayamos estado soñando mientras ha durado.