QUEEN

Suele ocurrir que en el momento de afrontar un disco que sabes que es el último del grupo de turno, que ya viene precedido por un aura de ‘canto de cisne’, y del que tantas cosas han sido dichas, y tan buenas, difícilmente puedes ser capaz de fraguarte una opinión objetiva, carente de sentimentalismos. No es necesariamente malo, la música no está hecha para objetividades (en el momento en que lo estuviera, perdería magia), pero sí molesta que esas circunstancias reseñadas te empujen a una opinión prefabricada, y una que si no te acomoda te habrá de convertir en poco menos que un hereje. Sin embargo, hoy me atreveré a aseverar que “Innuendo” no es el mejor disco de Queen. Que ni siquiera es un disco sobresaliente, y a continuación me explicaré.

A la banda liderada por Freddie Mercury no le había sentado bien, como a casi nadie, los ochenta, y de un tiempo a esta parte venían arrastrando unos trabajos que no subían del notable y que incluso rozaban el suspenso (al hilo de esto, un día me gustaría conocer a alguien que se supiera más de dos temas de la banda sonora de “Flash”, o que al menos fuera capaz de ir más allá de los icónicos “uuuh”). “A Kind Of Magic” y, especialmente, “The Miracle”, no eran discos desechables en absoluto, pero quedaban bien lejos de maravillas setenteras como el díptico de los Hermanos Marx, el trascendental “News of the World” o el divertidísimo “Jazz”.

Tampoco era para afearle mucho el gesto a los británicos, pues en la década de los ochenta ya bastante tenían con consolidarse como la banda con mejor directo del planeta, Live Aid mediante, y con los escarceos en solitario de Freddie, quien quizá sabiendo que le quedaba poco trataba de experimentar todo lo posible y entregarnos obras difíciles de digerir como “Living On My Own”. El cantante que en 1985 había conseguido que millones de personas se comportaran como focas amaestradas bajo su batuta afrontaba su final, y quería entregarnos, con la ayuda de sus compañeros, un último disco a la altura de los mejores. ¿Lo conseguiría?

Queen en la gala de los Brit Awards de 1990, última aparición pública de Freddie Mercury

Innuendo” fue el décimo tercer álbum de Queen, y el último trabajo editado con su vocalista vivo. Fue publicado el 5 de febrero de 1991; casi diez meses después, Freddie sucumbiría a su larga lucha contra el SIDA. Lo haría no sin antes haberlo dado todo en la grabación de dicho disco, y quizá no resulte descabellado afirmar que en este “Innuendo” Freddie canta mejor que nunca. Además de eso, los sonidos electrónicos y sobreproducidos que habían infectado anteriores trabajos quedaban casi totalmente de lado, y Queen volvía a sonar como el grupo rockero y experimental que siempre había sido, con lo cual la crítica y el público se rindió ante ellos.

El disco comenzaba con el tema homónimo, “Innuendo”, y lo hacía con una suite de más de 6 minutos con el sabor de las mejores idas de olla de la banda (tales como “The Prophet’s Song”, “Bohemian Rhapsody o la desconocidísima e hilarante “The Millionaire Waltz”). En este caso, sin embargo, la letra tenía algo de sentido, y Mercury se permitía volver a sacudir nuestros instintos más primarios con un alegato sobre la fuerza de voluntad y el individualismo. “You can’t be anything you want to be”, nos decía, y entre estribillos de estadio, atronadores guitarrazos y estremecedores puentes de guitarra flamenca (tocada por Steve Howe, guitarrista de Yes), nos entregaba uno de los mejores temas del álbum nada más empezar. Ah, sí, y también nos dejaba un videoclip que era una gozada.

Aún con los ánimos caldeados tras semejante chute de ánimo, Freddie adoptaba un tono de voz pocas veces escuchado antes, y sonaba grave, maligno. El estribillo rezaba “I’m Going Slightly Mad”, la instrumentación era asimismo siniestra y equívoca, y el videoclip que lo acompañaba suponía la oda definitiva al cachondeo y al ‘todo vale’. Mercury aparecía maquilladísimo y queriendo emular en pintas y manierismos a Robert Smith; Brian May se enfundaba por fin el traje de pingüino que todos estábamos deseando (con pingüino de verdad incluido) y, entre otras cosas, Elton John aparecía como estrella invitada disfrazado de gorila. La canción era normalita, pero puede que el videoclip, en cambio, fuera uno de los mejores de la historia.

Después de que “I’m Going Slightly Mad” escuchada a secas nos cortara un poco el rollo irrumpía con fuerza “Headlong”, uno de los títulos más adictivos y rockeros de la banda, con un estribillo que era imposible no gritar como un descosido y un ritmo que, inevitablemente, te ganaba desde el primer segundo. Otro de los mejores cortes del álbum, y su videoclip, si bien no contaba con animales chachis, cumplía.

Volviendo a bajar el listón, y esta vez de modo más dramático, le tocaba el turno a “I Can’t Live with You“, una canción a todas luces mediocre (para el nivel de Queen, se entiende, que suele ser mayor, por otra parte, que el del resto de bandas humanas), y repetitiva como pocas. Los escasos cuatro minutos que duraba se antojaban excesivos, y ni siquiera un Freddie muy motivado atinaba a salvar los muebles.

