“Definición del periodismo de rock: gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe pensar con la intención de confeccionar artículos para gente que no sabe leer”.

Difícil ponerse a escribir después de estas palabras de Frank Zappa (1940-1993), más aún cuando hay que escribir sobre su figura. Es sólo una de las muchas frases dignas de estampar camisetas con las que el frenético y ecléctico inunda las memorias que publicó en Estados Unidos en 1989, tras una serie de entrevistas con el periodista Peter Occhiogrosso, y que han tardado 25 años en publicarse en castellano. “La verdadera historia de Frank Zappa” (Editorial Malpaso) es un muestrario de lo que fue la vida de un artista combativo, sin límites, provocador, pero también dotado de un fino sentido empresarial y, sorprendentemente para muchos, todo un padre de familia.

Si cogemos un disco al azar de Zappa y lo pinchamos podemos encontrar cualquier cosa, nada realmente cómodo de escuchar. Puede ser una sinfonía, un discurso, una serie enloquecida de sonidos sin sentido aparente, un rock ‘n’ roll, una parodia pop, constantes cambios de tempo y registro y seguramente mucho humor. Y si leemos las letras, sátira, juego, poca poesía y mucha mucha travesura.

Todo esto se explica en parte porque Zappa nació en un Baltimore (Maryland) un 21 de diciembre de 1940 en el que todo estaba marcado por la II Guerra Mundial. Porque su padre incluso trabajaba en una base militar en la que se fabricaba gas venenoso. Ese fue el nido de quien más adelante cargaría fuertemente con la política exterior del presidente Ronald Reagan.

Además, desde su infancia, con una venas por las que circulaba sangre siciliana, griega, árabe y francesa (tanta información musical podría trasladarse de una generación a otra), nunca soportó las agujas (Zappa fue un detractor de las drogas toda su vida y sólo el tabaco le acompañó en sus interminables jornadas de composición), pero estaba obsesionado con la pólvora.

Explosiones era lo que quería un Zappa que parecía predestinado a intentar hacer volar por los aires los prejuicios musicales, políticos y educativos de la Norteamérica más conservadora. Y decidió empezar haciendo ruido desde detrás de una batería cuando el rock ‘n’ roll aún no se había inventado.

A mí me llamaban la atención los sonidos de cosas con las que se puede marcar un ritmo”, dice en sus memorias. Y es que el músico comenzó golpeando los muebles de su casa (para desgracia de sus padres) y a los 16 años ya participaba en una formación de rhythm and blues.

Sin embargo, a diferencia de otros músicos que llevan una deriva musical de años, Zappa compaginó desde el principio su afición de por lo contemporáneo con la música de Stravinsky o la dodecafonía. Especial influencia ejerció sobre él Edgar Varèse, quien mezclaba sirenas con tambores o incluso rugidos de leones. Zappa sólo abría puertas y no cerraba ninguna.

Para mí todo era buena música. […] Mientras todos los chicos del instituto se gastaban el dinero en coches, yo me lo gastaba en discos”, asegura.

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A propósito de estos primeros años, Zappa también habla de sus primeros problemas con el sistema y los prejuicios de su país. De cómo fue detenido por vagabundeo por la policía, que quería evitar un concierto de los Blackouts, banda en la que compartía escenario con una mezcla de negros y mexicanos, algo impensable en aquellos Estados Unidos segregacionistas de entonces. O de cómo acabó siendo encarcelado tras una redada orquestada por un policía camuflado que le engañó para que grabara una cinta con sonidos pornográficos.

Todo esto me enseñó una visión detallada de cómo es, en la práctica, la industria penal. Desde entonces, no he visto nada que me haya hecho cambiar de opinión con respecto al desastroso funcionamiento del sistema”, declara en el libro.

Zappa también pasa por encima de cuestiones como su primer matrimonio o su amistad y posterior alejamiento del también experimentalista Don Van Vliet, conocido como Captain Beefheart. De éste último dice que “no era nada fácil la vida en la carretera con él”.

En el escenario, daba igual lo alto que estuviera el monitor, se quejaba siempre de que no podía oír su voz (creo que esto se debía a que forzaba tanto la voz que se le tensaban en exceso los músculos del cuello, lo que le provocaba que le implosionaran los oídos”, llega a asegurar. Pero es que Zappa también era un tipo difícil de encajar. Ni siquiera pudo encuadrarse como uno más en el movimiento hippie y psicodélico.

Antes de su magnífica andadura y su ruptura con Beefheart, el californiano se hará guitarrista, siguiendo el ‘ataque y machaque’ de  Johnny ‘Guitar’ Watson y Clarence ‘Gatemouth’ Brown, sus principales influencias. Ahora bien, siempre fue consciente de sus limitaciones: “No puedo tocar la guitarra y cantar al mismo tiempo. Mi cerebro es incapaz de hacerlo, admite.

memorias-de-frank-zappa-cualquier-cosa-puede-ser-musica-4En esas condiciones es como el músico pasa a formar parte de The Mothers Of Invention para sustituir al guitarrista Ray Hunt. Con la banda ya bajo su liderazgo desembarca en el mítico local de conciertos Whisky a Go Go de Los Ángeles y consigue su primer contrato discográfico, un debut titulado “Freak Out!” (1966).

