A través de las ventanas de aquel apartamento arreciaba el murmullo de una excitación juvenil expectante, agolpada en torno a aquel edificio donde vivía un hombre llamado Robert Allen Zimmerman. Claro que casi nadie le llamaba así, y menos Tony Glover, uno de sus más queridos amigos, que aquella mañana venía de visita y le encontraba como habitualmente, cigarrillo en mano, la taza de café como improbable pareja de la copa de vino, sólo teniendo ojos para su máquina de escribir. Tony le saludó pero Zimmerman no se dio por enterado; se le había ocurrido un nuevo y excepcional verso y tenía que vomitarlo sobre el papel antes de que el viento se lo arrebatara. Tony se encogió de hombros, acostumbrado a estas conductas hurañas y desconsideradas, y, por hacer algo, paseó su mirada por el desastrado cuarto de su amigo, deteniéndola en la superficie de unos cuantos folios diseminados sobre una mesa cercana. Una frase escrita en uno de ellos le llamó la atención, y poco después, sin poder contenerse, y obviando por esta vez respetar el mutismo creativo del trovador, le preguntó, con ese mismo folio en la mano: “¿Qué es esta mierda, tío?”.

Zimmerman se dignó a levantar la vista y enfocó el folio que Tony tan nerviosamente sostenía. Atinó a leer sus propias palabras. “Vengan, senadores, congresistas, escuchen la llamada“, y, luego de encogerse de hombros como en afán de disculpa, sonrió con esa mueca enigmática que Tony conocía tan bien: Bueno, ya sabes, parece que esto es lo que a la peña le gusta escuchar ahora.

Se trataba, claro está, de la letra de “The Times They Are A-Changin”, probablemente la canción más célebre de Bob Dylan, y un indiscutible himno juvenil, cuyas estrofas con vocación de profecía se yerguen con el don de resultar actuales en cualquier época. Los tiempos estaban cambiando en el año 1963, pero hasta el momento siempre lo habían hecho, y a partir de entonces siempre lo harían. El público de Dylan en los años 60 cometió, sin embargo, y no por primera vez, el error de pensar que su ídolo se refería a ellos exclusivamente, que el tema se alimentaba del momento presente y de sus aguerridas inquietudes que, qué duda cabía, pronto habrían de desembocar en la gran revolución y el cambio definitivo. El público de Dylan en los años 60 erró, asimismo, en pensar que a su ídolo le inspiraban algo más que parca indiferencia. Bob Dylan sólo se preocupaba por Bob Dylan, y por el modo más estimulante de ser Bob Dylan.

A continuación, los créditos de Watchmen (Zack Snyder, 2009), acompañados del tema de marras. De nada:

La que por méritos propios supone una de las figuras clave del siglo XX (aventurando que el XXI no le vaya a dar para mucho más que cachondearse de Frank Sinatra) era ante todo una persona inquieta, bendecida con una curiosidad insaciable, pero también, ante todo, un hombre inteligente y ambicioso. Cuando a muy temprana edad se encontró con una guitarra en sus manos no vio en ella más que una herramienta; cuando poco después leyó “En el camino” de Jack Kerouac, algo se removió en su interior y tomó forma; y cuando años más tarde conoció la música de Woody Guthrie, supo que imitarle en todo era la mejor manera de conseguir que ese interior se hiciera oír. En el trayecto se convertiría en el ídolo de la juventud y en uno de los más respetados bastiones de la lucha por los derechos humanos. Él se mostró confundido ante tal intimidante, repentino y popular abrazo, pero como por entonces su labia ya le había servido para encandilar a la angelical perroflauta Joan Baez (entre muchas otras féminas que este oriundo de Minnesota de largas y semíticas napias jamás habría podido beneficiarse, de mediar otras circunstancias), pues simplemente se dejó llevar. Hacía muchísimos conciertos, las letras que con tanto mimo pergeñaba eran estudiadas y apreciadas por un gran número de personas, y la movida folk en la que se había metido sin comerlo ni beberlo le permitían expresarse tal y como quería. Por el momento.

La naturaleza de la música folk, enormemente apreciada en los años 60 por su accesibilidad, inmediatez y sinceridad, se ajustaba como un guante a las aspiraciones del joven Dylan, deseoso de cosechar fortuna y gloria por el camino más corto. Idear una secuencia de tres o cuatro acordes y recitar sus larguísimos y equívocos poemas usándola de colchón pronto sería suficiente para que el chaval empezara a ser conocido en los círculos folk, abocados a la bohemia y la contracultura, y de ahí a encabezar la Marcha por los Derechos Civiles en Washington junto a Joan Baez (quien obnubilada por el halo de Bobby no era capaz de advertir lo chirriantes que sonaban sus voces en conjunto, una tan aguda y sobreactuada, y otra tan nasal y naturalista), la trayectoria fue recta y fulgurante. Al joven de Minnesota no le agobiaba entonces que obras como “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” (“No es una lluvia atómica, sólo es una lluvia dura”) o “The Times They Are-A Changin” fueran malinterpretadas por la población mundial, que en todo momento quería ver en ellas simples canciones protesta dependientes de circunstancias contemporáneas, pero sí empezaba a estar un poco harto de tener en otras que plegarse a la asfixiante realidad (las baladas de Hattie Carroll o Hollis Brown), sólo porque ‘era lo que a la peña le gustaba escuchar ahora’. En efecto, se avecinaba un cambio. Y los Beatles, a quienes Dylan ya había iniciado gentilmente en el consumo de sustancias estupefacientes, marcaban el ritmo de ese cambio.