La cosa mejoraba con “Don’t Try So Hard“, que se encontraba a años luz de las mejores composiciones de la banda, pero también contaba con una de las interpretaciones más arrebatadoras del amigo Farrokh Bulsara. Escuchando este tema, bastante deprimente para lo que acostumbraban, se podía inferir con facilidad por qué el cantante de Queen siempre fue el mejor de los cantantes posibles.

Siguiendo con una espiral épica que, según el momento y el ánimo, ya se te podía haber empezado a atragantar, llegaba el hipervitaminado “Ride the Wild Wind“. El bajo de John Deacon sonaba espléndido y los coros que coronaban el estribillo volvían a sacarnos a todos el hooligan que llevamos dentro. La instrumentación, como no podía ser de otro modo, era excesiva e insufriblemente pretenciosa.

A este batiburrillo instrumental le seguía otro tipo de sobrecarga, en esta ocasión vocal. “All God’s People presentaba los complejos entramados de coros que a Mercury tanto le gustaban, y que tanto reparo le suponían a los neófitos. La melodía era resultona, pero poco más.

Y a continuación llegábamos a “These Are The Days of Our Lives”, para mí la mejor canción del disco y la más emocionante creada por Queen en toda su historia. Freddie y los suyos lo lograban con una economía de medios inaudita en ellos, utilizando una producción tremendamente sencilla que permitía que la canción nos llegara muy adentro sin necesidad de artificios. Descartaban también elaboradas estructuras; verso, estribillo, verso, estribillo, solo (qué hermoso es ese solo, diantre), estribillo, y fin. Su secreto era una melodía exquisita, una letra que no podía ser más cautivadora y un Freddie al borde de las lágrimas pero siempre conservando la entereza. Recomendadísimo escucharla videoclip mediante, el cual da cuenta del avanzado estado de la enfermedad del vocalista.

Delilah” era el siguiente corte, y sin duda el peor de “Innuendo”. La melodía, de tan facilona, resultaba irritante, y los exageradísimos sintetizadores le hacían un flaco favor al mejunje. Sólo era posible pasar por el aro cuando descubrías que la susodicha “Delilah” era la queridísima gata de Freddie (de ahí esos ‘miaus‘ que antes casi te habían hecho quitar el disco), ya que, bueno, dedicarle una canción a tu animal de compañía siempre es algo bonito.

Tras este traspié nos acercábamos al final, y entraba contundente “The Hitman”, un hard rock de toda la vida con riffs cañeros, letra de coña y alargadísimos solos. Era audible, pero junto a “Delilah” contribuía a cargarse la sensación de trascendencia y emotividad que “These Are The Days of Our Lives” había inaugurado.

Pero para recuperarla aparece “Bijou”, una pequeña joya no lo suficientemente valorada, casi una instrumental, en la que Freddie declamaba sólo un par de (estupendos) versos, y la gimoteante guitarra de Brian May era la máxima protagonista. El prólogo perfecto para el todopoderoso clímax del disco.

The Show Must Go On, como no podía ser de otro modo. Queen echaba el resto con una de sus composiciones más poderosas, una canción cuyo título aparece en el diccionario si buscas la definición de la palabra ‘temazo’. Todo es fastuoso en estos escasísimos cuatro minutos y pico, desde, obvio, la interpretación del vocalista hasta el sobrenatural solo de Brian May, pasando por los arreglos orquestales, falsísimos pero apropiados para lo que se quería conseguir, que era, simple y llanamente, encoger el corazón. Al llegar al puente, Freddie nos aseguraba que su alma estaba pintada como las alas de las mariposas (suena mejor en inglés), y que, amigos, podía volar. Nosotros, con lágrimas en los ojos, no podíamos menos que creerle. Y luego ya la palmaba y nos dejaba más solos que la una.


Queen – Innuendo


  • El álbum, sin ser el mejor de Queen, sí cuenta con algunos de sus temas más recordados y emotivos.
  • Alterna sabiamente composiciones muy heterogéneas, de modo que el disco no se haga aburrido en ningún momento, aunque sí desigual.
  • Freddie Mercury nunca ha cantado mejor que en este disco, e incluso me atrevería a decir que pocas veces se lo ha pasado mejor que aquí (a saber si en otras condiciones le habrían permitido la gracieta de su gata).
  • “These Are The Days of Our Lives”. Con una canción así, aunque el resto fuera porquería (no es el caso), difícilmente te va a salir un disco malo.

  • Algunas canciones se hacen muy largas.
  • Que sea el último disco grabado con Freddie Mercury entre nosotros puede llegar a cegarnos y a impedir que disfrutemos el disco con una perspectiva sin prejuicios.

PÁGINA DE ARTISTA

7.5

“Innuendo” es un álbum notable, en la línea de los mejores de la banda y por debajo de sus obras maestras. Sus tremebundos aciertos quedan deslucidos por las extravagancias, las grandilocuencias gratuitas y los chistes privados, pero todo acaba por dar igual si establecemos, como diría Manquiña, que el concepto es el concepto: es el testamento de Freddie Mercury, y como tal su memoria es capaz de sacar de lo regular lo mejor, y de lo mejor lo memorable. Y, sin duda, es una gran despedida para una gran banda, que es lo único que ha de importarnos.