Zappa no había tardado en revelarse como un verdadero director de orquesta al mando de un grupo de frikis. El disco, el primer doble de la historia del rock, según asegura, (aunque el “Blonde on Blonde” de Bob Dylan ya se había publicado para entonces), es un compendio de música difícilmente clasificable y guiños dodecafónicos. Sobre esta etapa, Zappa deja patente que mientras los músicos andaban disfrutando del amor libre y las drogas, las discográficas les andaban robando. Él no iba a ser una víctima más. Tenía claro que quería hacer la música de la forma más libre posible y tomando todo el control, sin dejarse arrastrar por la carretera.

Las personas que nunca han estado en un grupo de rock tienen fantasías muy ridículas sobre el glamour, la diversión y la satisfacción infinita que debe suponer la vida en la carretera. Tampoco es que no me haya echado unas cuantas risas yendo por ahí, pero digamos que la proporción no ha sido tan relevante”, avisa.

El caso es que con la discográfica MGM, con la que se estrenó, descubrió que las compañías en muchos casos no declaraban a los músicos las ventas reales de sus discos o incluso se los censuraban antes de su edición definitiva. Posteriormente, en 1984, Zappa acabaría denunciando a los gigantes CBS y Warner después de aprender un montón sobre sus ‘prácticas financieras creativas’.

Por muchas razones y tras varios discos más, en 1968 Los Mothers Of Invention estaban en números rojos. Zappa no podía pagar a la banda, así que decidió deshacer la formación y siguió cerrando el círculo en torno a su única figura con el laureado álbum “Hot Rats” (1969) en el que da un viraje hacia el jazz.

Se trata de una soledad que se desliza a lo largo de muchas páginas de esta biografía, en la que cuenta con especial desagrado cómo no paró de chocar contra la burocracia y la falta de interés por parte de muchos músicos a la hora de poner en pie recitales sinfónicos, con los que había soñado durante mucho tiempo.

Con el paso de los años, en los que Zappa siguió adelante solo construyendo su propio negocio de producción y financiación musical, contratando y despidiendo músicos, fue acumulando un buen puñado de anécdotas y sucesos.

memorias-de-frank-zappa-cualquier-cosa-puede-ser-musica-5Desde el día en que su mujer Gail le tuvo que coser la entrepierna de un pantalón de terciopelo verde a Jimi Hendrix, al que el mismísimo Mick Jagger le sacó una astilla del pie. O cuando alguien del público le arrojó al foso en un concierto y tuvo que estar durante una buena temporada en silla de ruedas (tiempo en el que no dejó de producir música y que se ilustra en el libro con una foto de Zappa con una guitarra eléctrica sentado en la silla).

Pero sobre todo construyó toda una filosofía musical: “Lo más importante del arte es el marco. Se usa en sentido literal en pintura y en sentido figurado en las demás artes porque no se puede saber dónde está el límite entre el arte y el mundo real sin este humilde objeto”. Es por eso que entendía que “cualquier cosa puede ser música, pero no pasa a ser música hasta que alguien quiere que lo sea y el público que lo escucha decide percibirlo como música”.

También con el paso del tiempo, Zappa se revela como un pionero de la tecnología. Es un fiel defensor del Synclavier, uno de los primeros sintetizadores. Lo utilizaba para músicas de fondo porque decía que a los músicos no les gusta tocar sin tener protagonismo y pierden fácilmente la concentración. “Todavía hay muchas personas que creen que la única música real es la tocada por seres humanos (vestidos de cuero y con pelo largo)”, se quejaba.

En cuanto a sus letras, Zappa asegura no tener “aspiraciones poéticas”. “Mis letras tan sólo están ahí para entretener, no para tomarlas internamente. Algunas de ellas son verdaderamente tontas, otras son ligeramente menos tontas y otras son hasta divertidas”, describe.

A partir de cierto punto, las memorias de Zappa dejan de hablar de discos y música (aunque su producción fue tan abultada que quizás pensó que podía ser algo tedioso) y se centra más en lo que parece más un ajuste de cuentas con el sistema político norteamericano.

“Sería mucho más fácil liquidar la deuda nacional de la noche a la mañana que neutralizar los efectos a largo plazo de nuestra estupidez nacional”, asegura, para lanzar a continuación lo que casi parece una visión de lo que serían décadas más tarde los atentados del 11-S: “A lo largo de los años hemos desarrollado la capacidad de atacar primero con esa arma tan odiosa (‘La grandísima estupidez’), y ya la hemos desplegado en varias ocasiones con el disfraz de ‘política exterior’ del Gobierno Reagan. Hay gente en el Corazón Imaginario de Norteamérica que igual piensa: ¿A quién le importa? No van a pillarnos. No van a venir hasta aquí. Al fin y al cabo, muchos de ellos ni siquiera tienen aviones”.

Asimismo, Zappa se muestra como un padre amante de sus cuatro hijos, a los que no dedica mucho tiempo, pero a los que está orgulloso de educar en libertad, en tanto que su esposa Gail sobrelleva gran parte de la infraestructura musical del negocio familiar.

Zappa también recuerda su lucha contra la censura discográfica norteamericana, contra los telepredicadores y contra el poder de la iglesia, contra el sistema de impuestos, se muestra a favor de la eutanasia y, en fin, en contra de un sistema que se hace llamar democrático, y que, en su opinión, no lo es.

Se podrían escribir párrafos y párrafos de este artista inabarcable, pero la sombra de Zappa no parece tener final, incluso más allá de su muerte por cáncer de próstata el 4 de diciembre de 1993. Mientras tanto, por si alguien se quiere estampar una camiseta, esta podría ser una buena opción: “Nunca me ha importado que 30 millones de personas puedan pensar que ‘no tengo razón’. El número de personas que creían que Hitler ‘tenía razón’ no hizo que la tuviera”.