Debajo de estas líneas, el comienzo del formidable documental de Martin Scorsese sobre la figura, “No Direction Home”, con sorpresa musical incluida:

Dos años después de que Tony Glover desenmascarara, sin saberlo, a Bob Dylan, era editado el álbum “Bringing It All Back Home”, un trabajo peculiar con el que el gran arribista daba un golpe sobre la mesa todavía tímido, pero audible. En la Cara A del mismo (detalle lamentablemente imperceptible en Spotify) notábamos entonces un sonido extraño, intruso. ¿Una guitarra eléctrica? ¿El autor de “Blowin’ in the Wind” se había vuelto loco? Y, ¿qué era eso además? ¿Una batería, percusión pesada? ¿El visionario que escribió “When The Ship Comes In” se estaba quedando con nosotros? Esto último era bastante probable, y en todo caso aquel a quien no se le rompiera el monóculo podía disfrutar de un puñado de canciones memorables, con la magia dylaniana intacta. Mi particular favorita es la bellísima “Love Minus Zero”, pero no puedo negar la pegada de temas más afamados como “Maggie’s Farm” o “Subterranean Homesick Blues” (que vino sucedido por uno de los primeros videoclips realizados). No obstante, este rock primigenio no tenía una continuidad absoluta en el álbum, y tras la inclasificable “Bob Dylan’s 115th Dream” (en la que, luego de una introducción a carcajada limpia, el pitorreo constituía un hecho probado), se sucedían cuatro canciones más en la línea de anteriores trabajos; eso sí, más largas que un día sin pan, y que de folk solo tenían la modestísima instrumentación. A este respecto, Bob Dylan, en la excepcional “It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding)”, incluso probaba a hacer algo parecido al rap. Con dos huevos duros.

Aquí un fragmento del vídeo de “Subterranean Homesick Blues”, haciendo las veces del trailer del documental “Don’t Look Back”, filmado por D. A. Pennebaker. Nótese la presencia a un lateral de un señor barbudo muy currete, que no es otro que el legendario poeta beat Allen Ginsberg, gran amigo de Dylan:

El disco, como es lógico, se vio inmerso en la polémica, y no en una polémica de naturaleza irónica, como cuando nadie se tomó en serio el disco de Lou Reed y Metallica (Dios mío, espero que nadie lo hiciera); sino en otra totalmente hostil, agresiva, violenta. Todos los alegres y místicos folkies se sintieron traicionados por este inocente experimento, y la situación explotó con mucha épica y pompa el 25 de julio de 1965. Fue esta fecha la escogida para que se celebrara el Festival de Folk de Newport (Rhode Island, Nueva York), y también para que Dylan presentara al público su banda de rock, y su Fender Stratocaster nuevecita.

Los abucheos impidieron al cantautor escucharse los pensamientos, y muy ceñudo, pero de algún modo excitado, no tardó en ahuecar el ala. Antes de eso, entre los llantos, insultos y vómitos de la concurrencia, el renombrado músico folk Pete Seeger buscó por todas partes un hacha, con la intención de destrozar los cables a través de los cuales tan nociva electricidad les aguaba la fiesta. “¡Quitad la distorsión!”, no dejó de prorrumpir, sintiéndose tan traicionado como el que más. Años más tarde justificaría su conducta diciendo que la instalación de los equipos de sonido era lamentable y la calidad del mismo dolorosa, y que por eso, y no porque el rollo de Dylan fuera de repente el rock, había reaccionado de modo tan excesivo.

El caso es que Dylan tuvo que aguantar lindezas como las de Newport durante bastante tiempo. Al principio puede que el asunto le irritara, pero pronto empezó a acomodarse en su condición de paria y aprovechó para divertirse un poco, creciéndose ante el odio de toda esa gente que, al fin y al cabo, pagaba religiosamente su entrada. Cambió sus camisas de cuadros y su flequillo de chico bueno pero concienciado por trajes negros, rizos anárquicos y omnipresentes gafas de sol, y llevó sus andares desgarbados a través de numerosas entrevistas en las que se divertía de lo lindo vacilando al personal.

Aunque no todo fue juerga, claro, pues nuestro hombre tuvo entonces tiempo de componer “Like a Rolling Stone”, de la cual poco puede decirse que no se haya dicho ya. La mejor canción de la historia, el mítico retrato de una estrella malograda que se observa a sí misma y atina a contemplar la cima de la cual acaba de caerse (por ejemplo), sazonado con una instrumentación de ésas que alinean planetas (y con ese golpe inicial de batería que, según dijo Bruce Springsteen con su proverbial elocuencia, “sonaba como si alguien abriese de una patada la puerta de tu mente), y con la interpretación vocal más sarcástica y amarga posible. Después de su lanzamiento el 20 de julio de 1965, sin embargo, aún había quien se quejaba de que Dylan se hubiera vuelto demasiado comercial. En fin. Él seguía a lo suyo:

“Like a Rolling Stone” fue un éxito incontestable, como también lo fue el álbum en el que luego apareció, “Highway 61 Revisited”, prueba absoluta de lo cómodo que Dylan se encontraba en su nueva faceta de rockero alternativo; un gran disco en el que no sólo despunta la canción ya mencionada, sino grandísimos clásicos como la frenética “Tombstone Blues”, la sombría “Ballad of a Thin Man” o la monumental “Desolation Row”. Por supuesto, Dylan había dejado de lado ya completamente el folk, aunque no su preocupación por la lírica ni su interés por transgredir. De hecho, como se encontraba en racha, en 1966 sacó otro disco y, agarraos, esta vez doble. “Blonde on Blonde”, la auténtica cumbre de la carrera del músico de Minnesota, una absoluta obra maestra que en años posteriores ni se ha acercado a superar. Dado que este último se merece un artículo para él solo (como la mayoría de los trabajos de Dylan, pero “Blonde on Blonde” más que ninguno), me limitaré a aseverar que quien no lo haya escuchado tiene una suerte loca, por disponer de la oportunidad de hacerlo por primera vez. “I Want You”, diantre. La balada pop más bonita del mundo mundial, extraída de un dificilísimo disco doble de un tipo al que se la repampinflaba todo, y que nada le importaba mucho más que sí mismo.

El 29 de julio de ese mismo año tuvo un accidente de moto y a Dylan se le volvió a ir la olla, esta vez de manera irreparable, porque con el golpe encontró a Dios e inició una etapa de su carrera, la última, en la que no hizo otra cosa que vivir de las rentas con mucha gracia y estilo, sacando discos geniales, menos geniales, buenos, regulares, malos o sólo paridos con la intención de echarse unas risas (recomendadísimo escuchar su delirante “Christmas In The Heart”, en el que perpetra con mucha guasa varios hits navideños). Quizá nunca volvió a ser el que era, pero sí siguió siendo auténtico (o todo lo contrario), que es por lo que este listillo de Minnesota tiene la sombra tan alargada y ha trascendido la cultura popular. Nunca fue el mejor compositor, ni el mejor letrista (puede que Leonard Cohen, según qué casos, le supere holgadamente), ni muchísimo menos el mejor cantante (escucharle en los directos sin estar ahí presente, a veces, y seamos sinceros de una vez, es un suplicio), pero sí fue lo suficientemente inteligente como para parecerlo durante muchos años, y encarnar el espíritu y los ideales de la década de los sesenta un poco porque pasaba por ahí y le resultó divertido. Siempre fue sincero, a su manera, y siempre hizo lo que le dio la gana. Siempre fue de frente. Y es todo un ejemplo de lo lejos que se puede llegar no sólo teniendo talento, sino también inteligencia para aprovecharlo, y ganas de probarse a sí mismo. Inspirador, cuanto menos, aunque, sí, las canciones protesta le importaban más bien poco.

Dos meses antes de su accidente de moto, Bob Dylan encaraba en el Royal Albert Hall de Londres la segunda mitad de su concierto. En aquella gira solía dividir cada espectáculo en una parte acústica, guitarra y armónica únicamente, y luego en otra acompañado de su banda de rock. Dylan sabía perfectamente cómo le recibiría el público al salir al escenario en aquella segunda parte, y lo hizo con la cabeza bien alta. Las canciones de sus últimos discos se sucedieron, los aplausos sonando desordenados y sin ganas, los gritos insultantes hendiendo el aire. Hicieron una pausa para prepararse ante el siguiente tema, y nuestro hombre escuchó de repente un grito en la oscuridad que le llamó la atención. “Judas, Judas”, decía. No dudó, se balanceó burlesco ante el micro, y dijo, mirando desafiante a su invisible interlocutor: “No te creo…” Su banda iniciaba los primeros acordes. “Eres un mentiroso”. Tranquilo, serio, se giró a sus compañeros al tiempo que el bajista maniobraba un punteo excepcional. Fuera de micro, les exhortó:Tocad jodidamente fuerte.

E, imperturbables, se arrancaron con “Like a Rolling Stone”, la última canción de la velada. Era muy posible que Bob Dylan, por entonces, ya supiera que acababan de protagonizar el momento más hermoso de la historia del Rock And Roll.